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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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—Jamás pensaría eso de ti, Mat.

El joven miró a su amigo con desconfianza. ¿Por qué sonreía?

—Me parece bien, siempre y cuando tengas muy claro que no voy a hacerlo. ¡Oh, lárgate de una vez y conviértete en un condenado jefe Aiel! Tienes pinta para serlo.

—No entres ahí, Mat. Ocurra lo que ocurra, no entres. —Esperó a que su amigo asintiera con un cabeceo antes de darse media vuelta.

Mat no se movió del sitio y miró cómo se alejaba entre las relucientes columnas. En el deslumbrante resplandor pareció desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. «Es una ilusión óptica —se dijo. Eso era todo—. Una condenada ilusión óptica». Echó a andar en círculo, guardando una distancia considerable de la formación de columnas, escudriñando entre los fustes en un esfuerzo por localizar a Rand.

—¡Mucho cuidado con lo que haces, diablos! —gritó—. ¡Como me dejes solo en el Yermo con Moraine y los jodidos Aiel te estrangularé, por muy Dragón Renacido que seas! —Al cabo de un minuto añadió—: ¡No pienso entrar ahí para ayudarte si te metes en líos! ¿Me has oído? —No obtuvo respuesta. «Como no haya salido dentro de una hora…»—. Tiene que estar chiflado para haber entrado ahí —rezongó—. Bueno, pues no pienso ser yo quien le saque las castañas del fuego. Es él el que puede encauzar, así que si se mete en un avispero, que salga del lío encauzando.

«Le doy una hora de plazo». Luego se marcharía, tanto si Rand había vuelto como si no. Sólo tenía que dar media vuelta y echar a andar. Largarse. Eso sería lo que haría. Largarse.

Con la forma que tenían aquellos finos fustes de cristal de captar y refractar la luz azulada, mirarlos con fijeza era suficiente para producirle dolor de cabeza. Les dio la espalda y desanduvo sus pasos lanzando ojeadas nerviosas a los ter’angreal —o lo que quiera que fueran— que llenaban la plaza. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Por qué había ido a ese lugar?

Se paró bruscamente al fijarse en uno de aquellos objetos, un gran marco de piedra roja pulida, torcido de un modo que no acababa de captar, de manera que la vista parecía resbalar al intentar seguir el contorno. Lentamente se dirigió hacia allí, pasando entre relucientes agujas facetadas tan altas como él y bajos marcos dorados llenos de lo que parecían ser láminas de cristal, sin apenas reparar en ellos, sin quitar los ojos del marco de piedra.

Era el mismo. La misma piedra roja pulida; el mismo tamaño; los mismos esquinazos retorcidos. A lo largo de ambos laterales había tres líneas de triángulos, con las puntas hacia abajo. ¿Tenía eso el de Tear? No lo recordaba; aquella vez no estaba pendiente de grabar en la memoria todos los detalles. Era el mismo; tenía que serlo. A lo mejor no podía cruzar el otro dos veces, pero ¿y éste? Quizá se le presentaba la oportunidad de llegar hasta esa gente con pinta de serpientes y obligarlos a responder unas cuantas preguntas más.

Echó un vistazo atrás, a las columnas, con los ojos entornados para evitar los destellos. Le había dado una hora a Rand. En una hora tenía tiempo de sobra para atravesar esta cosa y regresar. Tal vez ni siquiera funcionara para él, puesto que había utilizado un umbral gemelo. «Es el mismo». Claro que a lo mejor sí funcionaba. Sólo era necesario tener un ligero contacto con el Poder otra vez.

—Luz —rezongó—. Ter’angreal, Portales de Piedra, Rhuidean. Total, por una vez más ¿qué puede importar?

Pasó a través de él, a través de un cegador muro de luz, a través de un estruendo tal que aniquilaba todo sonido.

Miró en derredor, parpadeando, y se tragó una de las palabrotas más soeces que conocía. Fuera lo que fuera esto, no era el mismo sitio donde había estado la vez anterior.

El retorcido marco se encontraba en medio de una cámara inmensa que tenía forma de estrella, por lo que podía apreciar a través de un bosque de gruesas columnas con ocho estrías cuyos salientes eran amarillos y emitían un tenue resplandor; lustrosamente negras salvo por las finas líneas amarillas, se elevaban desde un opaco suelo blanco hasta perderse en la oscuridad, muy arriba. Las columnas y el suelo tenían apariencia de cristal, pero cuando se inclinó para frotar el suelo el tacto era como piedra. Piedra polvorienta. Se limpió la mano en la chaqueta. Había un olor almizclado en el aire, y sus huellas eran las únicas marcas en el polvo. No había habido nadie aquí desde hacía mucho tiempo.

Decepcionado, se volvió hacia el ter’angreal.

—Hacía mucho tiempo.

Mat giró velozmente sobre sus talones al tiempo que buscaba en la manga una daga que había dejado en la ladera de la montaña. El hombre que había aparecido entre las columnas no guardaba el menor parecido con la gente de aspecto de serpiente.

Era un tipo alto, más que un Aiel, y nervudo, pero con los hombros demasiado anchos para la estrecha cintura, y con la piel tan blanca como el papel más fino. Unas correas blancas tachonadas con plata le cruzaban los brazos y el torso desnudo, y una faldilla negra le llegaba a las rodillas. Tenía los ojos demasiado grandes y casi sin color, muy hundidos en el rostro de mandíbula estrecha. Llevaba el cabello, de un ligero tono rojizo, muy corto y de punta, como un cepillo, y sus orejas, muy pegadas al cráneo, se afinaban ligeramente en punta por la parte de arriba. Se inclinó hacia Mat e inhaló, abriendo la boca para coger más aire, de manera que dejó a la vista unos dientes afilados y brillantes. Daba la impresión de ser un zorro a punto de saltar sobre una gallina acorralada.

—Mucho tiempo —repitió mientras se ponía derecho otra vez. Su voz era áspera, casi un gruñido—. ¿Te avienes a los pactos y acuerdos? ¿Llevas encima hierro o instrumentos de música o artilugios para hacer luz?

—No llevo nada de eso —respondió lentamente Mat. Éste no era el mismo sitio, pero el tipo le hacía las mismas preguntas; y se comportaba igual, hasta lo de olisquear. «Conque hurgando en mis condenadas vivencias, ¿no? Bueno, que haga lo que quiera. A lo mejor me refresca la memoria y recuerdo algunas de las que he olvidado». Se preguntó si estaría hablando otra vez en la Antigua Lengua. Era desagradable no saberlo, ser incapaz de notar la diferencia—. Si puedes conducirme a donde sepan responderme unas cuantas preguntas, llévame. Si no, me disculparé por haberte molestado y me largaré.

—¡No! —Aquellos ojos grandes, sin apenas color, parpadearon con inquietud—. No debes irte. Ven. Te llevaré a donde podrás encontrar lo que buscas. Ven. —Retrocedió de espaldas al tiempo que hacía gestos con las manos para que lo siguiera—. Ven.

Mat echó una ojeada al ter’angreal y fue en pos de él. Habría querido que el tipo no le hubiera sonreído precisamente en ese momento. Tal vez lo hacía para tranquilizarlo, pero aquellos dientes… Mat decidió que jamás volvería a entregar todas sus dagas, ni a las Sabias ni a la Sede Amyrlin en persona.

El amplio marco de cinco lados parecía más la boca de un túnel, ya que el corredor que había a continuación tenía exactamente la misma forma y tamaño, con aquellas franjas amarillas suavemente brillantes que se extendían a lo largo de los vértices, marcando techo y suelo. Parecía continuar interminablemente hasta perderse en la tenebrosa lejanía, roto a intervalos por más marcos de cinco lados. El hombre de la faldilla no volvió la cabeza hasta que llegaron al pasillo, e incluso entonces se limitó a echar ojeadas sobre el hombro como para asegurarse de que Mat seguía allí. El aire ya no olía a almizcle, sino que por el contrario se notaba un leve hedor desagradable, algo que le resultaba familiar a Mat, pero que no era lo bastante claro para reconocerlo.

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