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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Cuando se encontraron las bolsas de recolección de las muchachas tiradas en el suelo, rotas en el forcejeo, todos los demás se dispusieron a llorar su pérdida y seguir adelante como se había hecho tantas veces anteriormente. Incluso el abuelo de Lewin. Si Adan se hubiera enterado de lo que planeaban los cinco, se lo habría impedido. Lo único que sabía hacer Adan era mascullar sobre mantener la fe en unas Aes Sedai a las que Lewin jamás había visto, e intentar mantener vivos a los Aiel. A los Aiel como pueblo, pero no a uno de sus miembros en particular. Ni siquiera a Maigran.

—Son cuatro —musitó Lewin—. Las chicas se encuentran a este lado del fuego. Las despertaré sin hacer ruido, y las sacaremos a hurtadillas mientras los hombres duermen.

Sus amigos se miraron entre sí y asintieron. Lewin supuso que deberían haber preparado un plan antes, pero en lo único que habían pensado fue en ir a rescatar a las chicas y en cómo salir de las carretas sin que los vieran. No había tenido la seguridad de ser capaz de rastrear y encontrar a estos hombres antes de que llegaran al pueblo de donde procedían, un agrupamiento de toscas chozas del que los Aiel habían sido ahuyentados con piedras y palos. No habría nada que hacer si los raptores llegaban allí.

—¿Y si se despiertan? —preguntó Gearan.

—No abandonaré a Colline —espetó Charlin, adelantándose por poco a la respuesta más sosegada de su hermano:

—Vamos a llevarlas de vuelta, Gearan.

—Por supuesto —corroboró Lewin.

Luca le dio un codazo a Gearan en las costillas, y éste asintió.

Descender la inclinada pendiente en medio de la oscuridad no fue tarea fácil. Las pequeñas ramas resecas chascaban bajo sus pies; las piedras y la grava rodaban por la árida ladera, precediéndolos. Lewin tenía la impresión de que cuanto más se esforzaba por moverse en silencio, más ruido metía. Luca se cayó sobre un espino, que chascó de manera escandalosa, pero se las compuso para levantarse y soltarse de las espinas con sólo un ligero respingo. Charlin resbaló y bajó deslizándose hasta medio camino del fondo, pero abajo no se produjo ningún movimiento.

Cerca ya del campamento Lewin hizo un alto e intercambió miradas ansiosas con sus amigos antes de aproximarse de puntillas. Su propia respiración le sonaba estruendosa, tan alta como los ronquidos que llegaban de una de las formas más corpulentas. Se quedó quieto como una estatua cuando los ronquidos cesaron y uno de los durmientes rebulló; se acomodó enseguida y reanudó los ronquidos. Lewin, que había contenido la respiración, soltó el aire.

Con gran precaución se puso en cuclillas junto a una de las figuras más pequeñas y retiró la burda manta de lana, tiesa por la suciedad y el barro. Maigran lo miraba fijamente; tenía el rostro magullado e hinchado, y su vestido era poco más que unos harapos. Le puso la mano sobre la boca para que no gritara, pero ella no hizo otra cosa que seguir mirándolo fija, inexpresivamente, sin parpadear siquiera.

—Voy a abrirte en canal como a un gorrino, chico. —Una de las figuras grandes se movió, y un hombre barbudo, vestido con ropas muy sucias, se puso de pie; empuñaba un cuchillo largo que brilló débilmente con la luz de la luna y reflejó el resplandor rojizo de las brasas. El individuo propinó patadas a las otras dos figuras que tenía a uno y otro lado; de ellas salieron gruñidos y ruidos de alguien desperezándose—. Como a un gorrino. ¿Sabes soltar chillidos, chico, o lo único que tu gente sabe hacer es correr?

—Corre —instó Lewin, pero su hermana continuó mirándolo fijamente, sin reaccionar. Frenético, la cogió por los hombros y tiró de ella en un intento de hacerla moverse hacia donde los otros esperaban—. ¡Corre!

La chica salió de entre la manta rígida, casi como un peso muerto. Colline se había despertado —oía su llanto estremecido— pero se arrebujaba más en la sucia manta en lugar de incorporarse, como si quisiera esconderse bajo ella. Maigran se había quedado de pie, mirando al vacío, los ojos desenfocados.

—Por lo visto ni siquiera sabéis hacer eso. —Con una desagradable mueca, el hombre se acercó rodeando el fuego; sostenía el cuchillo bajo. Los otros empezaban a sentarse en sus mantas y a soltar risotadas, divertidos con el espectáculo.

Lewin no sabía qué hacer, pero no podía abandonar a su hermana. Sólo le quedaba morir. Quizás así le diera a Maigran una oportunidad de huir.

—¡Corre, Maigran! ¡Corre, por favor!

Ella no se movió; ni siquiera pareció oírlo. ¿Qué le habían hecho?

El hombre barbudo se acercaba, sin apresurarse, riendo entre dientes, disfrutando con ello.

—¡Nooooo! —Charlin salió corriendo de la noche y ciñó los brazos alrededor del tipo del cuchillo, que cayó al suelo con el empellón.

Los otros dos tipos se incorporaron de un salto. Uno de ellos, cuyo cráneo afeitado brillaba con la tenue luz, enarboló una espada para acuchillar a Charlin.

Lewin no supo bien cómo ocurrió. A saber cómo, se encontró con el pesado puchero de hervir agua en las manos, sujeto por el asa de hierro y balanceándolo; alcanzó aquella afeitada cabeza con un sonoro golpe. El tipo se derrumbó como si sus huesos se hubieran derretido. Desequilibrado, Lewin dio un traspié en un intento de evitar el fuego, y cayó junto a las brasas; el impacto le hizo soltar el puchero. El otro hombre, un individuo de piel cetrina y con el cabello peinado en trenzas, levantó también una espada, listo para ensartarlo. Lewin reculó de espalda, arrastrándose sobre el suelo como una araña, sin quitar los ojos de la afilada punta del arma mientras sus manos buscaban frenéticamente algo con lo que parar el golpe del hombre, un palo, cualquier cosa. Sus dedos tocaron una madera redonda; tiró de ella hacia adelante, impulsándola contra el fiero hombre. Los ojos del individuo se abrieron desmesuradamente y la espada cayó de sus dedos flojos; de su boca salió un borbotón de sangre. Lo que empuñaba Lewin no era un palo, sino una lanza.

El joven apartó las manos del astil tan pronto como se dio cuenta de lo que era. Demasiado tarde. Volvió a recular sobre los codos para evitar al hombre que se desplomaba, y se quedó mirándolo, estupefacto, tembloroso. Estaba muerto. Lo había matado él. El soplo del viento era gélido.

Al cabo de un tiempo se preguntó por qué ninguno de los otros hombres había acabado con él. Lo sorprendió ver al resto de sus amigos alrededor de los rescoldos del fuego. Gearan, Luca y Alijha, todos jadeando; y, por encima de los velos del polvo, la mirada desquiciada de sus ojos. Colline seguía emitiendo quedos sollozos debajo de la manta, y Maigran continuaba de pie, inmóvil, mirando sin ver. Charlin estaba de rodillas, doblado hacia adelante, con las manos apretadas contra el estómago. Y los cuatro hombres, los habitantes del pueblo… La mirada de Lewin pasó de un cuerpo inmóvil a otro.

—Los… hemos matado. —A Luca le temblaba la voz—. Hemos… Que la Luz se apiade de nosotros.

Lewin fue gateando hasta donde se encontraba Charlin y lo tocó en el hombro.

—¿Estás herido?

Charlin cayó de bruces al suelo. Una roja humedad resbalaba entre sus manos, crispadas alrededor de la empuñadura del cuchillo que tenía clavado en el vientre.

—Me duele, Lewin —musitó. Sufrió un estremecimiento, y sus ojos se apagaron.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Gearan—. Charlin está muerto, y nosotros… Luz, ¿qué hemos hecho? ¿Y qué haremos ahora?

—Llevaremos a las chicas a las carretas. —Lewin era incapaz de apartar los ojos de la mirada vidriosa de Charlin—. Eso haremos.

Cogieron todo lo que podría serles útil, principalmente los cuchillos y el puchero. Cosas metálicas, que eran tan difíciles de conseguir.

—No hacemos nada reprochable —dijo duramente Alijha—. Ellos lo robaron a alguien como nosotros.

Sin embargo, cuando Alijha hizo intención de coger una de las espadas, Lewin se lo impidió.

—No, Alijha. Es un arma, creada para matar personas. No tiene ningún otro uso. —Su amigo no dijo nada, y se limitó a pasar la vista sobre los cuatro cadáveres, y luego la detuvo en las lanzas que Luca estaba enrollando en mantas para hacer unas angarillas en las que transportar el cuerpo de Charlin. Lewin evitó mirar a los hombres del pueblo—. Una lanza puede traer comida a la olla, Alijha, pero no una espada. La Filosofía lo prohíbe.

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