Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Soy Dermon. —La voz del hombre era fuerte y profunda, y sus azules ojos tenían la mirada tan escrutadora y firme como la de cualquier Aiel—. Éstas son Mordaine y Narisse. —Señaló a las dos mujeres que estaban junto a él—. Hablamos en nombre de Rhuidean y de los Jenn Aiel.
Hubo un rebullir incómodo entre los hombres que rodeaban a Mandein. A la mayoría le gustaba tan poco como a él que los Jenn se proclamaran Aiel.
—¿Por qué nos habéis convocado aquí? —demandó, aunque le quemaba la lengua tener que admitir que había sido convocado.
—¿Por qué no llevas espada? —inquirió Dermon en lugar de responder, y su pregunta provocó murmullos iracundos.
—Está prohibido —gruñó Mandein—. Hasta los Jenn deberían saber eso. —Alzó las lanzas y tocó el cuchillo que llevaba a la cintura y el arco colgado a la espalda—. Éstas son armas suficientes para un guerrero.
Los murmullos se tornaron aprobadores, incluso los de algunos hombres que habían jurado matarlo; y todavía lo harían si se les presentaba la ocasión, pero aprobaban sus palabras. Además, parecían satisfechos de que fuera él quien hablaba, estando aquellas Aes Sedai observando.
—Pero no sabéis la razón —dijo Mordaine.
—Hay muchas cosas que ignoráis —añadió Narisse—. Y, sin embargo, deberíais saberlas.
—¿Qué queréis? —preguntó Mandein.
—A ti. —Dermon recorrió con la mirada a los Aiel, de modo que aquellas dos palabras se hicieron extensivas a todos—. Quienquiera que esté destinado a lideraros ha de venir a Rhuidean y aprender de dónde procedemos y por qué no lleváis espada. Aquel que no sea capaz de aprender, no vivirá.
—Vuestras Sabias os han hablado —dijo Mordaine— o en caso contrario no estaríais aquí. Sabéis el precio que pagarán los que rehúsen.
Charendin se adelantó y miró alternativamente a Mandein y a los Jenn. Mandein había sido el causante de la larga cicatriz que le surcaba la mejilla; habían estado a punto de matarse el uno al otro en tres ocasiones.
—¿Sólo hay que ir con vosotros? —inquirió—. ¿Cualquiera de nosotros que vaya dirigirá a los Aiel?
—No. —La palabra sonó como un susurro, pero con la fuerza suficiente para llegar a todos los oídos. La pronunció la Aes Sedai de ojos oscuros que permanecía sentada en la silla del palanquín, con una manta echada sobre las piernas, como si sintiera frío a pesar del sol abrasador—. Ése vendrá después —dijo—. La piedra que nunca cae se desplomará para anunciar su llegada. Será de la sangre, pero no criado por ella, y llegará de Rhuidean al alba, y os unirá a todos con unos lazos imposibles de romper. Os llevará de regreso y os destruirá.
Algunos de los jefes de septiares hicieron intención de marcharse, pero nadie dio más de unos pocos pasos. Todos ellos habían escuchado las palabras de la Sabia de su septiar: «Acepta o seremos aniquilados como si jamás hubiésemos existido. Acepta o nos destruiremos a nosotros mismos».
—Esto es una añagaza —gritó Charendin. La mirada de las Aes Sedai le hizo bajar el tono de voz, pero no decreció su ira—. Lo que intentáis es haceros con el control de los septiares. Pero los Aiel no doblan la rodilla ante hombre o mujer. —Sacudió la cabeza, eludiendo los ojos de las Aes Sedai—. Ante nadie —murmuró.
—No es ésa nuestra intención —aseguró Narisse.
—Nuestro tiempo se acaba —dijo Mordaine—. Llegará el día en el que ya no habrá Jenn, y sólo quedaréis vosotros para recordar a los Aiel. Debéis resistir o todo habrá sido por nada, se habrá perdido.
La impasibilidad de su voz, la tranquila convicción, acalló a Charendin, pero Mandein tenía todavía una pregunta:
—¿Por qué? Si conocéis la suerte que os aguarda, ¿por qué hacéis eso? —Señaló hacia las estructuras que se alzaban en la distancia.
—Es nuestro cometido —repuso sosegadamente Dermon—. Durante muchos años buscamos este lugar, y ahora lo preparamos, aunque no para el propósito que creíamos antaño. Hacemos lo que ha de hacerse, y mantenemos la fe.
Mandein estudió el semblante del hombre. No había asomo de temor en él.
—Eres Aiel —dijo, y cuando algunos de los otros jefes dieron un respingo, levantó la voz—. Iré con los Jenn Aiel.
—No podrás entrar armado en Rhuidean —informó Dermon.
Mandein se echó a reír ante la temeridad del hombre. Mira que pedir a un Aiel que no fuera armado. Se despojó de sus armas y dio un paso al frente.
—Condúceme a Rhuidean, Aiel. Igualaré tu valor.
Rand parpadeó a causa de las titilantes luces. Había sido Mandein; todavía percibía la sensación de desprecio por los Jenn convirtiéndose en admiración. ¿Eran Aiel los Jenn o no lo eran? El aspecto de éstos era muy semejante al de aquéllos: altos, ojos claros y rostros curtidos por el sol; todos ellos iban vestidos con el mismo tipo de ropa, pero sin velos. Sin embargo no portaban armas, a excepción de simples cuchillos al cinturón, adecuados para trabajar con ellos. No había Aiel sin armas.
Se había internado en las columnas más de lo que justificaría un solo paso, y estaba más cerca de Muradin. La mirada intensa del Aiel se había convertido en un horrendo ceño.
La arenilla chirrió con fuerza bajo las botas de Rand al’Thor cuando éste dio otro paso.
Se llamaba Rhodric, y casi tenía veinte años. El sol era un disco abrasador en el cielo, pero mantuvo levantado el velo y los ojos alerta. Sus lanzas estaban prestas, una en la mano derecha, y tres sujetas junto con la pequeña adarga de piel de toro; Jeordam se encontraba tumbado sobre el llano de agostada hierba que había al sur de las colinas, donde la mayoría de los arbustos eran enclenques y estaban marchitos. El pelo del viejo era blanco, como esa cosa llamada nieve de la que hablaban los ancianos, pero su vista era penetrante, de modo que él no tendría que estar pendiente sólo de vigilar por la seguridad de los excavadores de pozos que sacaban odres llenos de agua.
Al norte y al este se alzaban las montañas, el macizo septentrional alto y escarpado y con las cimas blancas, pero empequeñecido por los colosos orientales, que daban la impresión de intentar tocar el firmamento, y tal vez lo hacían. ¿Sería, quizá, nieve aquello blanco? Nunca lo sabría. Ante esta barrera, los Jenn tendrían que decidir girar hacia el este. Habían avanzado hacia el norte siguiendo la pared montañosa durante muchos meses, arrastrando dificultosamente sus carretas tras ellos, haciendo como si desconocieran la presencia de sus escoltas Aiel, que los seguían. Aunque poca, al menos había habido agua cuando cruzaron un río. Hacía años que Rhodric no había visto una corriente que no pudiera cruzar a pie; la mayoría sólo eran lechos de arcilla resecos al alejarse de las montañas. Confiaba en que las lluvias volvieran e hicieran renacer el verde otra vez. Aún recordaba cuando el mundo era verde.
Oyó los caballos antes de verlos; eran tres hombres que cabalgaban por las pardas colinas y que vestían largas camisas de cuero tachonadas con discos metálicos. Dos de ellos llevaban lanzas. Conocía al que iba en cabeza: Garam, hijo del jefe de la villa que había a poca distancia en la dirección de donde venían, y que era más o menos de su edad. Estos hombres de ciudad estaban ciegos; no vieron al Aiel, que se movió una vez que hubieron pasado y que después volvió a la inmovilidad, casi invisible, en terreno abierto. Rhodric se bajó el velo; no habría muertes a menos que los jinetes dieran el primer paso. No lo lamentó —no exactamente— pero era incapaz de fiarse de unos hombres que vivían en casas y ciudades. Había habido muchas batallas contra gente de esa condición. Según los relatos, siempre había sido así.
Garam tiró de las riendas y levantó la mano derecha en un saludo. Era un hombre delgado, de ojos oscuros, como sus dos compañeros, pero los tres parecían duros y competentes.
—¡Hola, Rhodric! ¿Ha acabado ya tu gente de llenar los odres?