Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Эпическое фэнтези » Los Portales de Piedra
Los Portales de Piedra - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
1 ... 123 124 125 126 127 128 129 130 131 ... 341
Перейти на страницу:

La más absoluta negrura lo envolvió. Notó algo alrededor de su garganta. No podía respirar. Aire. No podía…

25

El camino hacia la lanza

Rand no vaciló al llegar ante la primera fila de columnas y pasó a través de ellas. Ahora ya no había vuelta atrás, ni miradas a la espalda. «Luz, ¿qué es lo que se supone que tiene que pasar aquí? ¿Qué efecto tiene realmente?»

Transparentes como el más fino cristal, de unos treinta centímetros de grosor y separadas entre sí alrededor de tres pasos, las columnas formaban un bosque deslumbrante de destellos, reflejos y extraños arcos iris. El aire era más fresco, lo suficiente para que Rand deseara haber tenido una chaqueta, pero la arenilla también cubría el pulido suelo blanco. No había el más leve soplo de brisa, aunque algo hacía que el pelo y todo el vello de su cuerpo, hasta debajo de la camisa, se moviera.

Delante y hacia la derecha divisó a otro hombre vestido con las ropas grises y pardas de los Aiel; permanecía rígido e inmóvil como una estatua bajo la cambiante luz. Tenía que ser Muradin, el hermano de Couladin. Rígido e inmóvil; ocurría algo, no cabía duda. De manera sorprendente, teniendo en cuenta el intenso resplandor, Rand distinguía los rasgos del Aiel con claridad. Sus ojos estaban muy abiertos y con la mirada fija; tenía el semblante tenso y la boca temblorosa, a punto de soltar un gruñido. Lo que quiera que estuviera viendo, no era de su agrado. Pero al menos Muradin había sobrevivido hasta este momento, y, si el Aiel era capaz de hacerlo, también él podría. El hombre se encontraba cinco o seis metros más adelante, como mucho. Avanzó otro paso mientras se preguntaba cómo era posible que ni Mat ni él hubieran visto entrar al Aiel.

Caminaba guiado por unos ojos, sintiendo un cuerpo, pero sin controlarlo. El dueño de esos ojos estaba agazapado entre los peñascos de una árida ladera de montaña, bajo un sol abrasador, escudriñando atentamente, con desprecio, unas extrañas estructuras de piedra a medio construir. «¡No! Menos de a medio construir. Eso es Rhuidean, pero sin niebla y casi recién iniciadas las obras». Era Mandein, joven para ser jefe de clan a sus cuarenta años. Se desvaneció el estado de disociación y llegó la aceptación. Era Mandein.

—Debes admitirlo —dijo Sealdre, pero por el momento no le hizo caso.

Los Jenn habían hecho cosas para sacar agua y verterla en grandes pilones de piedra. Había sostenido batallas por menos agua de la que aquellos depósitos contenían contra gente que actuaba como si el agua no tuviera importancia. Un extraño bosque de cristal se alzaba en el centro de toda aquella actividad, refulgiendo al sol y casi tan alto como los árboles más grandes que había visto en su vida, casi cinco metros de altura. Las estructuras de piedra parecían diseñadas para contener en cada una de ellas todo un dominio, todo un septiar, cuando estuvieran terminadas. Una locura. Esa Rhuidean no podría defenderse. Claro que nadie atacaría a los Jenn. La mayoría los evitaba igual que a los malditos Errantes, que vagaban en busca de canciones que, según ellos, traerían los tiempos perdidos.

Una comitiva de unas cuantas docenas de Jenn y dos palanquines transportados por ocho hombres avanzaba serpenteando desde Rhuidean hacia la montaña. Había madera suficiente en cada uno de aquellos palanquines para hacer doce sillas de jefe. Se comentaba que todavía había Aes Sedai entre los Jenn.

—Debes avenirte a lo que quiera que pidan, esposo —dijo Sealdre.

Entonces la miró, y por un instante deseó acariciar su largo y dorado cabello al ver de nuevo a la alegre muchachita que había dejado la guirnalda nupcial a sus pies pidiéndole que se casara con ella. Empero, ahora estaba seria, resuelta y preocupada.

—¿Vendrán los otros? —preguntó.

—Algunos. Casi todos. He hablado con mis hermanas en el sueño, y todas hemos soñado lo mismo. Los jefes que no acudan y los que no accedan… Sus septiares morirán, Mandein. Dentro de tres generaciones sólo serán polvo, y sus dominios y también sus ganados serán propiedad de otros septiares. Sus nombres se perderán.

No le gustaba que hablara con las Sabias de otros septiares, ni siquiera en sueños. Pero las Sabias soñaban de verdad y, cuando sabían algo, se cumplía.

—Quédate aquí —le dijo a Sealdre—. Si no regreso, ayuda a nuestros hijos e hijas a mantener unido el septiar.

Ella le acarició la mejilla.

—Lo haré, sombra de mi vida. Pero recuerda: tienes que aceptar.

Mandein hizo un ademán y un centenar de figuras con el rostro velado lo siguieron ladera abajo, desplazándose como fantasmas de peñasco en peñasco, con arcos y lanzas prestos, las ropas grises y pardas fundiéndose con el árido paisaje hasta el punto de que ni siquiera él las distinguía. Todos eran hombres; había dejado a todas las mujeres del septiar que empuñaban la lanza con los hombres que acompañaban a Sealdre. Si algo iba mal y su esposa decidía hacer alguna insensatez para salvarlo, los hombres seguramente la secundarían, pero las mujeres se encargarían de llevarla a salvo de vuelta al dominio, lo quisiera o no, para proteger tanto el dominio como el septiar. Confiaba en que lo hicieran, porque en ocasiones se mostraban tan feroces como cualquier hombre y aun más temerarias.

La procesión de Rhuidean se había detenido en el resquebrajado llano arcilloso para cuando ellos llegaron al último tramo del declive. Hizo una señal a sus hombres para que se quedaran en esa posición y continuó solo mientras se retiraba el velo de la cara. Advirtió la presencia de otros hombres que salían a descubierto a su derecha y a su izquierda y cruzaban el abrasado suelo procedentes de distintas direcciones. ¿Cuántos? ¿Cincuenta? ¿Un centenar? Faltaban algunos rostros que había esperado ver. Como siempre, Sealdre tenía razón; había quienes no habían hecho caso del sueño de sus Sabias. Había rostros que jamás había visto, y los de hombres a los que había intentado matar y otros que habían intentado matarlo a él. Por lo menos ninguno lo llevaba velado. Matar en presencia de un Jenn era casi tan malo como matar a un Jenn. Esperaba que los demás lo recordaran también. Con que sólo uno actuara a traición bastaría para que los velos cubrieran los rostros; los guerreros que cada jefe había traído consigo bajarían de las montañas y la sangre encenagaría este suelo arcilloso. Casi esperaba sentir la punta de una lanza hundiéndose en sus costillas en cualquier momento.

A pesar de tener que estar vigilando un centenar de posibles direcciones desde donde podía llegar la muerte le costó trabajo apartar los ojos de las Aes Sedai cuando los porteadores soltaron en el suelo los ornamentados palanquines. Eran mujeres con un cabello tan blanco que casi parecía transparente, y la piel de sus rostros intemporales era tan tersa que daba la impresión de que el aire podría agrietarla. Le habían contado que el tiempo no dejaba huella en las Aes Sedai. ¿Qué edad tendrían éstas? ¿De cuántos acontecimientos habrían sido testigos? ¿Recordarían cuando su abuelo Comran encontró el stedding Ogier por primera vez en la Pared del Dragón y empezó a comerciar con ellos? ¿O incluso cuando el abuelo de Comran, Rhodric, condujo a los Aiel a matar a los hombres con camisas de hierro que habían cruzado la Pared del Dragón? Las Aes Sedai volvieron los ojos hacia él —unos, azules y penetrantes, y los otros muy, muy oscuros, los primeros ojos negros que veía— y tuvo la impresión de que traspasaban su cráneo y llegaban hasta sus propios pensamientos. Supo que había sido elegido, pero desconocía la razón. Merced a un gran esfuerzo de voluntad apartó los ojos de aquellas intensas miradas que lo conocían mejor que él mismo.

Un hombre demacrado y de pelo blanco, alto aunque encorvado, se adelantó de entre los Jenn; lo flanqueaban dos mujeres de pelo entrecano que podrían ser hermanas, con los mismos ojos verdes, muy hundidos, y el mismo modo de ladear la cabeza cuando miraban algo. El resto de los Jenn mantenían la vista gacha, incómodos, en lugar de mirar a los Aiel, pero no estos tres.

1 ... 123 124 125 126 127 128 129 130 131 ... 341
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)