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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿No se hospedó con Nicola Maiden?

– Vivía en un estudio. -Julian se sonrojó-. Además, ella prefería que me quedara en un hotel.

– Pero usted fue a la ciudad para verla, ¿no?

En efecto.

Había sido una estupidez, se dijo Julian mientras veía a Hanken abrirse paso entre los Caballeros que hormigueaban en el patio, refugiados bajo aleros y paraguas mientras se preparaban para la siguiente fase de la batalla. Había ido a Londres porque había notado un cambio en ella. No solo porque no había ido a Derbyshire a pasar la Pascua (cosa que hacía siempre mientras estuvo en la universidad), sino porque en sus encuentros desde el otoño en adelante había percibido un alejamiento cada vez mayor entre ellos. Sospechaba que había otro hombre, y quiso saberlo por sí mismo.

Lanzó una amarga carcajada mientras pensaba en aquel viaje a Londres. Nunca le había preguntado de una forma directa si había otro hombre, porque en el fondo no quería saberlo. Se dio por satisfecho con el hecho de no pillarla in fraganti con otro durante su visita sorpresa, y también porque una mirada subrepticia a los armaritos del baño, el botiquín y la cómoda no había revelado nada que un hombre guardara para asearse por las mañanas. Encima, había hecho el amor con ella. Y como en aquel tiempo era un tonto, había pensado que el hecho de hacer el amor significaba algo.

Pero solo era algo inherente a su profesión, comprendió ahora. Solo una parte de lo que Nicola hacía por dinero.

– Ningún problema con la policía, Julie, hijo mío.

Giró en redondo y vio que su padre había entrado en el despacho de la mansión, como si ya se hubiera cansado de la lluvia, la recreación o la compañía de los demás espectadores. Del brazo de Jeremy colgaba un paraguas goteante. Sostenía en una mano el taburete y en la otra el termo. El telescopio de su tío abuelo sobresalía del bolsillo del pecho de la chaqueta del abuelo.

Jeremy sonrió, como complacido consigo mismo.

– Te he proporcionado una coartada, hijo. Sólida como una autopista.

Julian le miró perplejo.

– ¿Qué has dicho?

– Le dije al policía que estaba contigo y los cachorrillos recién nacidos el martes. Dije que te había visto recogerlos y abrigarlos.

– Pero, papá, yo no dije que estuvieras conmigo. Nunca les dije… -Julian suspiró y empezó a ordenar los libros de contabilidad por orden de año-. Van a preguntarse por qué no hablé de ti. Lo comprendes, ¿verdad? ¿Verdad, papá?

Jeremy se dio unos golpecitos en la sien con un dedo tembloroso.

– Ya pensé en eso, hijo mío. Dije que no te había molestado. Que no había querido romper tu concentración cuando estabas haciendo de comadrona. Dije que fui a hablar contigo sobre lo de dejar la bebida. Dije que fui a enseñarte esto. -Una vez más, sacó los folletos-. Inspirado, ¿verdad? Tú ya los habías visto, ¿no? De modo que cuando él te preguntó acerca de ellos se lo dijiste, ¿no es así?

– No me preguntó nada sobre el martes por la noche. Quería saber cuándo fue la última vez que fui a Londres. Se estará preguntando por qué te tomaste la molestia de proporcionarme una maldita coartada, cuando ni siquiera me preguntó si la tenía. -Pese a su exasperación, Julian comprendió de repente la implicación de lo que su padre había hecho-. ¿Por qué me proporcionaste una coartada, papá? Sabes que no la necesito, ¿verdad? Estaba con los perros. Cassie estaba pariendo. Y en primer lugar, ¿cómo lo supiste?

– Tu prima me lo dijo.

– ¿Samantha? ¿Por qué?

– Dice que la policía te mira de una forma rara, y no le gusta. «Pero si Julie es incapaz de matar a una mosca, tío Jeremy», dice. Toda santa cólera, nuestra Samantha. Menuda mujer. Una lealtad como esa… hay que conservarla.

– No necesito la lealtad de Samantha. Ni tu ayuda, por cierto. Yo no maté a Nicola.

Jeremy desvió la mirada hacia el escritorio.

– Nadie ha dicho que lo hicieras.

– Pero si crees que has de mentir a la policía, eso significa… Papá, ¿crees que la maté? ¿De veras crees…? Jesús.

– No te enojes. Se te ha puesto la cara roja, y sé lo que eso significa. No he dicho que creyera nada. No creo nada. Solo quiero facilitar las cosas. No hemos de tomar la vida tal como viene, Julie. Podemos hacer algo para moldear nuestros destinos.

– ¿Es eso lo que estabas haciendo? ¿Moldear mi destino?

El viejo meneó la cabeza.

– Bastardo egoísta. Estoy moldeando la mía. -Alzó los folletos hasta el corazón-. Quiero dejar de beber. Ya es hora. Lo deseo. Pero Dios sabe, y yo también, que no puedo hacerlo solo.

Julian conocía bastante a su padre para saber cuándo procedía a una manipulación. Las banderas amarillas de la cautela se elevaron.

– Papá, sé que quieres dejar de beber. Te admiro por ello, pero esos programas… los gastos que suponen…

– Puedes hacerlo por mí. Sabes que yo lo haría por ti.

– No es que no quiera hacerlo, pero no tenemos dinero. He repasado los libros una y otra vez, y no nos llega. ¿Has pensado en telefonear a tía Sophie? Si supiera lo que pretendes hacer con el dinero seguro que te prestaría…

– ¿Prestar? ¡Bah! -Jeremy desechó la idea con un movimiento de los folletos-. Tu tía nunca se lo tragaría. «Lo dejará cuando le dé la gana», eso es lo que piensa. No levantará un dedo para ayudarme.

– ¿Y si yo le telefoneo?

– ¿Qué eres para ella, Julie? Un pariente al que nunca ha visto, que va a mendigar algo de lo que su marido ganó trabajando como un negro. No, no puedes pedírselo tú.

– Podrías hablar con Samantha.

Jeremy desechó la idea como si fuera un mosquito.

– No puedo pedirle eso. Ya nos está dando demasiado. Su tiempo, su esfuerzo, su preocupación, su amor. No puedo pedirle nada más, y no lo haré. -Exhaló un suspiro y guardó los folletos en el bolsillo-. Da igual. Haré lo que pueda.

– Podría pedirle a Samantha que hable con tía Sophie. Podría explicarle…

– No. Olvídalo. Haré de tripas corazón. No será la primera vez…

Ya son demasiadas, pensó Julian. La vida de su padre abarcaba más de cinco décadas de promesas incumplidas y buenas intenciones desperdiciadas. Había visto a Jeremy dejar la bebida más veces de las que podía recordar. Y otras tantas había visto a Jeremy volver a la bebida. Había más de un simple grano de verdad en lo que había dicho. Si iba a intentarlo de nuevo, no podría ir solo a la batalla.

– Escucha, papá. Hablaré con Samantha. Quiero hacerlo.

– ¿Quieres? ¿De veras lo quieres? ¿No crees que es una obligación, porque estás en deuda con tu padre?

– No. Quiero hacerlo. Se lo pediré.

Jeremy parecía emocionado. De hecho, sus ojos se humedecieron.

– Ella te quiere, Julie. Es una mujer estupenda, y te quiere, hijo.

– Hablaré con ella, papá.

La lluvia seguía cayendo cuando Lynley enfiló el camino de entrada a Maiden Hall.

Barbara le había proporcionado unos minutos de distracción del estado de agitación que le embargó al enterarse de que Andy Maiden había estado en Londres. De hecho, había logrado quitarse la agitación a causa de la ira provocada por el desafío de Barbara, que el intento de Helen por encontrar una explicación racional al comportamiento de la agente no había paliado en absoluto.

– Tal vez entendió mal tus órdenes, Tommy -había dicho en cuanto Havers salió de Eaton Terrace-. En el calor del momento, tal vez creyó que no querías que participara en el registro de Notting Hill.

– Hostia -replicó él-. No la defiendas, Helen. Ya has oído lo que ha dicho. Sabía que debía hacerlo, pero decidió que no. Fue a la suya.

– Pero tú admiras la iniciativa, siempre lo has hecho. Siempre me has dicho que la iniciativa de Winston es una de sus mejores…

– Maldita sea, Helen. Cuando Nkata toma las riendas de un asunto, lo hace después de terminar una tarea, no antes. No discute, ni protesta ni hace caso omiso de lo que se le dice porque crea tener una idea mejor. Y cuando se le corrige, cosa que casi nunca ocurre, cambia y no repite el error. Cabía suponer que Barbara había aprendido algo este verano sobre las consecuencias de desafiar una orden. Pero no es así. Es tozuda como una mula.

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