El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¡Déjanos! -gritó Andy Maiden a su mujer.
– Creo que no será necesario -repuso Lynley.
Barbara Havers nunca había estado en Westerham, y pronto descubrió que no era fácil llegar hasta allí desde la casa de St. James en Chelsea. Nada más salir de Eaton Terrace había ido a ver a los St. James (por qué no, pensó, ya que estaba en una zona tan cercana a King's Road, bajando por la cual llegaría a Cheyne Row), y estaba ansiosa por desahogarse con la pareja que, como sabía muy bien, también había experimentado en su carne propia la tozudez irracional de Lynley. Pero no había tenido oportunidad de contar su historia. Porque Deborah St. James había abierto la puerta y gritado de alegría en dirección al estudio, y luego la había arrastrado hacia el interior de la casa como dando la bienvenida a alguien recién llegado de la guerra.
– ¡Mira, Simon! -anunció-. ¿No es significativo?
Y la reunión entre los tres había sido la catapulta que lanzó a Barbara hacia Kent. Sin embargo, para llegar tuvo que luchar con el laberinto de calles sin identificar que convertían las palabras «al sur del río» en un sinónimo de viaje al infierno. Se había perdido al otro lado del Albert Bridge, donde un momento de distracción dio como resultado veinte exasperantes minutos dando vueltas alrededor de Clapham Common, en una inútil búsqueda de la A205. En cuanto la localizó y llegó a Lewisham, empezó a plantearse la eficacia de utilizar Internet para localizar a un testigo experto.
El testigo en cuestión vivía en Westerham, donde también regentaba un pequeño negocio a escasa distancia de Quebec House.
– No hay extravío posible -le había dicho por teléfono-. Quebec House está en lo alto de Edenbridge Road. Hay un letrero delante. Hoy está abierto, de modo que habrá algún coche en el aparcamiento. Estoy a menos de quinientos metros al sur.
Se encontraba en una construcción de tablas de chilla, con un letrero sobre la puerta que rezaba quiver me timbers.
Se llamaba Jason Harley, y el negocio compartía espacio con la vivienda, la casa original había sido dividida en dos mediante una pared que corría por la mitad, como una solución salomónica. Cuando Barbara llamó al timbre de la tienda se había abierto una puerta en esta pared, y a través de ella se impulsó Jason Harley en una silla de ruedas de alto rendimiento propia de un atleta de maratón.
– ¿Es usted la agente Havers? -preguntó Harley.
– Barbara -dijo ella.
El hombre se apartó una masa de pelo rubio, muy espeso y recto como una regla.
– Barbara, pues. Ha tenido suerte de pillarme en casa. Los domingos suelo ir a tirar. -Se impulsó hacia atrás y le indicó que entrara-. Asegúrese de poner el cartel por la parte de «cerrado», por favor. Tengo un club de fans local que se dejan caer en cuanto ven que está abierto. -Hizo este último comentario con ironía.
– ¿Problemas? -preguntó Barbara, pensando en gamberros, patanes y en los tormentos que podían infligir a un parapléjico.
– Niños de nueve años. Di una conferencia en su colegio. Ahora soy su héroe para ellos. -Harley sonrió con afabilidad-. Bien, ¿en qué puedo ayudarla, Barbara? ¿Dijo que quería ver lo que tengo?
– Exacto.
Le habían encontrado en Internet, donde su negocio tenía una página web, y su proximidad a Londres había sido el factor que impulsó a Barbara a seleccionarle como testigo experto. Por teléfono, Jason Harley le dijo que no abría los domingos, pero cuando ella explicó las razones de su llamada, el hombre accedió a recibirla.
Una vez dentro de los estrechos confines de Quiver Me Timbers, echó un vistazo a la mercancía: fibra de vidrio, tejo y carbono. Había estanterías apoyadas contra las paredes. El único y amplio pasillo de la tienda estaba flanqueado por vitrinas. Una zona de montaje se extendía al final. Y en el centro del conjunto se erguía un pedestal de arce con una medalla provista de cintas dentro de un estuche de cristal. Cuando Barbara la examinó, vio que era una medalla de oro olímpica. No solo en Westerham era Jason Harley alguien.
Él la estaba observando.
– Estoy impresionada -dijo-. ¿La consiguió desde la silla?
– Podría haberlo hecho. Hoy también lo haría, si tuviera más tiempo para practicar. Pero entonces no estaba confinado en la silla. Eso ocurrió más tarde. Después de un accidente de ala delta.
– Lo siento.
– Lo llevo bien. Mejor que la mayoría, diría yo. Bien, ¿en qué puedo ayudarla, Barbara?
– Hábleme de las flechas de cedro -dijo ella.
La medalla de oro olímpica de Jason Harley representaba la culminación de años de competición y práctica que le proporcionaron una notable experiencia en la modalidad del tiro con arco. Su accidente le había obligado a plantearse cómo podía utilizar sus proezas atléticas y sus conocimientos para mantener a la familia que él y su novia deseaban fundar. El resultado fue Quiver Me Timbers, donde vendía las magníficas flechas de carbono disparadas por los arcos modernos, hechos de fibra de vidrio o láminas de madera, y donde fabricaba a mano y vendía las flechas de madera utilizadas con los longbows tradicionales que habían hecho famosos a lo largo de la historia a los arqueros británicos, desde la batalla de Agincourt en adelante.
La tienda también suministraba los complementos del tiro con arco, desde las complicadas dactileras y brazaleras que utilizaban los arqueros hasta las puntas de flecha (llamadas puntas de caza, dijo a Barbara), que diferían según el uso al que se destinaran.
¿Disparar por la espalda a un chico de diecinueve años, por ejemplo?, quiso preguntar Barbara. ¿Qué clase de punta de flecha se necesitaría para eso? Pero prefirió avanzar poco a poco, consciente de que necesitaría mucha información para lanzarla contra Lynley y arañar, al menos, su armadura.
Pidió a Harley que le hablara sobre las flechas de madera que manufacturaba, sobre todo las de cedro Port Orford.
Solo hacía flechas de cedro, la corrigió. Los tubos procedían de Oregón. Las pesaban, clasificaban y sometían a una prueba de resistencia a la flexión antes de ser embarcadas.
– Son de absoluta confianza -dijo el hombre-, lo cual es muy importante, porque cuando la tensión de la pala es elevada, se necesita una flecha capaz de soportarla. Se pueden comprar flechas de pino o de fresno -continuó, después de darle una flecha de cedro para que la inspeccionara-. Algunas son de madera local y otras vienen de Suecia. Pero el cedro de Oregón se consigue con mayor facilidad, debido a la cantidad, supongo, y creo que las encontrará en todas las arquerías de Inglaterra.
La guió hasta la parte posterior de la tienda, donde estaba su zona de trabajo. A la altura de su cintura, una minilínea de montaje le permitía desplazarse con facilidad desde la sierra redonda que cortaba la muesca en el tubo de la flecha, hasta la emplumadora donde se pegaban el culote y las plumas del tubo. La punta de caza se sujetaba con araldit. Y, como ya había dicho, la punta de caza dependía del uso al que se destinara la flecha.
– Algunos arqueros prefieren fabricar sus propios arcos -concluyó-. Pero es un trabajo muy difícil, como ya habrá comprendido, y la mayoría los compran a un fabricante de flechas. Pueden hacerse tan distintas como se quiera, siempre que se indique qué medio de customización se desea.
– ¿Customización? -preguntó Barbara.
– Para identificarlas, debido a las competiciones. Actualmente, los longbows se utilizan para eso.
Explicó que había dos tipos de competiciones en que participaban los arqueros de longbow: olímpicas y de recorrido de tiro. En la primera, disparaban a blancos tradicionales: doce docenas de flechas lanzadas a dianas desde diversas distancias. Para la última, disparaban en zonas boscosas o laderas: flechas lanzadas a animales dibujados en papel. En cualquier caso, la única forma de decidir quién era el ganador dependía de las marcas de identificación individuales grabadas en las flechas. Todo arquero de competición británico procuraba que sus flechas pudieran distinguirse de las de los demás contrincantes.