El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Los turnos de comida del domingo habían terminado, pero le informaron que podían prepararle una ensalada de jamón fría y patatas rellenas, siempre que no fuera muy exigente con el relleno de las patatas. Dijo que no lo era, y pidió ambos platos.
No obstante, cuando tuvo la comida delante, comprobó que no tenía tanta hambre como pensaba. Pinchó la patata rebozada de cheddar, pero cuando se llevó el tenedor a la boca, su lengua se estremeció ante la idea de tener que tragar algo, masticado o no. Bajó el tenedor y cogió la cerveza. Emborracharse todavía constituía una opción.
Quería creerles, no porque fueran capaces de ofrecerle la más mínima prueba que apoyara sus declaraciones, sino porque no quería creer otra cosa. Los policías se pasaban al otro bando de vez en cuando, y solo un idiota lo negaría. Birmingham, Guildford y Bridgewater eran solo tres de los lugares relacionados con números (seis, cuatro y cuatro respectivamente), en referencia a los acusados mediante pruebas amañadas, palizas en las salas de interrogatorios y confesiones ficticias con firmas falsificadas. Cada condena había sido el resultado de fechorías policiales, y no había excusas para ningún caso. Por consiguiente, había policías malos, tanto si se les tildaba de excesivamente entusiastas, absolutamente tendenciosos, totalmente corruptos, o demasiado indolentes a la hora de hacer su trabajo.
Pero Lynley no quería creer que Andy fuera un policía malo. Tampoco quería creer que Andy fuera un padre cuya hija había terminado con su paciencia. Incluso ahora, después de encontrarse con Andy, después de haber presenciado la escena entre el hombre y su esposa, y tras haber analizado lo que significaba cada palabra, gesto y matiz entre ellos, Lynley descubrió que su corazón y su mente estaban en conflicto debido a los hechos básicos.
Nan Maiden se había reunido con ellos en el despacho carente de ventilación habilitado detrás de la recepción de Maiden Hall. Había cerrado la puerta.
– No te molestes, Nancy -había dicho su marido-. Los huéspedes… Nan, no te necesitamos aquí.
Dirigió una mirada suplicante a Lynley, que este no reconoció. Porque necesitaban a Nan Maiden si querían llegar al fondo de lo ocurrido a Nicola en Calder Moor.
– No esperábamos a nadie más hoy -dijo Nan a Lynley-. Ayer le dije al inspector Hanken que Andy estaba en casa aquella noche. Le expliqué…
– Sí -admitió Lynley-. Me lo ha dicho.
– Entonces, no entiendo a qué vienen más preguntas. -Estaba envarada al lado de la puerta, y sus palabras fueron tan rígidas como su cuerpo cuando continuó-. Sé a qué ha venido, inspector: a interrogar a Andy, en lugar de traernos información sobre la muerte de Nicola. Andy no tendría este aspecto consumido si usted no hubiera venido para preguntarle si fue al páramo para… -Su voz desfalleció-. Estaba aquí el martes por la noche. Se lo dije al inspector Hanken. ¿Qué más quieren de nosotros?
Toda la verdad, pensó Lynley. Quería oírla. Aún más, quería que los dos la afrontaran. Pero en el último momento, cuando habría podido revelar la auténtica naturaleza de las ocupaciones de su hija en Londres, no lo hizo. A la larga, todo lo relacionado con Nicola saldría a la luz (en salas de interrogatorio, y en el juicio), pero no había motivos para revelarlo ahora, como los huesos de un esqueleto risueño desenterrado de un armario cuya existencia desconocía la madre de la muchacha. Al menos, de momento podía satisfacer los deseos de Andy Maiden.
– ¿Quién puede corroborar su afirmación, señora Maiden? -preguntó-. El inspector Hanken me dijo que Andy se había ido a la cama a primera hora de la noche. ¿Alguien le vio?
– ¿Quién más habría podido verle? Nuestros empleados no entran en la parte particular de la casa, a menos que se lo ordenemos.
– ¿No pidió a ninguno que fuera a ver cómo estaba Andy durante la noche?
– Yo misma lo hice.
– Comprende la dificultad, ¿verdad?
– No. Porque ya le digo que Andy no… -Se llevó los puños a la garganta y cerró los ojos con fuerza-. ¡Él no la mató!
Por fin se habían pronunciado las palabras. Pero la pregunta que habría debido hacer Nan Maiden siguió sin ser formulada. No había dicho «¿Por qué? ¿Por qué habría asesinado mi marido a nuestra hija?». Y la omisión era muy significativa.
– ¿Conocía los planes de su hija para el futuro? -se limitó a preguntar, a los dos, concediendo a Andy Maiden el privilegio de revelar a su mujer lo peor que debía saber sobre su única hija.
– Nuestra hija no tiene futuro -contestó Nan Maiden-. Por lo tanto, sus planes, fueran cuales fueren, carecen de la menor importancia.
– Conseguiré que me sometan a un detector de mentiras -dijo de repente Andy Maiden. Su ofrecimiento reveló a Lynley lo ansioso que estaba por ocultar a su mujer las andanzas de su hija en Londres-. No será muy difícil arreglarlo, ¿verdad? Podemos encontrar a alguien… Quiero hacerlo, Tommy.
– No, Andy.
– Nos someteremos los dos, si quieres -dijo Maiden, sin hacer caso de su mujer.
– ¡Andy!
– ¿De qué otra forma voy a convencerle de que está equivocado? -le preguntó Maiden.
– Pero con tus nervios -protestó ella-, el estado en que estás… Andy, te volverán loco. No lo hagas.
– No tengo miedo.
Lynley se dio cuenta de que decía la verdad. Un detalle al que se aferró durante todo el trayecto hasta Tideswell y el hotel Black Angel.
Con la comida abandonada ante él, Lynley reflexionó sobre lo que podía significar la falta de miedo de Andy Maiden: inocencia, bravuconería o disimulo. Podía ser cualquiera de las tres, pensó Lynley, y pese a todo lo que había averiguado sobre el hombre, sabía cuál deseaba que fuera.
– ¿Inspector Lynley?
Alzó la vista. Una camarera contemplaba con ceño su comida intacta. Estaba a punto de disculparse por pedir lo que no había sido capaz de comer, cuando la mujer dijo:
– Le llaman desde Londres. El teléfono está detrás del bar.
El que llamaba era Winston Nkata, y su tono era perentorio.
– Lo tenemos, jefe -dijo con voz tensa-. La autopsia descubrió un trozo de cedro en el cuerpo de Cole. St. James dice que la primera arma fue una flecha. Disparó a oscuras. La chica huyó y no pudo dispararle. Tuvo que perseguirla y machacarle la cabeza.
Nkata explicó lo que St. James había visto en el informe de la autopsia y cómo lo había interpretado, y lo que él, Nkata, había averiguado sobre arcos y flechas gracias a un fabricante de flechas de Kent.
– El asesino debió de llevarse la flecha del lugar del crimen, porque casi todos los longbows se usan en competiciones -terminó Nkata-, y todos los longbows llevan marcas que los identifican.
– ¿Cómo son las marcas?
– Son las iniciales del tirador.
– Santo Dios. Eso es como si el asesino hubiera firmado su crimen.
– Ni más ni menos. Las iniciales se tallan o se imprimen a fuego en la madera, o pueden ser calcomanías. En cualquier caso, en un lugar del crimen, son como huellas dactilares.
– Matrícula de honor, Winnie -dijo Lynley-. Excelente trabajo.
El agente carraspeó.
– Sí, bueno. Hay que hacer el trabajo.
– Por lo tanto, si encontramos al arquero tendremos a nuestro asesino -dijo Lynley.
– Eso parece. -Nkata hizo la pregunta lógica-: ¿Ha hablado con los Maiden, inspector?
– Quiere someterse a un detector de mentiras.
Lynley resumió su entrevista con los padres de la chica muerta.
– Sí -dijo Nkata-. No olvide preguntarle si interviene en la guerra de los Cien Años en sus tardes libres.
– ¿Perdón?
– Eso es lo que hacen con los longbows. Competiciones, torneos y recreaciones históricas. ¿El señor Maiden combate contra los franceses en Derbyshire, a modo de diversión?
Lynley respiró hondo. Tuvo la sensación de haberse liberado de un peso que le agobiaba, al tiempo que un banco de niebla se disipaba en su cerebro.