El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Señor Reeve: ayer fue a Rostrevor Road.
– Y ella no estaba. No había nadie.
– ¿Por qué fue a verla?
Reeve examinó sus uñas. Parecían recién cortadas. No obstante, sus nudillos se veían hinchados y amoratados.
– Digamos que quería dejar las cosas claras.
– En otras palabras, dio una paliza a Vi Nevin.
– Ni hablar. No tuve la oportunidad. Y sé que no puede detenerme solo por desear pegarle, si es que lo deseaba, para empezar, cosa que no pienso admitir. -Se acomodó mejor en la silla, más seguro de sí mismo-. Como ya he dicho, ella no estaba. Volví tres veces durante la tarde, pero mi suerte no cambió y empecé a ponerme como una moto. Cuando me pongo así… -Descargó el puño contra la palma de la otra mano-. Lo hago. Actúo. No vuelvo a casa como un pichafloja y espero a que alguien me joda.
– ¿Intentó localizarla? Debía de tener una lista de sus clientes, al menos de aquellos a los que prestaba servicios cuando trabajaba para usted. Si no estaba en casa, es lógico que empezara a buscarla. Sobre todo si se estaba… ¿cómo lo ha dicho?, poniendo como una moto.
– He dicho que lo hago, Lynley. Actúo cuando me cabreo, ¿vale? Quería decirle un par de cosas a la muy puta y no podía hacerlo, y eso me cabreó. De modo que decidí decírselas a otras personas.
– No creo que le sirviera de nada.
– Me fue muy bien en aquel momento, porque empecé a pensar que ya era hora de apretar un poco las clavijas al resto de mis putas. No quiero que empiecen a pensar en imitar a Nikki y Vi. Las putas piensan que los hombres son soplapollas. Si quieres mandar sobre ellas, has de hacer lo necesario para que te respeten.
– Incluyendo la violencia, supongo.
Lynley estaba asombrado de la arrogancia de Reeve. ¿Cómo no se daba cuenta de que estaba cavando su propia tumba a cada frase que pronunciaba? ¿Pensaba que mejoraba su situación con aquellas declaraciones?
Reeve continuó. Durante la tarde empezó a visitar a sus empleadas, visitas sorpresa destinadas a reforzar su autoridad sobre ellas. Se apropió de sus libretas de crédito, agendas y facturas con la intención de compararlas con sus propios registros. Escuchó los mensajes de sus contestadores automáticos para averiguar si alentaban a sus clientes a pasar de Acompañantes Globales cuando reservaban una sesión. Registró sus roperos para ver si la ropa revelaba ingresos superiores a lo que él les pasaba. Examinó su provisión de condones, cremas lubricantes y juguetes sexuales para comprobar que todo coincidiera con lo que él sabía sobre la clientela de cada chica.
– A algunas no les gustó y se quejaron -dijo Reeve-. Pero las puse firmes.
– Les pegó.
– ¿Pegarles? -Reeve rió-. No, joder. Me las follé. Eso fue lo que vio en mi cara anoche. Yo lo llamo estimulación previa.
– Es otra manera de llamarlo.
– No violé a ninguna, si se refiere a eso. Ninguna le dirá que lo hice. Pero si quiere traer a las tres que me follé y someterlas al tercer grado, adelante. De todos modos, he venido a darle sus nombres. Confirmarán mi historia.
– Estoy seguro -dijo Lynley-. Es evidente que la mujer que no lo haga se expondrá a la experiencia de… ¿cómo lo llamó? ¿Ponerlas firmes? -Se levantó y dio por concluida la entrevista grabada. Se volvió hacia Budde-. Queda detenido. Acompáñele hasta un teléfono, porque estará pidiendo a gritos un abogado antes de que empecemos a…
– ¡Eh! -saltó Reeve-. ¿Qué hace? Yo no le puse la mano encima a ninguna de esas dos putas. No tiene nada contra mí.
– Es usted un alcahuete, señor Reeve. Tengo su propia confesión en esta cinta. Para empezar, no está nada mal.
– Me ofreció un trato. Vine a aceptarlo. Hablo y después me largo a Melbourne. Ofreció eso a Tricia y…
– Y Tricia puede cogerlo si quiere. -Lynley habló a Budde-: Enviaremos un equipo antivicio a Lansdowne Road. Llame allí y dígale a Havers que espere hasta que lleguen.
– ¡Eh! ¡Escúcheme! -Reeve rodeó la mesa. Budde le retuvo por el brazo-. Quite sus cochinas manos de…
– Ya habrá tenido tiempo de reunir pruebas suficientes para detenerle bajo la acusación de proxenetismo -dijo Lynley a Budde-. Será suficiente por ahora.
– ¡No saben con quién se la están jugando, gilipollas!
El agente Budde incrementó su presa.
– ¿Havers? No está en Notting Hill, jefe. Jackson, Stille y Smiley se están encargando del registro. ¿Quiere que la localice?
– ¿No está allí? -dijo Lynley-. Entonces ¿dónde…?
Reeve se revolvió contra Budde.
– Pagarán esto con su culo.
– Tranquilo, Jack. No vas a ninguna parte. -Budde explicó a Lynley-: Se encontró allí con nosotros y nos entregó la orden judicial. ¿Quiere que intente…?
– ¡Que os den por culo!
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió.
– ¿Inspector? -Era Winston Nkata-. ¿Necesitan ayuda?
– Todo está controlado -respondió Lynley, y luego dijo a Budde-. Llévale a un teléfono y deja que llame a su abogado. Después prepara los papeles para acusarle.
Budde sacó a Reeve al pasillo. Lynley continuó junto a la mesa, con los dedos apoyados sobre la grabadora para tocar algo sólido. Si actuaba sin concederse tiempo para pensar en las consecuencias de lo que tenía ganas de hacer, sabía que a la larga lo lamentaría.
Havers, pensó. ¿Qué debía hacer? Nunca había sido la compañera más fácil para trabajar, pero esto era indignante. Era incomprensible que hubiera desafiado una orden directa después de lo sucedido. O tenía impulsos suicidas o había perdido la razón. En cualquier caso, Lynley sabía que había acabado con su paciencia.
– … costó un poco averiguar qué grúas trabajan en la zona, pero la recompensa valió la pena -estaba diciendo Nkata.
Lynley levantó la vista.
– Lo siento -dijo-. Estaba en las nubes. ¿Qué has conseguido, Winnie?
– Fui al club de Beattie. Está limpio. Fui a Islington. Hablé con los vecinos del anterior piso de la Maiden. Nadie identificó a sus visitantes con Beattie y Reeve, ni siquiera cuando les enseñé las fotos. Encontré una de cada individuo en el Evening Standard, por cierto. Siempre es de ayuda tener amigos en las oficinas de los periódicos.
– No sacaste nada en limpio, pues.
– No, pero mientras estaba allí vi un Vauxhall aparcado en doble fila y con el cepo puesto. Lo cual me hizo pensar en otras posibilidades.
Nkata informó que había llamado a todas las agencias de cepos de Londres para averiguar cuál se encargaba de las calles de Islington. Era un disparo a ciegas, pero como ninguna persona con las que había hablado había identificado a Martin Reeve o a sir Adrian Beattie como visitantes de Nicola Maiden, antes de que se mudara a Fulham, decidió comprobar si alguien a quien hubieran aplicado el cepo en la zona el 9 de mayo coincidía con alguna persona relacionada con Nicola Maiden.
– Me tocó el gordo -dijo.
– Bien hecho, Winnie -repuso Lynley con sinceridad. El sentido de la iniciativa de Nkata siempre había sido una de sus mejores cualidades-. ¿Qué conseguiste?
– Algo espinoso.
– ¿Espinoso? ¿Por qué?
– Debido a la persona que quedó atrapada en el cepo.
De pronto, el agente pareció inquieto, lo cual debería haber bastado como advertencia, pero Lynley no se dio cuenta, y en cualquier caso estaba distraído por la sensación de que las cosas habían ido muy bien con Martin Reeve.
– ¿Quién? -preguntó.
– Andrew Maiden -dijo Nkata-. Al parecer estaba en la ciudad el 9 de mayo. Le pusieron el cepo en la esquina del piso de Nicola.
Lynley tenía el estómago revuelto cuando cerró la puerta de casa y empezó a subir la escalera. Fue a su habitación, sacó la misma maleta que había traído de Derbyshire el día anterior, y la abrió sobre la cama. Empezó a meter cosas para el viaje de vuelta, pijama, camisas, pantalones, calcetines y zapatos, sin pensar en lo que realmente iba a necesitar cuando llegara allí. Añadió sus útiles de afeitado y rescató un tubo nuevo de pasta dentífrica de entre las lociones corporales y cremas faciales de Helen. Metió un frasco de champú en un estuche de viaje y expropió la pastilla de jabón de Helen del baño.