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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Helen había recogido la partitura que Barbara había dejado. No la guardó en el sobre, sino que la apiló sobre la mesita auxiliar.

– Tommy -dijo-, si Winston Nkata hubiera estado en ese barco con la inspectora Barlow, en lugar de Barbara Havers… Si Winston Nkata hubiera empuñado el arma, en lugar de Barbara Havers… -Le miró con ansiedad-. ¿Te habrías enfadado tanto?

Su respuesta fue rápida y acalorada:

– No es una cuestión machista. Me conoces muy bien.

Sí que te conozco, fue la silenciosa respuesta de Helen.

De todos modos, Lynley había reflexionado sobre la cuestión más de una vez, durante los primeros ciento cincuenta kilómetros del trayecto hasta Derbyshire. Pero cada vez que examinaba sus posibles respuestas tanto a la pregunta como al increíble acto de insubordinación de Havers en el mar del Norte, la respuesta era la misma: lo de Barbara había sido agresión, no iniciativa. Y nada justificaba eso. Si Winston Nkata hubiera empuñado el arma, cosa tan risible como inimaginable, él habría reaccionado de una forma idéntica. Lo sabía.

Cuando dejó el coche en el aparcamiento de Maiden Hall, hacía rato que su cólera se había calmado, sustituida por la misma desazón que le había asaltado cuando se enteró de la visita de Andy Maiden a su hija. Paró el coche y contempló el hotel a través de la lluvia.

No quería creer lo que los hechos le pedían que creyera sobre Andy, pero hizo acopio de fuerzas y cogió el paraguas del asiento posterior. Atravesó el aparcamiento bajo la lluvia. Ya dentro del hotel, pidió al primer empleado que vio que fuera a buscar a Andy Maiden. Cuando el ex agente del SO10 apareció unos minutos después, lo hizo solo.

– Tommy -le saludó-. ¿Traes noticias? Acompáñame.

Le condujo hasta el despacho cercano a la recepción. Cerró la puerta a su espalda.

– Háblame de Islington en mayo, Andy -dijo Lynley sin más, pues sabía que vacilar era ofrecerle una posibilidad de despertar su compasión que no podía permitirse-. Háblame sobre eso de que te veré muerta antes que permitirte hacerlo.

Maiden se sentó. Indicó una silla para Lynley. No habló hasta que este estuvo sentado, e incluso entonces pareció absorto en sus pensamientos, como si estuviera reuniendo fuerzas para contestar.

– El cepo -dijo.

– Nadie pudo acusarte nunca de ser un policía incompetente -fue la réplica de Lynley.

– Lo mismo podría decirse de ti. Has hecho un buen trabajo, Tommy. Siempre creí que destacarías en el DIC.

El cumplido fue como una bofetada en la cara, pues apuntaba a los motivos, ahora evidentes, de que Andy Maiden le hubiera elegido (cegado por la admiración como estaba) para ir a Derbyshire.

– Tengo un buen equipo -contestó con sequedad Lynley-. Háblame de Islington.

Habían llegado al meollo de la cuestión, y los ojos de Maiden denotaban tanta angustia que Lynley se vio obligado a reprimir, incluso ahora, una oleada de compasión por su viejo amigo.

– Ella pidió que fuera a verla -dijo Maiden-. Así que fui.

– En mayo pasado. A Londres -precisó Lynley-. Fuiste a Islington para ver a tu hija.

– Exacto.

Pensaba que Nicola quería hacer los preparativos para enviar sus cosas a Derbyshire de cara al verano y a su empleo con Will Upman, tal como habían acordado el diciembre anterior. Había cogido el Land Rover en lugar de ir en tren o avión, con el fin de cargar cosas si ella deseaba trasladarlas ya, antes de terminar las clases en la facultad.

– Pero no quería volver a casa -dijo Maiden-. No me había llamado para eso. Quería contarme sus planes para el futuro.

– Prostitución -dijo Lynley-. Su picadero de Fulham.

Maiden carraspeó.

– Oh, Dios -musitó.

Pese a sus esfuerzos por endurecerse, Lynley descubrió que no podía obligar al hombre a revelar los hechos que había descubierto aquel día en Londres. Así que lo hizo por él. Lynley repasó todo cuanto había averiguado: el primer empleo de Nicola como auxiliar, después como señorita de compañía en MKR Financial Management, su asociación con Vi Nevin y la elección de la dominación como especialidad.

– Sir Adrian cree que solo otro motivo pudo alejarla de Londres: dinero.

– Era un compromiso. Lo hizo por mí.

Habían discutido amargamente, pero su padre había conseguido al final que accediera a trabajar para Upman durante el verano, al menos para probar la carrera de derecho. Logró su colaboración a base de pagarle más de lo que hubiera ganado en Londres. Había tenido que pedir un préstamo bancario para reunir la cantidad que ella quería, pero consideró que era un dinero bien invertido.

– ¿Confiabas en que el derecho la conquistaría? -preguntó Lynley. La perspectiva se le antojaba muy improbable.

– Confiaba en que Upman la conquistaría -contestó Maiden-. Le había visto con mujeres. Tenía estilo. Pensé que Nicola y él… Deseaba con todas mis fuerzas intentar algo, Tommy. No paraba de repetirme que el hombre adecuado le devolvería la cordura.

– ¿No habría sido Julian Britton una elección mejor? Ya estaba enamorado de ella, ¿no?

– Julian la deseaba demasiado. Ella necesitaba un hombre que la sedujera, pero que al mismo tiempo la mantuviera en la cuerda floja. Upman parecía perfecto para el trabajo. -Por lo visto, Maiden se dio cuenta de lo que acababa de decir, porque se encogió y empezó a llorar-. Oh, Dios, Tommy. Ella me arrastró a eso.

Se llevó un puño a la boca, como si así pudiera eliminar su dolor.

Y Lynley se encontró cara a cara por fin con lo que no había deseado ver. Había negado la culpabilidad de este hombre por lo que había sido en New Scotland Yard, mientras que, en todo momento, lo que había sido en New Scotland Yard arrojaba luz sobre su culpabilidad más que cualquier otra cosa. Andy Maiden, maestro del engaño y el disimulo, había pasado décadas moviéndose en los bajos fondos de la clandestinidad, donde las líneas entre realidad y fantasía, entre ilegalidad y honor, primero se difuminaban para luego desaparecer por completo.

– Dime cómo pasó -habló Lynley-. Dime qué utilizaste, además de la navaja.

Maiden dejó caer la mano.

– Santo cielo… -Su voz era ronca-. Tommy, no estarás pensando… -Entonces pareció reflexionar sobre lo que había dicho, para localizar el punto exacto del malentendido que se había producido entre ellos-. Me arrastró al soborno. A pagarle por trabajar para Upman, para que él pudiera conquistarla… y así su madre nunca descubriría lo que era… porque eso la habría destruido. Pero no. No. No puedes pensar que yo la maté. Estaba aquí la noche que murió. En el hotel. Además… Dios mío, era mi única hija.

– Pero te había traicionado -dijo Lynley-. Después de todo lo que habías hecho por ella, después de la vida que le habías proporcionado…

– ¡No! Yo la quería. ¿Tienes hijos? ¿Una hija? ¿Un hijo? ¿Sabes lo que significa ver el futuro en tus hijos y saber que continuarás viviendo, no importa lo que suceda, solo porque ella existe?

– ¿Haciendo de puta? ¿Ganando dinero a base de visitar en su casa a hombres a los que azota para someterlos? «Te veré muerta antes que permitirte hacerlo.» Esas fueron tus palabras. Y la semana siguiente iba a regresar a Londres, Andy. Solo compraste un retraso de lo inevitable cuando le pagaste para que trabajara en Buxton.

– ¡Yo no lo hice! ¡Escúchame, Tommy! Yo estaba aquí el martes por la noche.

Maiden había alzado la voz, y se oyó un golpe en la puerta. Se abrió antes de que ninguno pudiera hablar. Nan Maiden apareció. Paseó la vista entre Lynley y su marido. No habló. Pero no necesitaba decir ni una palabra para explicar lo que Lynley leyó en su cara. Sabe lo que él hizo, pensó. Dios mío, lo ha sabido desde el primer momento.

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