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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿Y Vi Nevin? -preguntó Lynley-. ¿Cómo encaja en la película, Havers?

El rostro de Barbara se iluminó más todavía.

– King-Ryder pensaba que Vi tenía la partitura. No la había encontrado en el piso. No la había encontrado cuando siguió a Terry Cole, le mató y arrasó el lugar de acampada en su busca. Volvió a Londres y fue al piso de Vi Nevin cuando ella estaba fuera. Lo estaba poniendo patas arriba, en busca de la partitura, cuando ella le sorprendió.

– El piso fue destrozado, no registrado, Havers.

– Ni hablar, inspector. Las fotos demuestran un registro. Mírelas otra vez. Las cosas están diseminadas, abiertas y tiradas al suelo. Si alguien hubiera querido poner a Vi fuera del negocio, habría rociado de pintura las paredes, roto los muebles, cortado las alfombras y abierto boquetes en las paredes.

– Y le habría partido la cara -indicó Lynley-. Cosa que Martin Reeve hizo.

– King-Ryder lo hizo. Ella le había visto. O al menos pensó que le había visto. No podía correr el riesgo. Por lo que sabemos, ella también conocía la existencia de la partitura, porque también conocía a Terry. En cualquier caso, ¿qué más da? Le detendremos y le aplicaremos el tercer grado. -Por primera vez, se fijó en la maleta que había junto a la puerta-. ¿Adonde va?

– A practicar una detención. Porque mientras usted iba a su aire por Londres, el agente Nkata, en cumplimiento de sus órdenes, estaba haciendo el trabajo que yo le asigné en Islington. Y lo que descubrió no tiene nada que ver con Matthew King-Ryder ni nadie del mismo apellido.

Barbara palideció. A su lado, Helen dejó un pentagrama, que había estado inspeccionando. Levantó una mano, a modo de advertencia, y se tocó la garganta. Lynley reconoció el gesto, pero no hizo caso.

– Se le asignó una misión -dijo Lynley.

– Conseguí la orden judicial, inspector. Reuní un equipo para llevar a cabo el registro, y hablé con ellos. Les dije lo que…

– Se le ordenó formar parte de ese equipo, Havers.

– Pero la cuestión es que creí… Tenía esta intuición…

– No. No hay intuición que valga. En su situación no.

– Tommy… -dijo Helen.

– Olvídalo. Se acabó. Me ha desafiado en todo momento, Havers. Queda apartada del caso.

– Pero…

– ¿Quiere pelos y señales?

– Tommy.

Helen tendió una mano hacia él. Lynley vio que quería interceder entre ambos. Helen odiaba sus arranques de ira. Por su bien, hizo lo que pudo por controlarse.

– Otra persona en su situación, degradada, habiendo escapado por los pelos a una acusación de intento de asesinato, y con su historial de fracasos en el DIC…

– Eso es una bajeza. -Las palabras de Havers apenas se oyeron.

– … habría seguido al pie de la letra todas las órdenes desde el instante en que el subcomisionado Hillier pronunció la sentencia.

– Hillier es un cerdo, y usted lo sabe.

– Otra persona -prosiguió con testarudez Lynley- no se habría apartado ni un milímetro de las instrucciones recibidas. En su caso, solo se le pidió que investigara varios casos del SO10, investigación a la que tuvo que volver por la fuerza en más de una ocasión durante los últimos días.

– Pero lo hice. Usted recibió el informe. Lo hice.

– Y después fue a la suya.

– Porque vi esas fotos en su despacho, esta mañana. Vi que el piso de Fulham había sido registrado, e intenté decírselo, pero usted no quiso escucharme. ¿Qué podía hacer? -No esperó la respuesta, pues sabía muy bien cuál sería-. Y cuando la señora Baden me entregó la partitura y vi quién la había escrito, supe que habíamos encontrado a nuestro hombre, inspector. Está bien, tendría que haber ido con el equipo a Notting Hill. Usted me dijo que fuera, y no lo hice. Pero ¿no se da cuenta del tiempo que les he ahorrado? Estaba a punto de volver a Derbyshire, ¿verdad? Le he ahorrado el viaje.

Lynley parpadeó.

– Havers, ¿de veras cree que concedo credibilidad a estas tonterías?

«Tonterías.» Barbara pronunció la palabra en silencio.

Helen paseó la vista entre ellos y dejó caer la mano. Cogió un pentagrama con expresión resentida. Havers la miró, lo cual disparó la ira de Lynley. No quería que metieran en medio a su mujer.

– Preséntese a Webberly por la mañana -ordenó a Havers-. Sea cual sea su próxima tarea, él se la asignará.

– Ni siquiera mira lo que tiene delante -dijo Havers, pero ya no parecía combativa o desafiante, solo perpleja. Lo cual le encolerizó todavía más.

– ¿Necesita un plano para salir de aquí, Havers?

– ¡Tommy! -gritó Helen.

– Que le den por culo -dijo Barbara.

Se levantó del sofá con toda la dignidad posible y cogió su raído bolso. Cuando pasó junto a la mesita auxiliar para salir de la sala, varios pentagramas de Chandler cayeron al suelo.

26

El tiempo de Derbyshire coincidía con el humor del inspector Peter Hanken: sombrío. Mientras un cielo plateado se disolvía en lluvia, recorría la carretera entre Buxton y Bakewell y se preguntaba qué significaba el que una chaqueta de cuero negra hubiera desaparecido de las pruebas recogidas en Nine Sisters Henge. El impermeable había sido fácil de explicar. La chaqueta no. Porque un solo asesino no necesitaba dos prendas de ropa para cubrir la sangre de la víctima apuñalada.

No había realizado la búsqueda de la chaqueta desaparecida de Terry Cole sin ayuda. El agente Mott le había acompañado, con una galleta de avena en la mano. La presencia de Mott era esencial, pero no ayudó mucho en la búsqueda. Se limitó a masticar ruidosamente, con chasquidos de lengua placenteros, y anunció que «nunca había visto una chaqueta de cuero negra, jefe» durante toda la inspección de Hanken.

Los registros de Mott le habían hecho justicia. No había chaqueta. Una vez telegrafiado el mensaje a Londres, Hanken se puso en camino hacia Bakewell y Broughton Manor. Chaqueta o no, aún tenía que eliminar a Julian Britton de su lista de sospechosos.

Cuando Hanken cruzó el puente sobre el río Wye, se encontró de repente en otro siglo. Pese a la lluvia que continuaba cayendo sin cesar, como un heraldo de futuros desastres, una feroz batalla tenía lugar alrededor de la mansión. En la ladera de la colina que descendía hasta el río, cinco o seis docenas de soldados realistas, que portaban los diversos colores del monarca y la nobleza, estaban enzarzados en combate a espada contra un número equivalente de parlamentaristas provistos de armaduras y yelmos. En el prado que se extendía más abajo, más soldados con armadura estaban disponiendo cañones listos para disparar, mientras en una ladera alejada una división de infantería armada con pistolas y yelmos se dirigía hacia la cancela sur de la mansión, acompañados de un traqueteante ariete.

Los Caballeros y los Cabezas Redondas [17] estaban recreando una batalla de la guerra civil, concluyó Hanken. Julian Britton estaba enfrascado en otro medio de recaudar fondos para la restauración de la casa.

Una lechera del siglo XVII protegida por un paraguas Burberry dirigió con un ademán a Hanken hacia un aparcamiento improvisado a escasa distancia de la mansión. Allí, otros participantes en el drama merodeaban disfrazados de realistas, campesinos, granjeros, nobles, médicos y mosqueteros. El desdichado rey Carlos, con un vendaje ensangrentado alrededor de la cabeza, comía una sopa de lata en la puerta de una autocaravana, mientras charlaba con una moza cargada con una cesta de pan que la lluvia empapaba. No muy lejos, un Oliver Cromwell ataviado de negro se estaba quitando la armadura con grandes esfuerzos, sin desanudar los lazos. Perros y niños correteaban entre la multitud, mientras un puesto de refrigerios no paraba de servir cosas calientes y humeantes.

Hanken aparcó y preguntó dónde se escondían los Britton. Le encaminaron hacia un mirador situado en el tercero de los ruinosos jardines de la mansión, en el lado sudoeste de la casa, donde una muchedumbre de espectadores esforzados se apretujaba en gradas improvisadas y sillas de jardín para contemplar la recreación histórica bajo un bosque de paraguas.

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[17] Los Caballeros eran los partidarios de Carlos I, mientras que Cabezas Redondas era el sobrenombre burlón aplicado a los puritanos. (N. del T.)

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