El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Su mujer entró cuando estaba cerrando la maleta. La forma en que había dispuesto las cosas habría dado escalofríos a Denton.
– Me pareció oírte -dijo Helen- ¿Qué ha pasado? ¿Te vuelves a ir tan pronto? Tommy, cariño, ¿pasa algo?
Dejó la maleta en el suelo y buscó una explicación. Describió los hechos escuetamente, sin interpretarlos.
– La pista vuelve a conducir al norte -dijo-. Parece que Andy Maiden está implicado.
Los ojos de Helen se abrieron de par en par.
– Pero ¿por qué? ¿Cómo? Oh, eso es terrible. Y tú le admirabas tanto, ¿verdad?
Lynley le contó lo que Nkata había descubierto. Relató lo que el agente había averiguado antes sobre la discusión y la amenaza escuchadas en mayo. Añadió lo que él había deducido de sus entrevistas con el ex agente del SO10 y su mujer. Terminó con la información que Hanken le había pasado por teléfono. Pero no se embarcó en un monólogo sobre el motivo probable por el cual Andy Maiden hubiera solicitado la intervención del inspector Thomas Lynley, un notable incompetente en el SO10. Afrontaría ese problema más adelante, cuando su orgullo fuera capaz de soportarlo.
– Al principio, lo más lógico me pareció centrarnos en Julian Britton -dijo a modo de conclusión-. Después, en Martin Reeve. Me emperré con uno y después con el otro, sin hacer caso de todos los detalles que apuntaban en otra dirección.
– Pero, querido, puede que aún estés en lo cierto -dijo Helen-. En especial sobre Martin Reeve. Tiene más motivos que cualquiera, ¿verdad? Pudo seguir a Nicola Maiden hasta Derbyshire.
– ¿También hasta los páramos? ¿Cómo habría podido hacerlo?
– Quizá siguió al chico. O puso a otra persona tras sus pasos.
– Nada demuestra que Reeve conociera al chico, Helen.
– Quizá descubrió su existencia por las postales de los teléfonos públicos. Es una persona que vigila a la competencia, ¿no? Si descubrió quién colocaba las postales de Vi Nevin e hizo que le siguieran, como hizo que siguieran a Barbara y Nkata hasta Fulham… ¿Por qué no pudo localizar a Nicola de la misma forma? Alguien pudo seguir al chico durante semanas, Tommy, sabiendo que le llevaría hasta Nicola.
Helen desarrolló su hipótesis. Si Reeve había puesto a alguien tras los pasos del chico, ¿por qué no pudo seguirle hasta Derbyshire, y luego hasta el páramo, cuando fue a encontrarse con Nicola? Una vez localizada la chica, habría bastado una llamada telefónica a Martin Reeve desde el pub más cercano. Reeve podría haber ordenado los asesinatos desde Londres, volado hasta Manchester, o ido en coche hasta Derbyshire en menos de tres horas, para luego presentarse en el círculo de piedras y acabar con ellos.
– No tiene por qué ser Andy Maiden -concluyó.
Lynley le acarició la mejilla.
– Gracias por ser mi paladín, Helen.
– Tommy, no me menosprecies. Y no te menosprecies a ti mismo. Por lo que me has dicho, Martin Reeve tiene un móvil tallado en mármol. ¿Por qué iba Andy Maiden a matar a su hija?
– Por lo que era -contestó Lynley-. Porque no pudo convencerla de que lo dejara. Porque no pudo detenerla por medio del razonamiento, la persuasión o la amenaza. La detuvo de la única forma que conocía.
– ¿Por qué no pidió que la detuvieran? Ella y la otra chica…
– Vi Nevin.
– Sí, Vi Nevin. Eran dos. ¿No basta con dos para constituir un burdel? ¿No habría podido llamar a un antiguo compañero del Met para que se encargara?
– ¿Para que todos sus antiguos colegas se enteraran de lo que era su hija? Es un hombre orgulloso, Helen. Nunca haría eso. -Lynley la besó en la frente y en la boca. Cogió la maleta-. Volveré lo antes posible.
Ella le siguió escaleras abajo.
– Tommy, no conozco a nadie que sea más duro consigo mismo. ¿Cómo puedes estar seguro de que no estás siendo duro contigo mismo ahora, y con consecuencias mucho más desastrosas?
Se volvió para contestar a su mujer, pero sonó el timbre de la puerta. Los timbrazos eran insistentes y repetidos, como si alguien estuviera apoyado sobre el botón. Sugería una urgencia que borró por completo lo que intentaba decir.
El visitante resultó ser Barbara Havers, y cuando Lynley posó la maleta junto a la puerta y la dejó entrar, pasó a su lado como una exhalación con un grueso sobre de papel manila en la mano.
– Puta mierda, inspector, me alegro de pillarle. Estamos un paso más cerca del paraíso.
Saludó a Helen y entró en la sala de estar, donde se dejó caer en un sofá y desparramó el contenido del sobre sobre una mesita auxiliar.
– Esto es lo que él buscaba -fueron sus oscuras palabras-. Pasó más de una hora en el piso de Terry Cole, fingiendo examinar los cuadros de Cilla. Ella pensó que estaba enamorado de su obra. -Havers se desordenó el pelo con energía, el gesto típico de cuando estaba nerviosa-. Pero estuvo solo en ese piso, inspector, y tuvo mucho tiempo para registrarlo de cabo a rabo. Sin embargo no pudo encontrar lo que buscaba. Porque Terry Cole se lo había dado a la señora Baden cuando comprendió que no podría colarlo en una subasta de Bowers. Y la señora Baden me lo dio a mí. Tenga, eche un vistazo.
Lynley se quedó donde estaba, junto a la puerta del salón. Helen se acercó a Barbara y echó un vistazo a las numerosas hojas de papel que había sacado del sobre.
– Es una partitura -explicó Barbara-. Una partitura de Michael Chandler. Neil Sitwell me dijo en Bowers que envió a Terry Cole a King-Ryder Productions para conseguir el nombre de los abogados de Chandler. Pero Matthew King-Ryder lo negó. Dijo que Terry intentó conseguir una beca artística de él. ¿Por qué coño ninguna de las personas con las que hemos hablado nos ha dicho ni una palabra acerca de Terry y una beca?
– Dígamelo usted -repuso Lynley con placidez.
Havers no hizo caso, o no se dio cuenta del tono.
– Porque King-Ryder está mintiendo como un bellaco. Le siguió. Siguió a Terry Cole por todo Londres con la intención de apoderarse de la partitura.
– ¿Por qué?
– Porque la vaca ya no daba más leche -dijo Havers con aire triunfal-. Y la única esperanza de King- Ryder de mantener el barco a flote durante unos cuantos años más era producir otro éxito.
– Está mezclando las metáforas -advirtió Lynley.
– Tommy. -La expresión de Helen comunicaba un ruego no verbalizado. Al fin y al cabo, le conocía mejor que nadie y, al contrario que Havers, sí había reparado en su tono. Y también en que no se había movido de su sitio junto a la puerta; sabía lo que eso significaba.
Barbara continuó con una sonrisa.
– De acuerdo. Lo siento. Da igual. King-Ryder me dijo que el testamento de su padre lega todos los beneficios de sus actuales producciones a una fundación especial de apoyo a artistas relacionados con el teatro. Actores, autores, diseñadores, todo eso. Su última esposa recibe una donación, pero es la única beneficiaría. Ni un penique para Matthew y su hermana. Ocupará el cargo de presidente o lo que sea de la fundación, pero ¿qué es eso en comparación con el dinero que ganaría si montara otra producción de su padre? Una nueva producción, inspector. Una producción póstuma. Una producción no controlada por los términos del testamento. Ahí tiene el móvil. Tenía que apoderarse de esa partitura y eliminar a la única persona que sabía que Michael Chandler, y no David King-Ryder, la había escrito.