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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Si no, ¿cómo sabrían qué flecha había dado en el blanco? -preguntó Harley.

– Exacto -dijo Barbara-. ¿Cómo?

Había leído la autopsia de Terry Cole. Sabía, por su conversación con St. James, que habían hablado a Lynley de una tercera arma, además de la navaja y la piedra utilizadas contra las víctimas, y que ya habían identificado. Ahora, con la tercera arma prácticamente identificada, empezó a vislumbrar cómo había ocurrido el crimen.

– Dígame, señor Harley -dijo-, ¿con qué velocidad puede un buen arquero, con una década o más de experiencia, digamos, disparar sucesivas flechas contra un blanco? Utilizando un longbow, quiero decir.

El hombre reflexionó mientras se tironeaba del labio inferior.

– Yo diría que una cada diez segundos. Como máximo.

– ¿Tanto?

– Permítame que se lo demuestre.

Barbara pensó que iba a hacerle una demostración, pero en cambio fue a buscar un carcaj al expositor, deslizó seis flechas en él y le indicó que se acercara a la silla.

– ¿Diestra o zurda? -preguntó.

– Diestra.

– De acuerdo. Vuélvase.

Barbara, que se sentía un poco idiota, permitió que él le colgara el carcaj y ajustara la correa sobre el torso.

– Supongamos que sujeta el arco con su mano izquierda -explicó, luego-. Ahora, coja la flecha. Solo una. -Cuando la tuvo en la mano, con cierta torpeza, el hombre indicó que debería apoyarla contra la cuerda de dacron del arco. Después, debería tensar la cuerda y apuntar-. No es como una pistola -le recordó-. Ha de recargar y volver a apuntar después de cada disparo. Un buen arquero puede hacerlo en menos de diez segundos. Pero alguien como usted, y no se ofenda…

Barbara rió.

– Concédame veinte minutos.

Se miró en el espejo que colgaba sobre la puerta a través de la cual Harley se había impulsado para entrar en la tienda. Probó a coger la flecha. Se imaginó con un arco y trató de imaginar el blanco, que no era una diana o un animal de papel, sino un ser humano vivo. Dos, de hecho, sentados junto a un fuego. Esa sería la única luz.

No disparó a la chica porque, al fin y al cabo, su objetivo no era la chica. Pero no llevaba ninguna otra arma, y estaba desesperado por matar al chico, de modo que debía usar lo que había traído y confiar en que la flecha le mataría, porque, habiendo una segunda persona presente, no tendría posibilidad de disparar otra a Cole.

¿Qué había sucedido? El disparo había fallado. Tal vez el muchacho se había movido en el último momento. Tal vez apuntó al cuello y acertó en la espalda. La chica, al darse cuenta de que había alguien al acecho con malas intenciones, se puso en pie de un salto e intentó huir en la oscuridad. Como corría, y como estaba oscuro, el arco y las flechas no servían de nada. Así que tuvo que perseguirla. La mató y volvió por el chico.

– Jason -dijo Barbara-, si le alcanzaran en la espalda con una de estas flechas, ¿qué sentiría? ¿Sabría que le habían clavado una flecha?

Harley observó el expositor de arcos, como si las respuestas estuvieran escondidas entre ellos.

– Supongo que primero notaría un golpe tremendo -dijo-. Como si me hubieran asestado un martillazo.

– ¿Podría moverse o ponerse de pie?

– Supongo que sí. Hasta que me diera cuenta de lo que había sucedido, por supuesto. Entonces, lo más probable es que sufriera un shock. Sobre todo si tanteaba en la espalda y descubría la flecha sobresaliendo de mi cuerpo. Sería horroroso, lo suficiente para que…

– Se desmayara -terminó Barbara-. Perdiera el conocimiento.

– Exacto.

– Y entonces, la flecha se rompería, ¿verdad?

– Dependiendo de cómo cayera.

Lo cual, concluyó Barbara en silencio, dejaría posiblemente una astilla cuando el asesino, impaciente por extraer del cuerpo lo único que permitiría a la policía identificarle, arrancara el resto de la flecha. Pero Terry Cole no estaría muerto, solo en estado de shock. El asesino habría tenido que rematarle en cuanto regresó de destrozarle la cabeza a la chica. No llevaba otra arma que el longbow. Su única posibilidad era encontrar un arma en el sitio de acampada.

Y una vez hecho esto, con el chico apuñalado, pudo buscar con plena libertad lo que creía que Terry Cole llevaba: la partitura de Chandler, la fuente de una fortuna que le negaban las cláusulas del testamento de su padre.

Solo había una última cosa que aclarar con Jason Harley.

– Jason -dijo-, ¿puede una punta de flecha…?

– Punta de caza -le corrigió él.

– Una punta de caza. ¿Puede perforar la carne humana? Siempre había pensado que las flechas llevaban extremos de goma o algo por el estilo, si las utilizabas en público.

El hombre sonrió.

– ¿Quiere decir ventosas? ¿Como en los arcos y flechas de los niños?

Impulsó su silla hasta una vitrina, de donde sacó una cajita que vació sobre el mostrador de cristal. Eran las puntas de caza utilizadas en flechas de cedro. Eligió la que se utilizaba con más frecuencia en el recorrido de tiro. Si quería, Barbara podía probar su agudeza.

Lo hizo. La pieza de metal era cilíndrica, en consonancia con la forma de la flecha, pero se estrechaba hasta formar una fea punta de cuatro lados que sería mortal cuando la lanzaran con fuerza. Mientras probaba la punta contra el dedo, Harley seguía charlando sobre las demás puntas de caza que vendía. Sacó diversos modelos y explicó el uso de cada uno. Por fin, dejó a un lado las reproducciones medievales.

– Y estas son para exhibiciones y batallas -concluyó.

– ¿Batallas? -preguntó Barbara con incredulidad-. ¿La gente aún se dispara flechas?

El hombre rió.

– No se trata de batallas reales, por supuesto, y cuando empieza el combate, las flechas van provistas de topes de goma en la punta. Las batallas son recreaciones históricas. Una partida de guerreros de fin de semana se congrega en los terrenos de un castillo o una gran mansión, y escenifican la guerra de las Dos Rosas. Hay por todas partes.

– La gente viaja para verlas, ¿verdad? ¿Con arcos y flechas en el maletero de los coches?

– Exactamente.

27

La lluvia no menguaba. El viento se había sumado al diluvio. En el aparcamiento del hotel Black Angel, la lluvia y el viento empapaban la capa superior de un contenedor de basura rebosante. El viento arrastraba cajas de cartón y periódicos viejos, que se estrellaban contra los parabrisas y las ruedas de los coches vacíos.

Lynley bajó del Bentley y abrió el paraguas para protegerse de aquella tormenta de verano. Corrió con la maleta hasta la puerta principal. Un perchero situado justo al lado de la entrada exhibía los abrigos y chaquetas goteantes de una docena o más de domingueros, cuyas siluetas vio Lynley a través del cristal translúcido color ámbar de la mitad superior de la puerta del bar. Al lado del perchero, diez paraguas, como mínimo, sobresalían de un paragüero de hierro y brillaban a la luz del porche, donde Lynley se detuvo para sacarse el barro de los zapatos. Colgó su chaqueta entre las demás, dejó su paraguas con el resto y entró en la recepción a través del bar.

Si el propietario del Black Angel se sorprendió de verle tan pronto, no lo demostró. Al fin y al cabo, la temporada turística estaba a punto de terminar. Cualquier huésped sería bienvenido en los próximos meses. Le tendió una llave (Lynley comprobó con pesar que era la misma habitación de la vez anterior) y preguntó si el inspector deseaba que subieran su equipaje, o se ocuparía él mismo. Lynley le entregó la maleta y fue al bar a comer.

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