El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
La única diferencia estaba en las telas metálicas contra las moscas; pero advirtió, divertido, que Fee no había permitido que la galería que daba a la carretera de Gilly fuese protegida como todo el resto, y sí, solamente, la ventanas que se abrían a ella. Había hecho bien, naturalmente; demasiada tela metáli ca habría estropeado las líneas de la deliciosa fachada georgiana. ¿Cuánto tiempo vivían los eucaliptos? Sin duda éstos habían sido transplantados del interior ochenta años atrás. Las buganvillas, en su alto ramaje, eran como una masa resbaladiza de cobre y de púrpura.
Era ya verano, faltaban dos semanas para Navidad, y los rosales de Drogheda estaban en pleno auge. Había rosas en todas partes: blancas, amarillas y rosadas, carmesíes como sangre de un corazón, escarlatas como la sotana de un cardenal. Entre la wistaria, ahora verde, dormitaban rosas blancas y_ rosadas, que caían sobre el tejado de la galería, bajaban por los alambres, se agarraban amorosamente a los negros postigos del segundo piso, estiraban sus zarcillos hacia el cielo. Los depósitos de agua y sus soportes estaban ahora ocultos a la vista. Y un color dominaba entre las rosas: un pálido gris rosado. ¿Cenizas de rosas? Sí; así se llamaba aquel color. Meggie debió plantarlas; tuvo que hacerlo ella.
Oyó la risa de Meggie y se quedó inmóvil, aterrorizado; después, forzó sus pies en dirección a aquel sonido, convertido ahora en un gorjeo reidor. Una risa exactamente igual a la de su niñez. ¡Allí estaba! Allí, detrás de una gran mata de rosas grisáceas, cerca del pimentero. Apartó los racimos de capullos con la mano, y sintió vértigo a causa del perfume y de la risa.
Pero Meggie no estaba allí; sólo un niño agazapado en el exuberante césped, hostigando a un cerdito sonrosado que corría estúpidamente hacia él, saltaba a un lado y retrocedía. Sin darse cuenta de que le observaban, el chiquillo echó la cabeza y rió de nuevo. La risa de Meggie, en una garganta desconocida. Sin pensarlo, el cardenal Ralph soltó las rosas y avanzó entre ellas, sin reparar en las espinas. El chico, de unos doce o catorce años, próximo a la pubertad, levantó la cabeza, sorprendido; el cerdito chilló, enroscó el rabo y echó a correr.
El niño, que sólo vestía calzón corto caqui e iba descalzo, tenía la piel sedosa, de un moreno dorado, y el cuerpo infantil anunciaba ya su futuro vigor en la anchura de sus hombros rectos, el desarrollo de los músculos de las pantorrillas y los muslos, el vientre plano y las estrechas caderas. Su pelo era un poco largo y ligeramente rizado, del color blanquecino de la hierba de Drogheda, y tenía los ojos intensamente azules y unas pestañas absurdamente negras y gruesas. Parecía un ángel muy joven escapado del cielo.
– Hola -dijo el chico, sonriendo.
– Hola -dijo el cardenal De Bricassart, dominado por el encanto de aquella sonrisa-. ¿Quién eres?
– Soy Dane O'Neill -respondió el chico-. ¿Y usted?
– Me llamo Ralph de Bricassart.
Dane O'Neill. Entonces, era hijo de Meggie. Ésta no había abandonado a Luke, a fin de cuentas; había vuelto a él y había tenido este hijo, que habría podido ser suyo si no se hubiese casado antes con la Iglesia. ¿Cuántos años tenía cuando se había casado con la Iglesia? No muchos más que ese pequeño; ni era mucho más maduro que él. Si hubiese esperado, el muchacho podría haber sido suyo. ¡Tonterías, cardenal De Bricassart! Si no te hubieses casado con la Iglesia, habrías permanecido en Irlanda, criando caballos, y nunca hubieras conocido tu destino, ni Dro-gheda, ni a Meggie Cleary.
– ¿Puedo servirle en algo? -preguntó cortésmente el chico, poniéndose en pie con una gracia que el cardenal Ralph reconoció como propia de Meggie.
– ¿Está tu padre, Dane?
– ¿Mi padre? -Las negras y bien dibujadas cejas se fruncieron-. No, no está. Nunca está aquí.
– Comprendo. ¿Está tu madre?
– Está en Gilly, pero no tardará en llegar. Mi abue-lita está en la casa. ¿Desea verla? Puedo acompañarle. -Los ojos azules como la flor del maíz le miraron fijamente, se abrieron más, volvieron a encogerse-. Ralph de Bricassart. Me suena este nombre. ¡Oh! ¡El cardenal De Bricassart! ¡Pido perdón a Su Eminencia! No quise ser grosero.
Aunque había trocado sus hábitos sacerdotales por unos pantalones de montar, una camisa blanca y unas botas, el anillo de rubí permanecía en su dedo, pues no debía separarse de él mientras viviese. Dane O'Neill hincó una rodilla, tomó la fina mano del cardenal Ralph entre las suyas, igualmente delicadas, y besó devotamente el anillo.
– Está bien, Dane. No he venido como cardenal De Bricassart. He venido como amigo de tu madre y de tu abuela.
– Lo siento, Eminencia; debí reconocer su nombre en cuanto lo oí. Aquí lo mencionan a menudo. Sólo que usted lo pronuncia de un modo algo diferente, y su nombre de pila me desorientó. Sé que mi madre se alegrará de verle.
– Dane, Dane, ¿dónde estás? -gritó una voz impaciente, muy grave y extrañamente ronca.
Las ramas del pimentero se separaron y apareció una niña de unos quince años, que se irguió en seguida. Él supo inmediatamente quién era, por aquellos ojos asombrosos. La hija de Meggie. Cubierta de pecas del tamaño de peniques, cara afilada facciones menudas, tan extrañamente distinta de Meggie.
– ¡Oh! Hola. Lo siento. No sabía que tuviésemos un visitante. Soy Justine O'Neill.
– ¡Jussy! ¡Es el cardenal De Bricassart! -dijo Dane, en un audible murmullo-. Bésale el anillo, ¡rápido!
Pasó un destello burlón por aquellos ojos que parecían ciegos.
– La religión te ha sorbido el seso, Dane -replicó ella, sin preocuparse de bajar la voz-. Besar un anillo es antihigiénico; no lo haré. Además, ¿cómo sabemos que es el cardenal De Bricassart? Más bien parece un ganadero de los viejos tiempos. Como el señor Gordon, ¿sabes?
– ¡Es él, es él! -insistió Dane-. Sé buena, por favor. ¡Hazlo por mí!
– Seré buena, sólo por ti. Pero no besaré su anillo, ni siquiera por ti. Me repugna. ¿Cómo puedo saber quién fue el último en besarlo? Tal vez estaba resfriado.
– No tienes que besar mi anillo, Justine. Estoy aquí de vacaciones; en este momento no soy cardenal.
– Me alegro, porque, si he de serle franca, yo soy atea -declaró tranquilamente la hija de Meggie Cleary-. Después de cuatro años en Kincoppal, creo que todo esto son monsergas.
– Puedes pensar lo que quieras -dijo el cardenal Ralph, tratando desesperadamente de parecer tan digno y serio como ella-. ¿Puedo ver a vuestra abuela?
– Desde luego. ¿Quiere que le acompañemos?
– No, gracias. Conozco el camino.
– Bien. -Se volvió a su hermano, que seguía mirando boquiabierto al visitante-. Vamos, Dane, ayúdame. ¡Vamos!
Pero, aunque Justine tiraba dolorosamente de su brazo, Dane siguió observando la alta y recta figura del cardenal Ralph, hasta que desapareció detrás de los rosales.
– Realmente, eres un tonto, Dane. ¿Qué ves de particular en él?
– ¡Es un cardenal! -dijo Dane-. ¡Imagínate! ¡Un cardenal de carne y hueso en Drogheda!
– Los cardenales -dijo Justine- son príncipes de la Iglesia. Supongo que tienes razón; esto es bastante extraordinario. Pero ese hombre no me gusta.
¿Dónde podía estar Fee, si no en su escritorio? Él entró en el salón por uno de los balcones de la galería, después de abrir una de las rejas metálicas. Ella debió de oírle, pero siguió trabajando, doblada la espalda; sus adorables cabellos rubios aparecían ahora plateados. Él calculó, esforzándose un poco, que no debía tener menos de setenta y dos años.
– Hola, Fee -dijo.
Cuando ella levantó la cabeza, él advirtió un cambio en la mujer, aunque no habría podido decir de qué naturaleza; conservaba su eterna indiferencia, pero había algo más. Como si se hubiese ablandado y endurecido al mismo tiempo, como si se hubiera hecho más humana, pero humana al estilo de Mary Carson. ¡Señor! ¡Esas matronas de Drogheda! ¿Le ocurriría lo mismo a Meggie, cuando le llegase el turno?