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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– Hola, Ralph -dijo ella, como si le viese entrar por el balcón todos los días-. Me alegro de verle.

– Yo también de verla a usted.

– No sabía que estuviese en Australia.

– Nadie lo sabe. Tengo unas semanas de vacaciones.

– Supongo que se quedará con nosotros, ¿no?

– ¿Adonde iría, si no? -Recorrió con la mirada las magníficas paredes y la detuvo en el retrato de Mary Carson-. Tiene usted un gusto exquisito, Fee, un gusto impecable. Esta habitación puede equipararse a cualquiera de las del Vaticano. Esas formas negras, combinadas con las rosas, son francamente geniales.

– Bueno, ¡gracias! Hacemos lo que podemos. Personalmente, yo prefiero el comedor; lo decoré de nuevo, desde la última vez que estuvo usted aquí. Rosa, blanco y verde. Parece horrible, pero espere a verlo: Aunque no sé por qué lo hago. La casa es suya, ¿no?

– No, mientras viva un Cleary, Fee -declaró él, con voz pausada.

– Es un consuelo. Bueno, veo que ha ascendido mucho en el mundo desde sus tiempos de Gilly, ¿eh? ¿Leyó el artículo del Herald sobre su ascenso?

Él dio un respingo.

– Sí. Su lengua es ahora más afilada, Fee.

– Sí, y le diré más: me gusta. ¡Tantos años callada, sin decir una palabra! No sabía lo que me perdía. -Sonrió-. Meggie esta en Gilly, pero volverá pronto.

Dane y Justine entraron por el balcón.

– Abuelita, ¿podemos ir a caballo hasta el pozo?

– Ya conocéis las reglas. Nada de montar a caballo sin permiso expreso de vuestra madre. Lo siento, pero son sus órdenes. ¿Y qué modales son ésos? Venid y os presentaré a nuestro visitante.

– Ya nos conocemos -dijo Ralph.

– ¡Ah!

– Yo pensaba que estarías en el pensionado -dijo, sonriendo, a Dane.

– No en diciembre, Eminencia. Tenemos dos meses de vacaciones en verano.

Habían pasado demasiados años; había olvidado que, en el Hemisferio austral, los niños disfrutaban de las vacaciones de verano en los meses de diciembre y enero.

– ¿Se quedará mucho tiempo aquí, Eminencia? -preguntó Dane, todavía fascinado.

– Su Eminencia estará con nosotros el mayor tiempo que le sea posible, Dane -contestó su abuela-,' pero creo que le parecerá un poco fastidioso que le llaméis siempre Eminencia. ¿Cómo podríais llamarle? ¿Tío Ralph?

– ¡Tío! -exclamó Justine-. Ya sabes que «tío» va contra las normas de la familia, abuelita. Nuestros tíos son Bob, Jack, Hughie, Jims y Patsy. Le llamaremos Ralph.

– ¡No seas grosera, Justine! ¿Dónde has dejado tus buenos modales? -dijo Fee.

– No, Fee; así está bien. En realidad, prefiero que todos me llamen simplemente Ralph -declaró rápidamente el cardenal.

«¿Por qué le seré tan antipático a ese bicho raro?», pensó.

– ¡Yo no podría hacerlo! -jadeó Dane-. ¡No podría llamerle Ralph!

El cardenal Ralph cruzó la estancia, asió al niño de los hombros y le sonrió, dulces y vividos sus ojos azules en la sombra de la estancia.

– Claro que puedes hacerlo, Dane. No es un pecado.

– Vamos, Dane, volvamos a la choza del jardín -ordenó Justine.

El cardenal Ralph y su hijo se volvieron a Fee, mirándola al mismo tiempo.

– ¡Válgame Dios! -dijo Fee-. Vamos Dane, sal al jardín a jugar, ¿quieres? -Dio unas palmadas-. ¡Rápido!

El chico salió corriendo, y Fee volvió a sus libros. El cardenal Ralph se compadeció de ella y dijo que iba a echar un vistazo a la cocina. ¡Qué poco había cambiado ésta! Todavía alumbrada con lámparas de petróleo. Todavía oliendo a cera y a grandes ramos de rosas.

Permaneció largo rato hablando con la señora Smith y las doncellas. Habían envejecido mucho desde que él se había marchado; pero, por alguna razón, los años les sentaban mejor que a Fee. Eran felices. Sí; casi perfectamente felices. En cambio, la pobre Fee no era feliz. Esto le hacía arder en deseos de ver a Meggie, para saber si ésta lo era.

Pero, cuando salió de la cocina, Meggie no había regresado aún, y, para matar el tiempo, fue a dar un paseo hasta el torrente. ¡Qué paz reinaba en el cementerio! Había seis placas de bronce en la pared del mausoleo; las mismas de la última vez. Debía ordenar que le enterrasen aquí; cuando volviese a Roma, daría instrucciones en este sentido. Advirtió que cerca del mausoleo había dos tumbas nuevas, la del viejo Tom, el jardinero, y la de la esposa de uno de los ganaderos, que estaba en nómina desde 1946. Debía de ser una especie de récord. La señora Smith pensaba que seguía en la finca precisamente porque su esposo yacía aquí. La sombrilla ancestral del cocinero chino estaba completamente descolorida por tantos años de sol ardiente; había perdido su primitivo rojo imperial y pasado, a través de varios matices que él recordaba aún, a su color actual rosado y blanquecino, casi de cenizas de rosas. Meggie, Meggie. Volviste a él, le diste un hijo.

Hacía mucho calor; se levantó un vientecillo que agitó las ramas de los sauces llorones cerca del torrente e hizo que las campanillas de la sombrilla del cocinero chino desgranasen su triste tonadilla: Hi Sing, Hi Sing, Hi Sing. Charlie Fue Un Buen Mucha cho. También esto se había borrado y era casi totalmente indescifrable. Bueno, así debía de ser. Las tumbas deberían hundirse en el seno de la madre tierra, perder su carga humana con el paso del tiempo, hasta que todo hubiese desaparecido y sólo el aire lo recordase, suspirando. No quería que le enterrasen en la cripta del Vaticano, entre hombres como él mismo Aquí, entre gente que había vivido de veras.

Ai volverse, sus ojos captaron la mirada glauca del ángel de mármol. Alzó una mano, le saludó, y miró sobre a hierba en dirección a la mansión. Ella venía: Meggie. Esbelta, nimbada de oro, vistiendo pantalones y camisa blanca de hombre, como la suya propia, y sombrero de fieltro masculino echado atrás en la cabeza, y botas de montar. Como un muchacho, como su hijo, que hubiese debido ser hijo de él. Él era hombre, pero, cuando yaciese aquí también, no quedaría nada para atestiguarlo.

Ella se acercó, saltó la valla blanca, se aproximó tanto que él sólo pudo ver sus ojos, aquellos ojos grises y llenos de luz que no habían perdido su belleza ni su poder sobre su corazón.

– Meggie, Meggie -dijo él, hundiendo la cara en sus cabellos, mientras el sombrero de fieltro rodaba por el suelo.

– Nada importa, ¿verdad? -dijo ella, con los ojos cerrados-. Nada cambia jamás.

– No; nada cambia -dijo él, creyéndolo de veras.

– Esto es Drogheda, Ralph. Te lo advertí: en Drogheda eres mío, no de Dios.

– Lo sé. Lo confieso. Pero he venido. -Se sentaron en la hierba-. ¿Por qué, Meggie?

– Por qué, ¿qué? -dijo ella, pasando la mano por sus cabellos, ahora más blancos que los de Fee, pero todavía tupidos, todavía hermosos.

– ¿Por qué volviste a Luke? Tuviste un hijo con él.

El alma de ella se apartó de sus ventanas grises, velando sus pensamientos.

– Él me obligó -dijo, pausadamente-. Fue sólo una vez. Pero tuve a Dane, y por esto no lo siento. Dane valía todo lo que pasé para tenerlo.

– Lo siento; no tenía derecho a preguntártelo. Fui yo quien te entregó a Luke, ¿no es cierto?

– Sí, es verdad.

– Es un niño maravilloso. ¿Se parece a Luke?

Ella sonrió para sus adentros.

– En realidad, no. Ninguno de mis hijos se parece a Luke ni a mí.

– Les quiero porque son tuyos.

– Sigues tan sentimental como siempre. Los años te sientan bien, Ralph. Sabía, tenía la esperanza de que podría verlo. ¡Treinta años que te conozco! Parecen treinta días.

– ¿Treinta años? ¿Tantos?

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