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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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El Sydney Morning Herald del cuatro de agosto de 1952 era muy interesante. Raras veces llevaba en primera página más de una fotografía, generalmente de tamaño mediano y colocada arriba, ilustrando el artículo de actualidad. Aquel día, la foto era un magnífico retrato de Ralph de Bricassart.

Su ilustrísima el arzobispo Ralph de Bricassart, en la actualidad ayudante del secretario de Estado de la Santa Sede, ha sido hoy nombrado cardenal por Su Santidad el Papa Pío XII.

Ralph Raoul, cardenal De Bricassart, tuvo una larga y eficaz actuación como miembro de la Iglesia católica romana en Australia, desde su llegada como simple sacerdote en julio de 1919, hasta su partida con destino al Vaticano en marzo de 1938.

Nacido el veintitrés de setiembre de 1893, en la República de Irlanda, el caxdenal De Bricassart era hijo segundo de una familia cuya estirpe se remonta al barón Ranulf de Bricassart, que llegó a Inglaterra con el séquito de Guillermo el Conquistador. Siguiendo la tradición, abrazó la carrera eclesiástica. Ingresó en el seminario a los diecisiete años y, después de su ordenación, fue enviado a Australia. Pasó los primeros meses al servicio del hoy difunto obispo Michael Clabby, en la diócesis de Winne-murra.

En 1920, fue trasladado a Gillanbone, para desempeñar funciones de párroco, y allí permaneció hasta diciembre de 1928. Después, fue secretario particular de Su Ilustrísima el arzobispo Cluny Dark y, posteriormente, secretario particular del entonces arzobispo legado pontificio, Su Eminencia el cardenal Di Contini-Ver-chese. Durante este tiempo, fue nombrado obispo. Cuando el cardenal Di Contini-Verchese fue trasladado a Roma, donde iniciaría su notable carrera en el Vaticano, el obispo De Bricassart fue nombrado arzobispo y regresó a Australia desde Atenas, esta vez como legado pontificio. Desempeñó esta importante misión vaticana hasta su traslado a Roma en 1938, desde entonces, su ascensión en la jerarquía central de la Iglesia católica romana ha sido espectacular. Actualmente cuenta cincuenta y ocho años y se rumorea que es una de las pocas personas que interviene activamente en la determinación de la política papal.

Ayer, un corresponsal del Sydney Morning Herald habló con algunos ex feligreses del cardenal De Bricassart en la zona de Gillanbone. Le recuerdan muy bien y con mucho cariño. Este rico distrito ganadero es predominantemente católico romano en el aspecto religioso.

«El padre De Bricassart fundó la Sociedad Bibliográfica de La Santa Cruz -dijo el señor Harry Gough, alcalde de Gillanbone-. Fue, sobre todo en aquella época, una obra muy notable, espléndidamente subvencionada, primero, por la señora Mary Carson y, al morir ésta, por el propio cardenal, que nunca se ha olvidado de nosotros ni de nuestras necesidades.»

«El padre De Bricassart era el hombre más apuesto que vi en mi vida -dijo la señora Fio-na Cleary, actual administradora de Drogheda, una de las más grandes y prósperas haciendas de Nueva Gales del Sur-. Durante el tiempo que estuvo en Gilly, prestó una gran ayuda espiritual a sus feligreses, y en particular a los de Drogheda, que, como debe usted saber, pertenece ahora a la Iglesia católica. Durante las inundaciones, nos ayudó a trasladar el ganado; durante los incendios, vino a ayudarnos, aunque fuese sólo para enterrar los muertos. En realidad, era un hombre extraordinario en todos los sentidos, y poseía un atractivo inigualable. Ya entonces se veía que haría grandes cosas. Claro que le recordamos, aunque han pasado más de veinte años desde que nos dejó. Sí, creo poder afirmar que todavía hay personas en la demarcación de Gilly que le echan muy en falta.»

Durante la guerra, el entonces arzobispo De Bricassart sirvió leal e infatigablemente a Su Santidad, y se dice que su influencia fue decisiva cuando el mariscal de campo Albert Kes-selring resolvió declarar a Roma ciudad abierta, al convertirse Italia en enemiga de los alemanes. Florencia, que había pedido en vano el mismo privilegio, perdió muchos de sus tesoros, aunque pudo recuperarlos después, porque Alemania perdió la guerra. En el período inmediato a la terminación de la guerra, el cardenal De Bricassart ayudó a miles de personas desplazadas a encontrar asilo en nuevos países, y contribuyó eficazmente al programa de inmigración australiano.

Si bien es irlandés de nacimiento y aunque parece que no intervendrá en Australia como cardenal De Bricassart, creernos que, en gran medida, Australia puede reivindicar como hijo suyo a este hombre extraordinario.

Meggie devolvió el periódico a Fee y sonrió tristemente a su madre.

– Hay que felicitarle, como dije yo al reportero del Herald. Esto no lo pusieron, ¿verdad? En cambio, transcribieron tu pequeño panegírico casi al pie de la letra, según veo. ¡Qué lengua tan afilada tienes! Al menos, ahora sé de dónde le viene a Justine. Me pregunto cuántas personas serán lo bastante listas para leer entre líneas de tus declaraciones.

– En todo caso, él lo hará, si lo lee.

– ¿Crees que nos recuerda todavía? -suspiró Meggie.

– Esto es indudable. A fin de cuentas, aún encuentra tiempo para cuidar personalmente de la administración de Drogheda. Claro que se acuerda de nosotros, Meggie. ¿Cómo puede olvidar?

– Es verdad; yo no había pensado en Drogheda. Y aquí hemos llegado a la cumbre, ¿no? Debe de estar muy complacido. Con nuestra lana a una libra en las subastas, ¡as cuentas de la lana deben de ser este año mucho mejores que las de las minas de oro. Ya se habla del Vellocino de Oro. Más de cuatro millones de libras, sólo por afeitar nuestras ovejas.

– No seas cínica, Meggie, pues no te cae bien -dijo Fee, cuya actitud para con Meggie parecía haberse suavizado aquellos días con cierto matiz de afecto y de respeto-. A nosotros no nos ha ido mal, ¿verdad? No olvides que recibimos nuestro dinero todos los años, sean éstos buenos o malos. ¿Acaso no paga cien mil libras a Bob, en concepto de bonificación, y cincuenta mil a cada uno de los demás? Si mañana nos echase de Drogheda, podríamos comprar Bugela, incluso a los elevados precios de hoy en día. ¿Y cuánto les ha dado a tus hijos? Miles y miles. Debes de ser justa con él.

– Pero mis hijos no lo saben, y nunca lo sabrán. Dane y Justiné pensarán que tienen que abrirse camino en la vida, sin contar con el querido Ralph Raoul, cardenal De Bricassart. ¡Mira que llamarse Raoul de segundo nombre! Muy normando, ¿verdad?

Fee se levantó, se acercó al fuego y arrojó la primera página del Heráld a las llamas. Ralph Raoul, cardenal De Bricassart, se estremeció, le hizo un guiño, y desapareció.

– ¿Qué harás si él vuelve, Meggie?

Meggie frunció la nariz.

– ¡No es probable!

– Pero es posible -dijo Fee, enigmáticamente.

Y volvió, en diciembre. Sin ruido, sin que nadie lo supiese, conduciendo un «Aston Martin» deportivo desde Sydney. Ni una palabra de su presencia en Australia había llegado a oídos de la Prensa; por consiguiente, nadie sospechaba en Drogheda su llegada. Cuando el coche se detuvo en la zona enarenada al lado de la casa, no había nadie por allí, y, por lo visto, no le habían oído llegar, pues nadie salió a la galería.

Había sentido las millas del trayecto desde Gilly en todas las células de su cuerpo, aspirado los olores de los matojos, de los corderos, de la hierba seca centelleando inquieta bajo el sol. Canguros y emús, galahs y goannas, millones de insectos volando y zumbando, hormigas que marchaban en columnas de a tres a través de la carretera, gordos corderos por todas partes. Le gustaba esto, porque, de un modo curioso, coincidía con lo que apreciaba en todas las cosas; los años parecían haber cambiado poco todo esto.

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