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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Los cartuchos estaban sujetos con presillas en el bolsillo de su chaqueta.

Maureen pensó que había dos personas en su mundo de ahora con las que se había acostado, y que ambas eran desconocidas. George no contaba en realidad. Lo que uno hace a los quince años no cuenta. Fue una unión apresurada, frenética, en aquella misma colina, no muy lejos de donde estaba ahora, y ambos temían tanto lo que habían hecho que nunca volvieron a hablar de ello. Luego actuaron como si nunca hubiera sucedido. Aquello no contaba.

Y luego había sido aquel hombre, aquel desconocido. Dos extraños. Los demás habían muerto. Johnny Baker debía haber fallecido, y su ex marido también. Y... no había muchos más en el inventario. Personas a las que había querido un año, una semana, una noche incluso. No eran muchas, y todas vivían en Washington. Todas estarían muertas.

Hay seres que son fuertes en una situación de crisis. Maureen pensó que Harvey Randall era uno de ellos. Y, sin quererlo realmente, le confesó su debilidad:

—Harvey, estoy muy asustada.

Esperaba que él le dijera algo consolador, que la tranquilizara, modo que lo haría George. Sería una mentira, pero...

No había esperado la risa histérica de Harvey. Le miró asombrada mientras él lanzaba salvajes risotadas.

—Tienes miedo —dijo con voz ahogada por la risa—. ¡Dios de los cielos, no has visto nada para tener miedo! —Su risa había desaparecido y ahora hablaba a gritos—. ¿Sabes cómo están las cosas fuera de aquí? No puedes saberlo. No has estado fuera de este valle. —Harvey se esforzaba visiblemente por dominarse, y ella le miraba fascinada. Finalmente, recobró la calma y volvió a ser el hombre desconocido de momentos antes, como si nada hubiera ocurrido—. Lo siento. —Las palabras eran convencionales, pero el tono de su voz era de auténtica disculpa.

Ella seguía mirándole sorprendida.

—¿Tú también, Harvey? ¿Así que todo esto no es más que una representación? Toda esta calma varonil, esta...

—¿Y qué esperabas? —le preguntó él—. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Lo siento de veras. No quería perder los nervios de esa manera.

—No te preocupes.

—Claro que me preocupo. Tenemos que seguir adelante, procurando actuar de un modo racional. Si uno de nosotros pierde la calma, hace que las cosas sean mucho más difíciles para los demás. Eso es lo que siento. Puede que esa calma sea aparente, que la procesión vaya por dentro, pero no debía habértelo mostrado. Así no hago más que dificultarte las cosas...

—No, Harvey, no creas que reprimir lo que uno siente facilita las cosas a los demás. A veces es necesario... a veces uno tiene que confesar lo que siente. —Permanecieron un momento en silencio, escuchando el ruido del viento y la lluvia, y el fragor de los truenos en las montañas—. Tenemos que intercambiar nuestras emociones —dijo al fin Maureen—. Tú me dices lo que sientes y yo te lo diré también.

—¿Crees que eso es prudente? —preguntó él—. Mira, no be olvidado la última vez que nos encontramos en esta colina.

—Yo tampoco —dijo ella con un hilo de voz. Le pareció que él estaba a punto de moverse, de levantarse, y habló con rapidez—. A veces me dan ganas de arrojarme al vacío y poner fin a todo, porque aún no sé cómo enfrentarme a esto.

El permaneció sentado; tal vez no había tenido intención de incorporarse.

—Cuéntame lo que sientes —le pidió.

—No. —Maureen no podía verle bien el rostro, cubierto por una barba de varios días, y la luz que llegaba al refugio era muy débil. De vez en cuando un relámpago restallaba cerca de allí y producía un resplandor brillante, de un verde espectral a causa del color de las bolsas de plástico, pero aquella luz cegaba a Maureen un instante y seguía sin poder ver la expresión de Harvey—. No puedo —confesó—. Para mí es horrible, pero te parecería trivial...

—¿Y qué importa si me lo parece?

—Esa gente tiene esperanzas —dijo ella—. Vienen a casa, o yo voy a la suya, y creen que podemos salvarlos, que yo puedo hacerlo. Algunos se han vuelto locos. Hay un chico en el pueblo, el hijo del alcalde Seltz. Tiene quince años y deambula desnudo bajo la lluvia, hasta que su madre le hace volver a casa. Hay cinco mujeres cuyos maridos se fueron de caza y que nunca volverán. Hay viejos, niños y gente de la ciudad, y todos esperan un milagro de nosotros... Yo no puedo hacer ningún milagro, Harvey, pero he de fingir que sí.

No le contó el resto, no le habló de su hermana Charlotte, sentada en su habitación y mirando fijamente la pared, la cual sólo volvía a la vida y gritaba si no podía ver a sus hijos. No le habló de Gina, la mujer negra de la oficina de correos, que se rompió una pierna y estuvo tendida en una zanja hasta que alguien la encontró, y que murió de gangrena gaseosa sin que nadie pudiera hacer algo por ella. No le habló de los tres niños enfermos de tifus a los que nadie podía salvar, ni de los que se habían vuelto locos.

—No puedo seguir dando a la gente falsas esperanzas —dijo al fin.

—Tienes que hacerlo. Es lo más importante del mundo.

—¿Por qué?

A él pareció sorprenderle la pregunta.

—No hay nada más importante, porque somos pocos los supervivientes.

—Si la vida no era importante antes, ¿por qué debe serlo ahora?

—Lo es.

—No. ¿Qué diferencia hay entre llevar una vida sin sentido en Washington o aquí? Nada de eso tiene el menor significado.

—Lo tiene para los demás, los que quieren tus milagros.

—Yo no puedo hacer milagros. ¿Por qué es importante que otras personas dependan de uno? ¿Por qué eso ha de hacer que mi vida sea digna de ser vivida?

—A veces eso es lo único que tiene algún valor —dijo él en un tono muy grave—. Luego encontrarás otras cosas, muchas más. Pero ante todo cumples con una tarea que hasta ahora no habías asumido, la de cuidar de los demás. Luego, al cabo de un tiempo, te das cuenta de que vivir es importante. —Soltó una risa triste—. Lo sé por experiencia, Maureen.

—Cuéntame.

—¿Quieres saberlo de veras?

—No lo sé. Sí, quiero saberlo.

—De acuerdo.

Harvey le contó todo lo que le había sucedido. Le habló de los preparativos que había hecho antes de la caída del cometa, de sus disputas con Loretta, de las dudas que tuvo y su sentimiento de culpabilidad por la breve aventura con Maureen, no tanto por que se hubiera acostado con ella, sino por lo que había pensado después de ella, comparándola con su mujer, y cómo eso había afectado su relación con Loretta.

Maureen le escuchaba atentamente, pero no alcanzaba a comprenderle realmente.

—Y finalmente estamos aquí —dijo Harvey—, a salvo. Maureen, no puedes saber cómo es esa sensación: saber que vivirás una hora más, que dispondrás de una hora entera cuando no quieres ver a alguien que amas roto como una muñeca de trapo abandonada. No espero que me comprendas realmente, pero has de saber una cosa. Lo que tu padre está haciendo en este valle es lo más importante del mundo. Es inapreciable, y vale la pena hacer lo que sea para mantenerlo. Saber... saber que alguien, en alguna parte, tiene esperanzas, que puede sentirse seguro.

—¡No! Ese es el verdadero horror. ¡Es una esperanza falsa! ¡Es el fin del mundo, Harvey! El maldito mundo ha sido despanzurrado y estamos prometiendo algo que no existe, que no ocurrirá.

—Es cierto —reconoció él—. A veces lo pienso también. Ya sabes que Eileen también está aquí. Por ella hemos sabido lo que sucede.

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