El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Barbara solo oyó a medias sus comentarios finales. Estaba paralizada por las anteriores palabras de la anciana.
– Señora Baden -dijo poco a poco, respirando con parsimonia, como si hacerlo con excesiva energía espantara los hechos que creía estar a punto de obtener de la mujer-, ¿me está diciendo que Terry Cole le regaló una partitura?
– Desde luego, querida. Pero creo que ya lo mencioné el otro día, cuando estuvo aquí. Terry era un chico encantador. Un buen chico. Siempre que le necesitaba, se prestaba a hacerme trabajitos. Le encantaba lavar las ventanas y quitar el polvo a las alfombras. Al menos, eso decía siempre. -La anciana sonrió.
Barbara desvió a la mujer de sus alfombras y volvió al tema que le interesaba.
– Señora Baden, ¿todavía conserva esa partitura? -preguntó.
– Pues claro que sí. La tengo aquí.
Lynley ordenó que trasladaran a Martin Reeve a una de las salas de interrogatorio del Yard. Se había negado a hablar con él por teléfono cuando el agente Steve Budde, del grupo encargado del registro, había llamado al Yard desde la casa del macarra para comunicar la oferta de Reeve de hacer un trato. Reeve, dijo Budde, deseaba ofrecer información que quizá fuera valiosa para la policía a cambio de la oportunidad de emigrar a Melbourne, una ciudad a la que, por lo visto, Reeve estaba ansioso por mudarse. ¿Qué quería el inspector Lynley que hiciera? Scotland Yard, dijo Lynley, no hacía tratos con asesinos. Dijo a Budde que transmitiera este mensaje y trajera al macarra.
Tal como Lynley esperaba, Reeve llegó sin su abogado. Estaba demacrado, sin afeitar, vestido con tejanos y una camisa hawaiana, abierta sobre su pálido pecho, donde se veía un rastro sanguinolento de uñas reciente.
– Llame a sus gorilas -dijo Reeve sin más preámbulos cuando Lynley entró-. Estos palurdos -indicó con la cabeza a Budde- están destrozando mi casa. Quiero que se vayan, de lo contrario no colaboraré.
Lynley indicó a Budde que se sentara en una silla apoyada contra la pared, desde la cual asumió una posición de vigilancia. El agente era del tamaño de Big Foot y la silla metálica crujió bajo su peso.
Lynley y Reeve se sentaron a la mesa.
– No está en posición de exigir nada, señor Reeve -dijo Lynley.
– Una mierda. Lo estoy, si quiere información. Saque a esos capullos de mi casa, Lynley.
En respuesta, Lynley puso una casete virgen en la grabadora, pulsó el rec y dijo la fecha, la hora y el nombre de todos los presentes. Enumeró sus derechos a Reeve.
– ¿Renuncia a su derecho a un abogado?
– Caramba, ¿qué es esto? ¿Quieren la verdad o un zapateado?
– Haga el favor de contestar.
– No necesito un abogado para lo que he venido aquí.
– El sospechoso renuncia a su derecho de representación legal -dijo Lynley a efectos de la grabación-. Señor Reeve, ¿conocía a Nicola Maiden?
– Vayamos al grano, ¿vale? Ya sabe que la conocía. Sabe que trabajó para mí. Ella y Vi Nevin se marcharon la primavera pasada, y no las he visto desde entonces. Fin de la historia. Pero no he venido para hablar…
– ¿Cuánto tiempo pasó entre su marcha y el momento en que Shelly Platt le informó de que Nicola Maiden y Vi Nevin se habían establecido por su cuenta en el mundo de la prostitución?
Reeve entornó los ojos.
– ¿Quién? ¿Shelly qué?
– Shelly Platt. No puede negar que la conoce. Según mi agente en el hospital, ella le reconoció esta mañana en cuanto le vio.
– Mucha gente me reconoce. Me muevo mucho. Tricia también. Nuestras caras deben de aparecer en los periódicos una vez a la semana.
– Shelly Platt afirma que le informó acerca del negocio que habían montado las dos chicas. No creo que le hiciera mucha gracia. No debió de aumentar su prestigio de hombre que controla el cotarro.
– Escuche, si una puta quiere montárselo sola, me importa una mierda, ¿vale? Pronto descubren la cantidad de trabajo y dinero que se necesitan para atraer clientes del calibre al que están acostumbradas. Así que vuelven al redil, y si tienen suerte y estoy de humor, las acojo de nuevo. Sucedió antes y volverá a suceder. Sabía que les pasaría eso a Nicola y Vi si tenía paciencia.
– ¿Y si no regresaban? ¿Y si tenían más éxito del que usted suponía? ¿Qué haría en ese caso? ¿Qué puede hacer usted para impedir que las demás chicas prueben suerte como independientes?
Reeve se reclinó en la silla.
– ¿Hemos venido a hablar de folleteo, o quiere respuestas directas a las preguntas de anoche? Usted elige, inspector, pero dese prisa. No tengo tiempo para estar aquí pelando la pava con usted.
– Señor Reeve, no está en posición de negociar. Una de sus chicas ha muerto. La otra, su socia, ha recibido una paliza y la dejaron por muerta. O se trata de una notable coincidencia, o ambos acontecimientos están relacionados por alguna especie de vínculo. Ese vínculo parece ser usted y la decisión de abandonarle que tomaron ellas.
– Con lo cual dejaron de ser mis chicas -dijo Reeve-. No estoy implicado.
– Quiere que creamos que una chica puede dejarle, instalarse por su cuenta y hacerle la competencia sin temor a represalias. Economía de libre mercado y que gane el mejor. ¿Es eso?
– Yo no lo habría dicho mejor.
– ¿Gana el mejor? ¿O la mejor, en este caso?
– Ésa es la primera regla de los negocios, inspector.
– Comprendo. Por tanto, no tendrá inconveniente en decirme dónde estuvo ayer, mientras atacaban a Vi Nevin.
– Se lo diré con mucho gusto, pues es mi parte del trato. En cuanto averigüe cuál es la suya.
Lynley estaba cansado de las maniobras del macarra.
– Póngale en el pliego de cargos -dijo a Budde-. Agresión y asesinato.
El agente se levantó.
– ¡Eh! ¡Espere un momento! He venido para hablar. Usted ofreció un trato a Tricia ayer. Yo lo reclamo hoy. Solo ha de ponerlo sobre la mesa para que los dos sepamos a qué atenernos.
– Las cosas no funcionan así.
Lynley se puso en pie.
Budde agarró al macarra del brazo.
– Vamos.
Reeve se soltó.
– A la mierda. ¿Quiere saber dónde estuve? De acuerdo, se lo diré.
Lynley volvió a sentarse. No había desconectado la grabadora y el macarra no se había dado cuenta debido a su agitación.
– Adelante.
Reeve esperó a que Budde regresara a su asiento.
– Póngale un collar a Rufus. No me gusta que me maltraten.
– Tomaremos nota.
Reeve se masajeó el brazo, como si estuviera pensando en la posibilidad de presentar una querella por brutalidad policial.
– De acuerdo -dijo-. Ayer no estuve en casa. Salí por la tarde y no volví hasta la noche. A las nueve o las diez.
– ¿Dónde estuvo?
Reeve tenía aspecto de estar calculando los perjuicios que se iba a infligir.
– Fui allí -dijo-. Lo admito. Pero no estuve cuando…
– ¿Fue a Fulham? -preguntó Lynley para la grabadora-. ¿A Rostrevor Road?
– Ella no estaba. Había intentado localizarlas todo el verano, a Vi y Nikki. Cuando aquellos dos polis, el negro y la foca de los dientes estropeados, vinieron a charlar conmigo el viernes, tuve la sensación de que podrían conducirme hasta Vi si jugaba mis cartas con habilidad. Hice que les siguieran. Volví al día siguiente. -Sonrió-. Algo así como dar la vuelta a la tortilla, ¿eh? Seguir a los polis en lugar de lo contrario.