Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Peso De La Culpa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
1 ... 118 119 120 121 122 123 124 125 126 ... 159
Перейти на страницу:

No. Solo quería ver las pinturas de ella, explicó Cilla. Todas. Cuando no encontró nada que le gustara, le preguntó si tenía más en otro sitio. Ella le había enviado al piso, después de telefonear a la señora Baden para que le dejara pasar cuando llegara. Fue al piso directamente y eligió uno de sus cuadros. Le envió el cheque por correo al día siguiente.

– Me dio lo que le pedí -dijo Cilla con orgullo-. Nada de regateos.

Y ese punto en concreto, que Matthew King-Ryder había logrado acceder a la madriguera de Terry Cole, por el motivo que fuera, espoleó a Barbara a pisar el acelerador mientras atravesaba Battersea de vuelta al piso de Cilla.

Ni siquiera pensó en lo que debería estar haciendo mientras aparcaba marcha atrás al final de Anhalt Road. Había conseguido la orden de registro, tal como le habían ordenado, y había utilizado la lista del turno de día para reunir un equipo. Incluso se había encontrado con ellos frente a Snappy Snaps, en Notting Hill Gate, y les había puesto al corriente de lo que el inspector quería que buscaran en casa de Martin Reeve. Solo omitió la información de que debía acompañarles. Fue fácil justificar esta omisión. El equipo reunido (dos de cuyos miembros eran boxeadores aficionados en sus ratos libres) podía poner patas arriba una casa e intimidar a sus moradores mucho mejor si no había una presencia femenina, que suavizara la amenaza implicada por sus físicos imponentes y su tendencia a comunicarse con monosílabos. Además, ¿no estaba matando dos pájaros de un tiro, o tres o cuatro tal vez, si enviaba a los agentes a Notting Hill para acojonar a los Reeve sin ella? Mientras hacían eso, ella aprovecharía el tiempo para ver qué información obtenía en Battersea. Delegación de responsabilidad y autorización de un agente con capacidad de liderazgo, llamó a la situación. Y erradicó de su mente a la desagradable vocecita que intentaba llamarla de otra manera.

Llamó al timbre de la señora Baden. El tenue sonido de un piano titubeante cesó con brusquedad. Las cortinas del mirador se apartaron unos centímetros.

– ¿Señora Baden? -llamó Barbara-. Soy Barbara Havers otra vez. DIC de New Scotland Yard.

Sonó el zumbido que abría la puerta. Barbara entró a toda prisa.

– Vaya por Dios -dijo la señora Baden -. No tenía ni idea de que los detectives trabajaban los domingos. Espero que le dé tiempo de ir a la iglesia.

Ella había asistido a los servicios matutinos, añadió la mujer sin esperar la respuesta de Barbara. Y después había asistido a una reunión de coadjutores, con el fin de manifestar su opinión sobre el tema de dedicar unas noches al bingo para recaudar fondos destinados a la reparación del tejado del presbiterio. Estaba a favor de la idea, aunque en general no aprobaba el juego. Claro que era jugar para Dios, lo cual era muy diferente del tipo de juego que llenaba los bolsillos seculares de los propietarios de casinos, que amasaban su fortuna a base de ofrecer juegos de azar a los avariciosos.

– Así que no puedo ofrecerle tarta, me temo -concluyó con pesar la señora Baden -. Me llevé el resto a la reunión de coadjutores de esta mañana. Es más agradable discutir ante una tarta y café que con los estómagos vacíos, ¿no cree? Sobre todo -sonrió de su propio ingenio-, cuando ya han empezado a rugir.

Barbara la miró sin comprender, pero al punto recordó su visita anterior.

– Ah, la tarta de limón. Supongo que tuvo éxito entre los coadjutores.

La mujer bajó la vista con timidez.

– Creo que es importante hacer una contribución cuando formas parte de la congregación. Antes de que empezaran estos espantosos temblores -alzó las manos, cuyos temblores le daban aspecto de víctima de fiebres palúdicas-, tocaba el órgano en los servicios. Los que más me gustaban eran los funerales, la verdad, pero nunca lo admití ante los coadjutores, por supuesto, no fuese que consideraran mis gustos algo macabros. Cuando empezaron los temblores, tuve que dejarlo. Ahora toco el piano para el coro de la escuela, donde da igual si me equivoco de nota de vez en cuando. Los niños lo perdonan todo. Pero supongo que la gente que va a los funerales tiene menos motivos para ser comprensiva, ¿verdad?

– Supongo que sí -dijo Barbara-. Señora Baden, acabo de ver a Cilla.

Explicó lo que la artista le había contado.

Mientras hablaba, la señora Baden se acercó al piano vertical, donde un metrónomo hacía tictac rítmicamente y un temporizador zumbaba. Detuvo el movimiento del metrónomo y desconectó el temporizador. Bajó la tapa del piano, ordenó varias hojas de partitura, las colocó en el atril y se sentó con las manos enlazadas, en actitud atenta. Enfrente del piano, al otro lado, los pinzones saltaban en su enorme jaula de una percha a otra. La señora Baden los contempló con afecto mientras Barbara proseguía.

– Oh, sí, ese caballero estuvo aquí, el señor King- Ryder -dijo la anciana cuando Barbara terminó-. Reconocí su nombre cuando se presentó, por supuesto. Le ofrecí una porción de tarta de chocolate, pero no aceptó, ni siquiera puso el pie en mi casa. Estaba muy impaciente por ver los cuadros.

– ¿Le dejó entrar en el piso? En el de Terry y Cilla, quiero decir.

– Cilla me telefoneó y dijo que un caballero se pasaría a ver los cuadros, y que le abriera la puerta y le dejara verlos. No me dijo su nombre, la muy tonta ni siquiera se lo había preguntado, ¿sabe usted?, pero como no es frecuente que coleccionistas de arte llamen a mi timbre y soliciten ver su obra, cuando apareció deduje que era él. En cualquier caso, no le dejé entrar en el piso solo. Al menos hasta que Cilla me dio permiso.

– ¿De modo que estuvo solo arriba, una vez Cilla le dio permiso? -Barbara se frotó las manos mentalmente. Estaba consiguiendo algo-. ¿Pidió estar a solas?

– Cuando le acompañé hasta el piso y vio la cantidad de cuadros que había, dijo que necesitaba tiempo para estudiarlos antes de decidirse por uno. Como coleccionista, quería…

– ¿Dijo que era un coleccionista, señora Baden?

– El arte era su pasión obsesiva, me dijo. Pero como no era un hombre rico, coleccionaba firmas desconocidas. Me acuerdo de eso porque habló de la gente que había comprado obras de Picasso antes de que Picasso fuera… bueno, antes de que Picasso fuera Picasso. «Se dejaron guiar por su fe, y dejaron el resto a la historia del arte», dijo. Reconoció que él hacía lo mismo.

Por lo tanto, la señora Baden le había dejado solo en el piso de arriba. Y durante más de una hora había contemplado las obras de Cilla Thompson, hasta que se decidió por una.

– Me la enseñó después de que cerrara la puerta y me devolviera la llave -dijo a Havers-. No puedo decir que comprendiera su elección, pero en fin… Yo no soy una coleccionista, ¿verdad? Aparte de mis pájaros, no colecciono nada.

– ¿Está segura de que estuvo ahí arriba durante una hora?

– Más de una hora. Hago mis prácticas de piano por las tardes. Hora y media cada día. No es que sirva de gran cosa, ahora que mis manos se encuentran en este estado, pero creo que igual hay que intentarlo. Había ajustado el metrónomo y el temporizador, cuando Cilla llamó para anunciar que el caballero venía. Decidí no empezar mis prácticas hasta que se marchara. Deploro las interrupciones… pero no se lo tome como algo personal, querida. Esta conversación es una excepción de la regla.

– Gracias. ¿Y…?

– Y cuando dijo que quería echar un buen vistazo a los cuadros, decidí continuar con mis prácticas. Llevaba en ello una hora y diez minutos, sin demasiado éxito, me temo, cuando él llamó a mi puerta por segunda vez. Sujetaba un cuadro debajo del brazo, y me pidió que le dijera a Cilla que iba a enviarle un cheque por correo. Oh, Dios mío. -La anciana se enderezó de repente, tocándose la garganta, rodeada por una cuádruple hilera de cuentas-. ¿No envió el cheque a Cilla, querida?

– Lo envió.

La mano cayó.

– Gracias a Dios. Me alegra mucho saberlo. Aquel día estaba muy preocupada por mi música, porque quería interpretar al menos una pieza para el querido Terry el fin de semana. Al fin y al cabo, había sido un regalo encantador. No era mi cumpleaños ni el día de la Madre, pero él apareció… No es que ese día esperara algo de un chico que no era mi hijo, pero era cariñoso y generoso, y creí que debía demostrarle lo mucho que agradecía su generosidad tocando algo para él. Pero mis prácticas no habían ido muy bien, porque mis ojos ya no son lo que eran y leer partituras escritas a mano es un problema. Así que estaba muy preocupada. No obstante, el joven, me refiero al señor King-Ryder, parecía sincero y decente, de modo que acepté su palabra de que enviaría el cheque. Y me alegra saber que cumplió.

1 ... 118 119 120 121 122 123 124 125 126 ... 159
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)