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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Harry le habló de los Sinanian y el rancho Chicken.

—Había montones de pollos, y me temo que se morirán de hambre o se los comerán los coyotes, así que podría servirse usted mismo. Yo sólo quiero unos cuantos. Había un gallo y espero que esté vivo. De lo contrario tendré que pedir uno prestado...

—¿Va a hacerse cargo de la granja? —preguntó Jellison.

Harry se estremeció.

—¡Oh, no, en absoluto! Pero me pareció que no estaría mal tener unos cuantos pollos alrededor.

—De modo que vuelve usted allí...

—Cuando termine la ruta —dijo Hardy—. Pararé en otros lugares durante el camino de regreso.

—¿Y luego, qué? —preguntó Jellison, aunque ya sabía la respuesta.

—A empezar de nuevo, naturalmente. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Exactamente lo que pensaba el senador.

—Señora Cox, ¿hay alguien que corra rápido y esté disponible?

—Mark —dijo ella, en tono reprobatorio. Aún no las tenía todas consigo con respecto a Mark.

—Mándele al pueblo para que averigüe lo ocurrido con esos turistas de Muchos Nombres. Tenían que haber venido a verme.

—De acuerdo —dijo ella, y salió murmurando algo.

Era preciso que los teléfonos volvieran a funcionar. La noche anterior su hija le habló de la posibilidad de montar un telégrafo. Había planos en uno de sus libros, y naturalmente todavía se podían utilizar los cables de las antiguas líneas telefónicas.

Después de dar el encargo a Mark, la señora Cox preparó el almuerzo. De momento tenían comida de sobras; restos de lo que enlataban, los últimos productos de la huerta, pero aquello no duraría mucho...

Harry había estado incluso fuera de los límites del valle. Siguió el recorrido de la carretera sobre el mapa.

—El rancho de Deke Wilson está en mi ruta —dijo a Jellison—. Está organizado más o menos como usted. Se encuentra a unos cincuenta kilómetros al sudoeste.

—¿Y cómo se las arregló para entrar de nuevo en el valle? —le preguntó Jellison.

—Por la carretera del condado.

—Está bloqueada.

—Oh, sí. El señor Christopher está allí.

—¿Y cómo diablos le dejó pasar? —Nada de lo que le dijera Harry sorprendería ahora a Jellison.

—Le saludé con la mano y él me devolvió el saludo —explicó Harry—. ¿No tenía que dejarme pasar?

—Claro que sí —dijo Jellison, aunque aquello le parecía la tanto absurdo—. ¿Le contó usted todo esto?

—Todavía no —dijo Harry—. Había otras personas tratando de hablar con él. Además, estaba armado y en compañía de cuatro tipos imponentes. No parecía el momento adecuado para tener una charla amigable.

Jellison se enteró también de la inundación. El relato de Harry confirmaba lo que el senador ya sabía, que el valle de San Joaquín se había convertido en un gran mar ulterior, con una profundidad de treinta metros o más en algunos lugares, y que el agua lamía los bordes de las colinas. Las plantaciones de almendros habían sido desgajadas por los huracanes. Había muertos y moribundos por todas partes. Era casi seguro que se declararía una epidemia de tifus si alguien no hacía algo, ¿pero qué?

En aquel momento, Mark entró en la sala.

—Sí, señor, la gente de Muchos Nombres estuvo aquí ayer. Trataron de comprar comida, pero no se llevaron gran cosa. Supongo que habrán vuelto a su casa.

—Si es así, se morirán de hambre —comentó Harry.

—Invítales a la reunión en el pueblo —dijo Jellison—. Tienen tierras...

—Pero no tienen ni idea del trabajo agrícola —dijo Harry—. Se me olvidó decírselo. Esa gente está deseosa de trabajar, pero no saben qué están haciendo.

Arthur Jellison tomó otra nota. Lo que Harry contaba llenaba muchas lagunas de información.

—Y dice usted que Deke Wilson se ha organizado.

Aquello era también una noticia, y de una zona exterior al valle. Jellison decidió enviar a Al Hardy para que se entrevistara con Wilson. Era mejor estar en buenas relaciones con los vecinos. Mark podría llevar a Hardy en la moto.

Había muchas otras cosas que hacer. En lo más profundo de su ser, Arthur Jellison estaba cansado como jamás lo había estado en Washington. Pensó que tendría que tomarse las cosas con calma.

Kilómetros cúbicos de agua se han evaporado, y las nubes preñadas de lluvia envuelven la Tierra. Frentes fríos se forman en la base del Himalaya y tormentas de lluvia se abaten sobre la India nororiental, el norte de Birmania y las provincias chinas de Yunan y Sezuán. Los grandes ríos del Asia oriental, él Brahmaputra, el Irrawaddy, el Salween, el Mekong, el Yangtze y el Amarillo, tienen todos su origen en las laderas del Himalaya. Las inundaciones se extienden por los fértiles valles de Asia, y las lluvias siguen cayendo en las tierras altas. Las presas se rompen y las aguas se precipitan y avanzan hasta encontrarse finalmente con las revueltas aguas saladas impulsadas tierra adentro por las grandes olas y los tifones.

Mientras llueve en toda la Tierra, surge más vapor de los mares calientes, en tos puntos donde han chocado fragmentos del cometa. El agua no se eleva sola, sino acompañada de sal, tierra, polvo de roca y elementos evaporados de la corteza terrestre. Los volcanes lanzan más miles de millones de toneladas de humo y polvo que se elevan hacia la estratosfera.

A medida que el cometa Hamner-Brown se retira hacia el espacio profundo, la Tierra parece una perla brillante con ardientes puntos luminosos. El albedo terrestre ha cambiado. El calor y la luz del sol son reflejados en mayor medida hacia el espacio, alejándose de la Tierra. El cometa ha pasado, pero sus efectos permanecen. Algunos de ellos son temporales, como los maremotos que se originan todavía en las cuencas oceánicas, algunos de ellos en su tercer viaje; huracanes y tifones que azotan tierra y mar; las tormentas de lluvia que envuelven todo el planeta.

Otros efectos son más permanentes. En el Ártico, el agua cae en forma de nieve que no se fundirá en cientos de años.

Cuarta parte

TRAS EL DÍA DEL FIN DEL MUNDO

He aquí que vi un caballo blanco, y el que iba sentado en él tenía un arco, y le fue dada una corona y salió a completar su victoria.

Salió otro caballo rojo como el fuego, y al que iba sentado en él se le concedió quitar de la tierra la paz para que se mataran atrozmente los unos a los otros, y le fue dada ana gran espada.

Una revelación a San Juan.

PRIMERA SEMANA: LA PRINCESA

Dudar de todo o creer en todo son dos soluciones igualmente convenientes; ambas ahorran la necesidad de la reflexión.

H. Poincaré.

Maureen Jellison se detuvo en la cresta de la colina. Estaba empapada por la lluvia cálida. Los relámpagos brillaban en lo alto de las montañas. Maureen se acercó a la profunda grieta en la prominencia granítica. La superficie estaba resbaladiza. Sonrió al pensar en que su padre le había dicho que no subiera allí sola incluso antes de que ocurriera...

Le era difícil terminar aquel pensamiento. No sabía cómo nombrar a lo que había sucedido. El fin del mundo parecía trivial, y ni siquiera era cierto, al menos de momento. El mundo no había llegado a su fin en el rancho al que ahora llamaban la Fortaleza. Maureen no podía ver el valle allá abajo, oculto por la cortina de lluvia, pero sabía que estaba lleno de actividad. Se estaba haciendo un inventario de todo lo que podría ayudarles a superar el invierno, desde gasolina hasta cacerolas. Al Hardy se ocupaba de ello de manera sistemática, y utilizaba a Maureen, Eileen Hamner y Marie Vanee como agentes que visitaban todas las casas del valle.

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