El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Otro refugiado errante era un gigante desabrido, ejecutivo de una cadena de televisión. Tuvieron que devolverlo a la carretera, y el tipo no dejó de blasfemar hasta que el compañero de Hardy vació un cargador a través de la ventanilla del coche.
Hubo incidentes más violentos, como el ocurrido con un hombre vestido con los restos de un buen traje, cortés y que hablaba un inglés muy correcto. Había sido concejal en una localidad del valle, y cuando bajó de su coche se acercó a Al y mostró la pistola escondida en el bolsillo de su impermeable.
—Levante las manos —dijo a modo de saludo.
—¿Está seguro de que quiere hacer las cosas de esta manera? —le preguntó Al.
—Sí. Lléveme dentro.
—De acuerdo.
Al levantó las manos y al instante se oyó un disparo y una bala atravesó la cabeza del concejal, pues, naturalmente, levantar la mano derecha era la señal convenida entre Al y el otro guarda oculto. Lástima que el concejal no hubiera leído a Kipling:
Un camión pequeño subió por el sendero. Lo conducía un hombre delgado y peludo, con un bigote de guías caídas. Al pensó que sería de la región. Todo el mundo tenía pequeños camiones en aquellos contornos. Tal vez lo habría robado, pero en ese caso, ¿por qué iría con él al rancho del senador? Al bajó del coche y se acercó a la puerta de la valla, chapoteando en el agua embarrada.
Alvin Hardy dijo al recién llegado lo mismo que decía a todo el mundo.
—Enséñeme las manos. No estoy armado, pero hay un hombre con un rifle de mira telescópica al que usted no puede ver.
—¿Sabe ese hombre conducir un camión?
Al Hardy miró fijamente a aquel hombre.
—¿Qué?
—Lo primero es lo primero. —El hombre buscó en la saca que descansaba en el asiento de al lado—. Traigo el correo. Sólo hay una carta certificada, pero el senador tendrá que firmar el recibo. Y hay un oso muerto...
—¿Pero qué dice? —preguntó Al.
El método de costumbre no parecía surtir buenos efectos.
—Un oso muerto. Lo maté esta mañana. No tuve alternativa. Estaba durmiendo en el camión y un enorme brazo negro y peludo rompió el parabrisas y penetró en la cabina. Era enorme. Retrocedí cuanto pude, pero él siguió avanzando, así que cogí esta Beretta que encontré en el rancho Chicken y atravesé de un tiro un ojo del animal. Es un montón de carne y...
—¿Quién es usted? —quiso saber Al.
—¡Soy el maldito cartero! ¿Quiere prestar atención a lo que le digo? Hay ahí de ciento cincuenta a trescientos kilos de carne de oso, por no hablar de la piel, esperando que la recojan cuatro hombres fuertes con un camión, y si no lo hacen rápido va a empezar a estropearse. Yo no he podido mover ese oso, pero si envía un grupo a recogerla, tal vez impida que algunas personas se mueran de hambre. Y ahora necesito que el senador firme el recibo de esta carta. Y hágame caso, envíe a por el oso ahora mismo.
Aquello era excesivo para Al Hardy. Demasiado. No podía pensar más que en la pistola del cartero.
—Tendrá que darme esa Beretta y llevarme arriba —le dijo.
—¿Darle mi arma? ¿Por qué diablos tengo que hacerlo? —preguntó Harry—. Bueno, es igual, si eso le hace feliz. Tenga.
Le ofreció la pistola, que Al se apresuró a coger. Luego abrió la puerta.
—¡Dios mío, senador! ¡Es Harry! —gritó la señora Cox.
—¿Harry? ¿Quién es Harry?
El senador Jellison se levantó de la mesa cubierta de mapas, listas y diagramas, y se acercó a la ventana. Sí, allí estaba Al con otra persona, en un camión. Era un hombre barbudo y con un gran bigote, un tipo vestido de gris.
—¡El cartero! —gritó Harry al acercarse al porche.
La señora Cox fue corriendo a la puerta.
—¡Harry, no esperábamos verte de nuevo!
—Hola —dijo Harry—. Carta certificada para el senador Jellison.
Carta certificada. Secretos políticos de un mundo muerto que se estaba enterrando a sí mismo. Arthur Jellison fue hacia la puerta. Era el cartero, en efecto, Llevaba los restos de un uniforme del Servicio Postal y parecía un poco cansado.
—Pase —dijo Jellison, mientras se preguntaba qué diablos estaba haciendo aquel tipo.
—Senador, Harry mató un oso esta mañana —dijo Al Hardy—. Será mejor que envíe algunos hombres a recogerlo antes de que se lo coman los buitres.
—No irá usted con mi pistola —dijo Harry en tono indignado.
—Oh. —Hardy se sacó el arma de un bolsillo y la miró de un modo vacilante—. Es esta, senador —dijo, poniéndola Mi manos de su jefe. Luego salió a toda prisa, dejando a Jellison con el arma entre las manos y todavía más confundido.
—Creo que es usted la primera persona que ha sido capaz de aturdir a Hardy —dijo Jellison—. Venga aquí. ¿Visita todos los ranchos?
—Sí, señor.
—¿Y quién cree que va a pagarle ahora que...?
—La gente a la que llevo mensajes —dijo Harry—. Mis dientes.
La indirecta no se podía pasar por alto.
—Señora Cox, a ver si encuentra algo...
—En seguida —dijo la interpelada desde la cocina, y poco después apareció con una taza de café. Jellison observó que era una taza muy bonita, una de las mejores, y contenía un poco del último café del mundo. Estaba claro que la señora Cox tenía a Harry en alta estima.
Aquello al menos le decía algo positivo. Devolvió la pistola a su dueño.
—Lo siento. Hardy tenía instrucciones...
—Claro.
El cartero se guardó la pistola en un bolsillo. Tomó un sorbo de café y suspiró.
—Siéntese —dijo Jellison—. ¿Ha recorrido todo el valle?
—He estado en casi todos los sitios.
—Dígame pues cómo están las cosas...
—Creía que nunca iba a preguntármelo.
Harry había estado en casi todas partes. Contó su historia con sencillez, sin fiorituras. Había decidido limitarse a los hechos. Contó que la camioneta había volcado, que las líneas eléctricas y telefónicas habían sido derribadas. Que las carreteras estaban interrumpidas en diversos puntos y había que desviarse por tales y cuales lugares. Los Miller estaban bien, el Shire todavía funcionaba. Muchos Nombres estaba desierto cuando volvió con el camión, y los cadáveres... Pero no, iba demasiado deprisa. Contó el asesinato en el rancho de los Román. Jellison frunció el ceño y Harry fue hasta la mesa para señalar la situación del lugar en el gran mapa del condado.
—¿Y dice usted que no había rastro de los propietarios pero que alguien le disparó y mató a su acompañante?
—Exacto.
Jellison asintió. Había que tomar alguna iniciativa, pero primero tendría que hablar con los Christopher, hacerles compartir los riesgos de una acción policial.
—Y la gente de Muchos Nombres iban a visitarle —dijo Harry—. Fue ayer, antes de mediodía.
—Por aquí no han aparecido. Tal vez estén en el pueblo. ¿Qué tal la tierra por allí? ¿Había algo plantado?
—Poca cosa. Casi todo eran hierbajos —dijo Harry—. Pero tengo pollos. ¿Tiene usted pienso para pollos?
—¿Pollos?
¡Aquel tipo era una mina de información!