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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– No blasfemes.

– Continuaré con mi trabajo, Zamorski. A mi manera. Sin mentiras ni manipulación.

El nuncio se apartó, de mala gana.

– Si fuera fiel a esos principios, me limitaría a rezar por ti y por Manon. Pero os protegeremos, a pesar vuestro.

– No necesito a nadie.

– En tiempos de paz, tal vez. Pero la guerra ha empezado.

92

Mediodía.

Y el día no despuntaba.

Una bruma espesa aplastaba la ciudad. Las calles ya no existían. Los edificios semejaban masas minerales; montañas que se elevaban más allá de las nubes, como en una pintura china. Algunas ramas bajas brillaban de humedad, pero sus contornos se perdían en el vapor nacarado. Todo estaba desierto. Cracovia estaba vacía. Solo algunos coches se deslizaban entre la niebla con los faros encendidos antes de desvanecerse como barcos fantasmas.

No había previsto eso. Salíamos de una opresión para caer en otra. El portal de Scholastyka se cerró pesadamente detrás de nosotros. Tomé la mano de Manon y caminamos por la acera. Ella había preparado una bolsa ligera, del mismo tamaño que la mía. Mirada a la izquierda; luego a la derecha. No se veía nada a tres metros. Di algunos pasos vacilantes. El mundo no solo había desaparecido; los vapores nos sumergían hasta borrarnos.

Creí recordar. Si bajábamos por la izquierda y tomábamos la calle Sienna, cruzaríamos la avenida Sw. Gertrudy. A pesar de esa nube blanca, allí encontraríamos un taxi. Nuestros pasos resonaban sobre la acera. La humedad les daba una especie de brillantez sonora; un taconeo húmedo que se elevaba en el aire tornasolado.

Avanzábamos en silencio. Como si una sola palabra pudiera despertar nuestro miedo. Los edificios parecían desarraigados. Avanzaban con nosotros, desgarrando las crestas de plata como si fueran rompehielos. Un coche pasó. Tuvimos el tiempo justo de dar un paso hacia el costado. Sin saberlo, caminábamos sobre la calzada. El vehículo nos dejó atrás, lentamente. Escuché cómo los parabrisas marcaban la cadencia, chac-chac-chac, y luego se desvanecía.

Reemprendimos el camino. El velo de gasa se abría con reticencia y se encerraba inmediatamente a nuestro paso. Ya no estaba seguro de que camináramos por la calle Sienna. Imposible leer las placas con los nombres. Nuestra única referencia era la línea de farolas. Algunas luces estaban encendidas en las ventanas, penetrando en la opacidad de los pisos. Imaginé los hogares cálidos, en los que la gente, atareada, se preparaba la comida de mediodía. El contraste con esa imagen acentuaba nuestra soledad.

Busqué en mi memoria. Íbamos a dejar atrás la calle Mikokajska que se abría en una gran curva a nuestra izquierda. Esperaba distinguir una hilera de luces que dieran la vuelta, con lo que se confirmaría que estábamos en el buen camino. Pero no ocurrió; por otra parte, era imposible ver más de dos farolas simultáneamente.

De repente, no distinguí absolutamente nada. ¿Habíamos salido de la calle? La neblina cambió. Más espesa, más fría. Del suelo subía un olor a tierra mojada, a podredumbre inmóvil. Mierda. Ya no estábamos en la calle Sienna. Quizá ni siquiera habíamos estado en ella. Intenté recordar una vez más, dibujando mentalmente un mapa del barrio.

Entonces comprendí.

El Planty.

El parque que circunda la ciudad antigua de Cracovia.

Había tomado la dirección equivocada desde el principio. Habíamos caminado de frente, volviendo la espalda al monasterio. A modo de confirmación, la gravilla crujió bajo mis pies. Los árboles aparecieron, dibujando líneas espectrales, suspendidas, sin raíces. Unos brazos, unas cabezas: las esculturas de los jardines. Tuve ganas de gritar. Estábamos solos, perdidos, completamente vulnerables.

– ¿Qué ocurre?

La voz de Manon, muy cerca de mi oído. No tuve valor para mentir.

– Estamos en el Planty. El parque.

– Pero ¿dónde, exactamente?

– No lo sé. Si lo atravesamos, probablemente llegaremos a la avenida Sw. Gertrudy.

– ¿Y si no sabemos ubicarla?

Le apreté la mano sin responder. Nuevas farolas flotaban en el aire. Una alameda. Intenté dar mayor solidez a mis pasos, para reconfortar a Manon, que temblaba bajo su anorak.

Sensación de nadar más que de caminar. No dejaba de estirar el cuello, de entrecerrar los ojos, sin resultado. Como reacción, mi oído parecía agudizarse. Me parecía percibir la condensación de las gotas, la longitud de las ramas, los chasquidos del hielo sobre las estatuas y, abajo, el crujido de la tierra helada bajo nuestros pies.

De repente, otro ruido mucho más presente.

Algo hacía crujir las piedras. Me detuve y tapé la boca de Manon con mis manos. El ruido cesó. Repetí el movimiento: dos pasos; luego detenerse. El ruido se produjo de nuevo y se apagó de inmediato. Era un eco, pero demasiado cercano para mi gusto.

Desenfundé mi 45. Solo había dos posibilidades. Los hombres de Zamorski o los Siervos. Despacio, muy despacio, quité el seguro de la Glock, apostando mentalmente por los seres satánicos. Acechaban en todas las salidas y entradas de «su» monasterio y acababan de conseguir el premio gordo: Manon, la presa que esperaban desde hacía semanas, sin protección, acompañada solo por un extranjero y extraviada en un parque sumergido en la bruma.

Mi arma temblaba en mi mano. Ya no encontraba la sangre fría que siempre me había salvado en las peores situaciones. Tal vez la fatiga. O la presencia de Manon. O esa ciudad extranjera e invisible. Mi cabeza era un caos. ¿Disparar a ciegas, hacia el lugar de donde procedían los pasos? Ni siquiera estaba seguro de dónde provenían. ¿Apuntar a las farolas para cerrar completamente la noche? Absurdo. Perderíamos la única posibilidad de orientarnos.

Los crujidos se reanudaron. Se acercaban. Imaginé criaturas sobrenaturales con los ojos ardiendo. Pupilas de azufre, capaces de ver en la bruma. Tomé la dirección que me parecía opuesta a sus pasos. Pero ya no estaba seguro de nada. ¿Seguíamos en la alameda? Una luz flotaba a lo lejos; inaccesible.

Apreté el paso, tratando no ya de utilizar mis ojos sino únicamente con la ayuda de mi mano extendida. Sensación de piedra fría. Metal de una barandilla. No recordaba haber visto ningún pretil en ese parque. Me agarré y lo seguí febrilmente. El farol me parecía igual de alejado.

La barandilla de hierro se interrumpió y me detuve. En un segundo, percibí los pasos de los otros, mucho más cercanos. Me volví, como si fuera capaz de ver algo. Pero el mundo seguía sumergido en la niebla. Sin embargo, una fisura se abrió de repente en la niebla y entonces los vi.

Unas sombras avanzaban, compactas, formando un frente.

Unas sombras sin rostro, confundidas con la neblina.

Mi corazón dio un vuelco. Por un momento, muy breve, pensé que todo estaba perdido. El pánico me había vencido. Ni siquiera físicamente, ya no tenía ninguna solidez. En ese instante nuestros agresores habrían podido ganar, pero fueron demasiado lentos.

Ya me había recuperado y preparaba un plan de ataque. No había ninguna razón para pensar que ellos veían mejor que nosotros. Solo se guiaban por el ruido de nuestros pasos. La única ventaja que podían tener era el número… y conocer mejor los jardines. Pero nuestra desventaja, la falta de visibilidad, era también la de ellos.

Debía privarlos de su única guía: los sonidos. Cogí con firmeza a Manon y saltamos a un lado. Al cabo de tres zancadas, noté las hojas de un matorral y luego un terreno distinto: césped o musgo. Una superficie suave, que absorbía el ruido.

Otra idea, de inmediato. Aprovechar el silencio y caminar hacia nuestros enemigos. Podían pensar que íbamos a escondernos entre matorrales o detrás de un árbol. Pero ¡nunca que caminaríamos a su encuentro!

Volví a subir por el césped, utilizando mi mano libre como una sonda, rozando los matorrales, palpando los troncos de los árboles. Los pasos, de nuevo. Estaban solo a unos metros a nuestra izquierda. Seguí avanzando. Mi mano encontró una corteza. Atraje a Manon hacia mí y la coloqué entre el tronco y mi cuerpo. Dejó de moverse, de respirar, y sentí que sus cabellos helados me rozaban el rostro. Los cabellos de una muerta.

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