Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Entré sin llamar. Zamorski estaba en su escritorio, con el rostro inclinado sobre el ordenador y las gafas caladas sobre la nariz. A su alrededor, en las estanterías, abundaban los relicarios: cofres de plata sellada y ánforas de cobre.
– ¿Qué están haciendo con Manon?
El nuncio se quitó las gafas, sin manifestar la menor sorpresa.
– La protegemos.
– ¿Con escáneres y micrófonos?
– La protegemos contra ella misma.
Cerré la puerta dando un golpe con el talón y avancé un paso.
– Usted siempre ha creído que estaba poseída.
– Digamos que hay una duda razonable.
– ¡La ha convertido en un conejillo de Indias!
– Manon es un caso único.
La flema de Zamorski no tenía fisuras.
– Siéntate. Todavía tengo que explicarte algunas cosas.
No me moví. El nuncio habló en un tono hastiado, cuidadosamente calculado:
– Nos vemos obligados a mantener esta… vigilia psicológica.
Solté una carcajada amarga.
– ¿Qué es lo que busca? ¿Un «666» tatuado en su piel?
– Haces como si no lo comprendieras. Manon es la señal del diablo. Cada latido de su corazón es un acto del demonio. Cada segundo de su vida es un don de Satán. ¡En el mundo de Dios, Manon debería estar muerta! Es una aberración, según las leyes de Nuestro Señor.
Las palabras de Bucholz acerca de Agostina: «La prueba física de la existencia del diablo». Zamorski prosiguió:
– Manon se curó por un milagro del diablo. Entró en contacto con él durante el coma. Fue salvada por él y recibió sus órdenes.
– ¿Cree que ella mató a su madre?
– No me cabe la menor duda. Sin ayuda de nadie.
– Joder -dije casi riendo-. Pero ¡si me había hablado de un inspirador, de un hombre en las sombras!
– Para no asustarte. Solo hay un inspirador: el mismo diablo.
Sentí un inmenso agotamiento. Me hundí en la silla delante del escritorio, con mi arma entre las piernas. Saqué fuerzas para decir:
– Conozco el expediente a fondo. Manon no tiene los conocimientos necesarios para cometer semejante crimen. El criminal es un químico. Un entomólogo. Un botánico. Agostina tampoco tenía ese perfil y, a pesar de su confesión, su culpabilidad no se sostiene. Pero ¡la de Manon es aún más absurda!
La sonrisa del polaco volvió a aparecer. Una sonrisa que me daba asco. Apreté el puño sobre la culata de la Glock. Ese solo contacto me calmó los nervios.
El nuncio se puso de pie, rodeó el escritorio y habló en un tono compasivo.
– No conoces ese expediente tan bien como crees. Biología, química, entomología, botánica: esas eran las asignaturas de Manon en la facultad de Lausana. Parece que hubiera escogido la formación adecuada para ese asesinato.
Hechos nuevos que podían interesarme como madero. Pero el hastío me aplastaba hasta el punto de reblandecerme el cerebro. La voz del prelado me sonaba lejana, como amortiguada por una capa de algodón. En tono reconfortante, añadió:
– No tenemos ninguna certeza. Pero debemos vigilarla.
– ¿De modo que cree usted en el diablo? ¿En su realidad física?
– Por supuesto. Es la antifuerza, Mathieu. La vertiente negativa del universo. Crees ser un católico moderno pero tienes prejuicios del siglo pasado. ¡El siglo de las ciencias! Crees que los problemas pueden resolverse con un psiquiatra o con una camisa de fuerza «química». Solo ves la superficie. Acuérdate de Pablo VI: «El mal no es solo una deficiencia, es una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor». Sí, Mathieu, el diablo existe. Le ha devuelto la vida a Manon. La vida que Dios le había quitado.
– Pero ¿a qué vienen esas investigaciones? ¿Esos análisis, esas extracciones de sangre?
– Si el diablo es lo que la fe nos enseña, es decir, una infección, entonces Manon tiene los rastros de la enfermedad. Está completamente infectada.
– ¿Qué es lo que busca? -Reí otra vez, sarcástico-. ¿Una vacuna?
Posó su mano sobre mi hombro.
– No te lo tomes a broma. Manon, Agostina y Raïmo están en el punto de convergencia de dos mundos: el físico y el espiritual. Un espíritu acudió para salvar sus cuerpos. Y sus cuerpos llevan ahora la señal de ese espíritu. El espíritu negro de la Bestia. ¡En Manon vive una célula madre del mal!
Me puse de pie; ya había escuchado bastante. Me dirigí hacia la puerta.
– Se ha equivocado usted de siglo, Zamorski. Habría hecho estragos en la Inquisición.
Con una rapidez sorprendente, el nuncio dio la vuelta a mi alrededor y se me plantó delante:
– ¿Qué harás?
– Nos marchamos. Manon y yo. Volvemos a Francia. Y no intente retenernos.
– Manon sabe algo -dijo el polaco, palideciendo-. ¡Debe decírnoslo!
– Ella no sabe nada. No se acuerda de nada.
– El mensaje está en el fondo de ella misma.
– ¿Qué mensaje?
– El Juramento del Limbo.
– ¿De modo que también usted ha llegado hasta ese punto? ¿Busca lo mismo que los Siervos?
– El pacto existe -dijo, alzando la voz-. Debemos conocer el contenido. ¡Por todos los medios posibles!
– ¿Por eso me trajo usted aquí?
Una sonrisa. El nuncio recuperaba la sangre fría.
– Manon no ha confiado nunca en nosotros. Creímos que un joven procedente de Francia… -Se detuvo-.Y tuvimos razón. Después de esta noche…
Me ruboricé a mi pesar. Imaginé a los sacerdotes enfundados en sus sotanas, asistiendo a una escena erótica frente a los monitores de vigilancia. Giré el pomo.
– Manon confía en mí, es cierto. ¡Y utilizaré esa confianza para arrancarla de sus garras!
– Si cruzas ese umbral, no podré hacer nada por ti.
– Soy mayorcito para arreglármelas solo.
– No sabes nada. No imaginas el peligro que os espera fuera.
– Hemos pasado el día y la noche en la ciudad. No nos ha pasado nada.
Zamorski volvió a su escritorio y cogió un periódico polaco: la edición del día anterior de la Gazeta Wyborcza. En la portada, la foto de un cadáver sobre un charco de sangre en una acera.
– No leo polaco.
– «Nuevo asesinato ritual en Cracovia.» El quinto vagabundo muerto en menos de un mes. Devorado por los perros. Sobre la acera, con sus vísceras, alguien había trazado un pentagrama. Sin contar con los dos cuerpos de niños trisómicos encontrados la semana pasada río arriba en el Vístula. La autopsia ha revelado que los habían obligado a violarse el uno al otro.
– ¿Se supone que debo aterrorizarme?
– Están aquí, Mathieu. Han venido a buscar a Manon. Quizá son unos vagabundos que esperan fuera. O unos sacerdotes rezando en la iglesia de al lado. Están por todas partes. Esperan su momento.
– Probaré suerte. Nuestra suerte.
– No tienen nada que ver con los asesinos que persigues normalmente. Son soldados, ¿comprendes? Los herederos de siglos de abominaciones. La versión moderna de los demonios que acompañan a Satán en las fachadas de las catedrales.
Le mostré mi automática.
– Yo también tengo argumentos modernos.
– Te lo suplico. No salgas de aquí.
– Vuelvo a París. Con Manon. Y no trate de impedirlo. Podría ir a mi embajada y hablar de rapto, de secuestro, de abuso de poder. Seguiré con mi investigación. Es lo que quería, ¿no?
– ¿Y ella?
– Ella vivirá conmigo.
Zamorski cabeceó lentamente.
– Te has metido en un buen lío, Mathieu. Lo habías previsto todo para enfrentarte contra el diablo. Salvo el amor.
Abrí la puerta y le lancé una mirada dura.
– No permitiré que la utilice. La ha convertido en un objeto de investigación. En un cebo para los subyugados. Quizá, hasta para el mismo demonio. Según su lógica, espera que Satán se manifieste en el interior de su cuerpo. Está usted dispuesto a todo para provocar esa llegada. He conocido maderos de su calaña. Maderos capaces de lo peor, en nombre de lo mejor. Maderos que creían estar por encima de las leyes. Y en cierto modo, por encima de Dios.