Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Entonces sucedió algo.
Los jirones de niebla se abrieron y revelaron claramente a nuestros enemigos. Durante un segundo que me pareció una eternidad, pude observarlos. Llevaban unos abrigos de piel negra que parecían directamente salidos de la Werhmacht. De sus mangas surgían ganchos, navajas, agujas. Armas blancas como injertadas en sus carnes.
Parecían heridos de guerra que habían llegado de otra dimensión. Unos inválidos convertidos, a su vez, en máquinas de matar. Imaginé los miembros amputados, las manos mutiladas reemplazadas por mecanismos amenazadores, dispuestos a cortar, despellejar, arrancar.
Formaban una zarabanda, un carnaval de terror. Un hombre llevaba una máscara de gas, otro la de los médicos del siglo XIX que curaban a los apestados: un largo pico negro con dos agujeros encima. Un tercero caminaba a cara descubierta, desfigurada. Su piel, blanca como la porcelana de un retrete, estaba lacerada. Supe, sin dudar un segundo, que esas mutilaciones se las había hecho él mismo. Vivir para y por el mal. El sufrimiento infligido a los demás y a sí mismo.
Los dientes de Manon empezaron a castañear tan fuerte que le puse la mano en la boca. Abandoné cualquier estrategia. Huir. A cualquier sitio, lejos de esa pesadilla. Salí de nuestro escondite, aventuré una ojeada a mi alrededor y cogí la mano de Manon. Me retuvo y rozó mi mejilla. Me volví para reconfortarla con una mirada, pero no era ella la que me había tocado. En su lugar, un criminal apretaba mis dedos y me acariciaba lentamente el rostro con un gancho de metal, con un gesto casi tierno.
La fracción de segundo estalló en mil detalles superpuestos. Lo vi todo. Los cabellos largos. Las cicatrices. El aparato respiratorio que le atravesaba la cara; un agujero ocupaba el lugar de la nariz. Vi que su brazo se alzaba. En la punta, un gancho conectado a un dispositivo con cables.
La zarpa silbó en el vaho. Me sumergí en la nube para esquivar el golpe. Un dolor me atravesó desde el hombro hacia mis costillas. Solté la automática. Un sabor a hierro inundó mi boca.
La navaja se alzó nuevamente, erró y se perdió en el follaje. Sin saber lo que hacía, pues solo sentía dolor, arremetí contra el gancho y lo aplasté con mi hombro herido, arrastrando al criminal en mi caída. Sin tener en cuenta la quemadura y la sangre que torturaban mi cuerpo, cogí con las dos manos su puño, coloqué mi rodilla encima y le retorcí el hueso con un crujido.
Retrocedí inmediatamente, reptando de espaldas. El criminal se volvió hacia mí. Su abrigo estaba abierto. Debajo, tenía el torso desnudo. La piel de su pecho era tan delgada, estaba tan abrasada, que era translúcida. Vi su corazón latiendo a través de aquella piel de pescado. Me metí entre los matorrales y encontré la navaja automática. La cogí con las dos manos bien abiertas y me corté en la palma. Giré sobre mí mismo. El monstruo ya volvía al ataque blandiendo otro gancho en su mano izquierda.
Se lanzó sobre mí. Le di una patada en las piernas. Tropezó. Levantando mi arma, apunté al corazón y cerré los ojos. El hierro se hundió en la carne. Oí cómo el órgano se abría. La sangre se derramó sobre mí. Abrí los párpados y descubrí la cara de aquella criatura, a unos centímetros de mi rostro, con la máscara arrancada. Agujeros y grietas borboteaban por todos lados a la vez. El vapor de agua pigmentado de sangre se añadía al velo de niebla. Me mordí los labios para no gritar y rodé sobre el costado.
El monstruo se acurrucó, estremeciéndose en su agonía. En un recodo descubrí a Manon, acurrucada contra un árbol, con los ojos fuera de las órbitas. Corrí hacia ella y la abracé con todas mis fuerzas, sintiendo el dolor que me invadía en una arborescencia de fuego. A través de la sangre que presionaba mis sienes, escuché que el crujido de la grava se alejaba. Los Siervos no habían visto nada, no habían oído nada, ¡seguían su camino!
Mi Glock en el suelo. Palpé la hierba hasta que toqué la culata. Metí el arma en el bolsillo y eché una mirada a mi alrededor. Nadie. Habíamos ganado. No tuve tiempo de saborear esa victoria. Otros pasos retumbaban sobre las piedras. Percibí, como imprecisos fuegos fatuos, unos cuellos blancos que resaltaban en la niebla.
Los sacerdotes.
Los hombres de Zamorski, que nos buscaban por el parque.
Al mismo tiempo, un pincel luminoso nos barrió los pies. Los faros de un coche. De modo que estábamos a solo unos metros de una calle. ¡Una verdadera avenida con verdaderos vehículos!
Cogí a Manon del brazo y atravesé los matorrales que nos separaban del mundo humano y corriente. Las hojas se cerraron sobre nosotros mientras imaginaba el combate que se libraría en el Planty.
Seres satánicos contra soldados de Dios.
El Apocalipsis según Zamorski.
93
Vivir con sus muertos.
Aunque no cesaba de repetirme las palabras de Zamorski -«Se encuentra usted en medio de una verdadera guerra»-, no me servían de consuelo. ¿Quién me absolvería de toda esa sangre derramada? ¿Cuándo terminaría esa matanza?
Estábamos en la sala vip del aeropuerto de Cracovia. Un nombre muy rimbombante para aquel espacio más bien lúgubre: luces anémicas, asientos desvencijados, visión de la pista agrietada a través de los cristales sucios. Aun así, era reconfortante. Cualquier cosa habría sido reconfortante después de lo que acabábamos de vivir.
Un vuelo para Frankfurt despegaba cerca de las tres. Era posible hacer un enlace con París: llegada a Charles de Gaulle a las siete de la tarde. Cuando la azafata me dio esa información estuve a punto de abrazarla. Sus palabras tenían para mí otro significado: ¡conseguiríamos huir!
Acurrucada entre mis brazos, Manon permanecía postrada. Todavía estaba empapada de bruma, como yo. Esa humedad, que no nos abandonaba, materializaba nuestro desamparo. Cerré los ojos y me sentí extrañamente consolado, todavía bajo los efectos del anestésico en mis venas.
Durante el viaje en el taxi, habíamos hecho una parada para ver a un médico. Me curó la herida del hombro. La navaja había entrado hasta la clavícula, pero sin romperla y sin cortar ningún músculo. Después de una vacuna antitetánica, pues yo le dije que me había caído sobre una máquina agrícola, el médico cerró la herida con puntos de sutura y me envolvió el torso con una venda tan sólida como el yeso. Según él, no había que temer complicación alguna. Un solo consejo: reposo absoluto. Asentí, pensando en París y en la nueva situación.
La otra fuente de paz era esta convicción: el problema de los Siervos estaba liquidado. Evidentemente podían perseguirnos, pero habían perdido su oportunidad. En adelante, Manon estaría bajo mi protección. Y muy pronto en mi territorio. En París estaría vigilada las veinticuatro horas del día por mis hombres, unos maderos aguerridos capaces de enfrentarse a chiflados con prótesis asesinas e incluso, por qué no, de meterlos en chirona.
Mis pensamientos divagaron, pero volvieron, como siempre, a Luc. Su plan. Su maquiavelismo. Su locura. Yo había sido, sin saberlo, un peón en su juego. El madero de confianza que acumularía las pruebas y rastrearía su historia. Él sabía que yo no creería que hubiera intentado suicidarse y que proseguiría su investigación; repetiría, paso a paso, el camino que lo había conducido al sacrificio. Yo era su apóstol, su primer evangelista, que describiría su combate contra el diablo.
En ciertos detalles, mis conclusiones habían cambiado. Por ejemplo, la medalla de san Miguel Arcángel. Era un error. Luc no la había utilizado para protegerse del demonio. Quería que yo encontrara la garganta y comprendiera el objetivo de su acto. Luc no había llevado a cabo una investigación como tantas otras: ¡se había enfrentado al ángel de las tinieblas!