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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Lo único que importaba ahora era ¿qué contaría de su experiencia durante el coma? ¿Volvía sin el menor recuerdo o, por el contrario, había vivido una experiencia decisiva? Ya tenía la respuesta. Laure: «Ha visto algo».

– Señor, están anunciando su vuelo.

Seguimos a la azafata hasta la zona de embarque. Pasaporte, tarjeta de embarque. Hacíamos cada gesto con la vivacidad de un boxeador que va a quedar KO, hasta que nos derrumbamos en nuestros asientos de la cabina. Mientras la azafata explicaba las normas de seguridad, nos dormimos profundamente. Como dos trotamundos que no hubieran pisado un hotel desde hacía dos semanas.

En Frankfurt, deambulamos otra vez como fantasmas de paso. Esta vez, el salón First Class era flamante, lleno de hombres de negocios sumergidos en el International Herald Tribune. No hice caso de sus miradas de reojo, de desconfianza hacia nosotros. Instalé a Manon en un sofá y salí a buscar algo que comer. Coca-Cola, café, golosinas. No tocamos ni los dulces ni el café. Por el momento, carburábamos solo con Coca-Cola, probablemente para purificar nuestras tripas del horror acumulado.

Unas horas más tarde, sobrevolábamos las luces de París. Me incliné sobre la ventanilla y volví a encontrar la noche, el frío y el velo de polución de la capital. Incluso a través del vidrio, presentía que no se trataba del mismo frío que en Cracovia. En Polonia era una herida permanente, un estado de petrificación que sublimaba cada detalle, revelaba la esencia. En París era un manto triste, cenagoso, indiferente. Un sedimento limoso que con la misma atmósfera melancólica invadía las calles y las horas. Sin embargo, estaba contento de reencontrarme con esa monotonía. Ese hastío crónico era mi ecosistema natural.

Siete de la tarde, viernes

Autopista saturada. Chaparrón. Abrí la ventanilla del taxi y respiré a fondo. Olor a cemento mojado, a gas de los tubos de escape, ruido espoleante de los charcos. Y los conductores paralizados en el interior de sus coches, como imágenes captadas en un encuadre.

Cuando el taxi llegó a la rue Debelleyme, sentí la extraña angustia propia del recién casado. ¿Cómo reaccionaría Manon ante esa nueva vida? ¿Ante mi piso? Nunca había puesto los pies en París.

Hice los honores mostrándole mi famosa escalera al aire libre. La acogió con una discreta sonrisa. Seguía conmocionada. La violencia de Cracovia había despertado a la chiquilla aterrorizada de antaño. Yo mismo seguía conmocionado. Sin embargo, había otra sensación subyacente al miedo y a la atrocidad. Un estado febril, un entusiasmo sin objeto, asociado a una extraña torpeza. ¿El amor?

Manon se sentó en el canapé del salón. Le ofrecí un té. Lo rechazó. Un licor; tampoco. Petrificada, todavía llevaba puesta su parka guateada. Faltaba lo más difíciclass="underline" explicarle que debía salir inmediatamente hacia el Hôtel-Dieu. Su reacción no me sorprendió.

– Te acompaño.

Era la primera vez, desde Cracovia, que articulaba más de tres palabras seguidas.

– Es imposible -dije, disuasivo-. Tengo que tomar algunas medidas en París. Protegerte.

– Ni siquiera sé dónde estoy.

De pronto, despertó en mí una profunda piedad, en el sentido literal del término. Comunión, empatía total con su pena. Su tristeza era mi tristeza. Su desarraigo, el mío. Me arrodillé frente a ella y le tomé las manos.

– Confía en mí.

Ella sonrió. Un calor me inundó. Una especie de hemorragia a la vez sorda y deliciosa. Una delicuescencia en el fondo de mí mismo con un gusto mortífero y azucarado. Murmuré:

– Déjame protegerte. Déjame…

No pude terminar la frase. Ella había cogido mi rostro llevando sus labios a mi boca. Toda mi voluntad se desmoronó. El calor se liberó a través de todo mi cuerpo. Mis fuerzas vitales me abandonaron, nunca había experimentado una sensación tan dulce.

Dos horas más tarde, conducía hacia el Hôtel-Dieu. Los recuerdos estaban aún vivos bajo mi piel. Manon. Sus manos sobre mi cuerpo. El ritmo de mi sangre. Los últimos instantes juntos. Ella tocaba en mí puntos desconocidos, superficies insospechadas. Liviana e inédita acupuntura del amor.

Luc Soubeyras había sido trasladado a otro servicio.

Ya no se trataba del limbo, de luces sórdidas, de batas de papel. En un gran pasillo blanco, los ventanales se abrían sobre habitaciones espaciosas donde los pacientes estaban aún conectados a grotescos tubos y aparatos, pero bajo la luz cruda de los fluorescentes.

Caminando por el pasillo, volví por fin al presente. Iba al encuentro de Luc, vivo y consciente. Cuando lo vi detrás del cristal, estuve a punto de gritar. Seguía con los tubos en la nariz y los electrodos en el cuello y las sienes; su delgadez se había acentuado. Pero sus ojos estaban abiertos.

Entré precipitadamente. En un impulso de entusiasmo, le cogí las dos manos.

– Amigo mío, estoy tan…

– Lo he visto.

Me quedé paralizado. Su voz apenas era un suspiro.

– Lo he visto, Mathieu. He visto al diablo -murmuró de nuevo.

V LUC

***

94

– Ahora, cierre los ojos.

Luc estaba sentado en un sillón reclinable con el torso desnudo. Un centenar de electrodos saturaban su cabeza afeitada, controlando el ritmo de sus ondas cerebrales. Una constelación de parches medía los latidos cardíacos, la tensión muscular, la respuesta galvánica de su pieclass="underline" «GSR», que según me informaron, en inglés era Galvanic Skin Response, es decir, las microcorrientes eléctricas emitidas por la epidermis.

– Relájese. Tome conciencia, lentamente, de todo su cuerpo.

En el bíceps izquierdo llevaba un brazalete que medía su tensión arterial. Una pinza infrarroja alrededor de los dedos detectaba su respuesta a la saturación de oxígeno. Estos instrumentos debían no solo registrar sus evoluciones psicológicas durante la experiencia, sino también anticipar el peligro; Luc salía del coma y su estado general seguía siendo precario.

– Sus miembros se distienden. Sus músculos se relajan. Ya no experimenta ninguna tensión.

Unos días después de mi visita, Luc había exigido revivir su viaje psíquico bajo hipnosis y delante de testigos. Llegar una vez más, por medio de la memoria, a «la otra orilla» y que cada detalle quedara registrado por escrito.

Eric Thuillier, el neurólogo que lo trataba en el Hôtel-Dieu, se había negado a hacerlo; era demasiado arriesgado. Pero Luc había insistido y un psiquiatra llamado Pascal Zucca, jefe de psiquiatría en el hospital de Villejuif, había accedido. Según él, la sesión podía incluso ser saludable: esa catarsis permitiría que Luc superara su trauma. Finalmente, Thuillier había aceptado, con la condición de que todo se llevara a cabo en el Hôtel-Dieu, en su servicio y bajo su supervisión.

– Ahora siente pesadez en las manos, en los pies…

Era el jueves 14 de noviembre. Desde la cabina de control, observaba a través del cristal a mi mejor amigo, blanco como la pared, perdido entre parches y cables. Una aberración más.

Estaba sentado en el centro de una sala vacía, con las paredes revestidas con metal pulido y el suelo cubierto de placas insonorizadas de linóleo claro. A su izquierda, jeringas, ampollas y un desfibrilador eléctrico estaban colocados sobre una mesa con ruedas. Frente a él, Pascal Zucca, bata blanca y hombros anchos, nos daba la espalda. Encorvado en su silla, parecía un entrenador de boxeo, susurrando los últimos consejos a su campeón. Varias cámaras filmaban la sesión.

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