Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Me volví hacia mis acompañantes, que formaban una fila inmóvil en la cabina. La juez Corine Magnan se había trasladado desde Besançon, gracias a un exhorto dictado por ella misma. A su lado, Eric Thuillier observaba los monitores. Un poco más lejos, un psiquiatra cuyo nombre no había entendido, había sido nombrado por la magistrada en tanto que experto. ¿Experto en qué? Aquella sesión era una mascarada.
Detrás de ellos, estaba Levain-Pahut, comisario de división de Estupefacientes, que estaba allí para asegurarse de que no se torturara a uno de sus mejores hombres. Sentado en un rincón, el secretario de Magnan tomaba notas a mano mientras las enfermeras se afanaban con los monitores y los teclados de los ordenadores.
Pero lo mejor era, en un extremo, a la derecha, el invitado especial de Luc. Se había presentado: padre Katz, sacerdote exorcista del Arzobispado de París, representante de la Iglesia católica, apostólica y romana. El hombre de negro estaba aferrado a un pequeño libro rojo, el Ritual romano. No podía creer que Luc hubiera conseguido reunimos a todos en torno a su delirio.
– Sus pies se hunden en el suelo. Sus dedos se entumecen…
Tenía ganas de soltar una carcajada, pero no era el momento. La presencia de Magnan y de su secretario demostraba que la magistrada budista se tomaba en serio aquel testimonio. El caso Simonis había caído en las manos de la única juez de instrucción con tendencias esotéricas. La única que podía dar un mínimo de credibilidad a las alucinaciones de Luc Soubeyras.
Me había informado; nunca en Francia se había aceptado un testimonio bajo hipnosis. Según la ley francesa, un testigo debe expresarse siempre con «consentimiento libre y conocimiento de causa», lo que excluye recurrir a un método de sugestión o a cualquier tipo de suero de la verdad. Sin embargo, Corine Magnan estaba allí y su secretario no perdía detalle.
Zucca, cuya voz llegaba a la cabina por medio de altavoces invisibles, murmuró:
– Nota ese peso en todo el interior de su cuerpo… Llega a cada uno de sus miembros, a cada uno de sus músculos…
Luc parecía hundirse en su sillón, más vulnerable que nunca. Su piel salpicada de motas rojizas era prácticamente transparente; casi creía ver cómo palpitaban sus órganos. Pensé en el monstruo del Planty con su corazón a la vista pero ahuyenté inmediatamente aquella imagen.
– El peso se vuelve luz… Una luz que inunda su mente y su cuerpo… No siente nada más… El peso, la luz lo invaden completamente…
Luc respiraba lentamente, con los ojos cerrados. Parecía sosegado.
– La luz es azul. ¿La ve?
– Sí.
– La luz azul es una pantalla sobre la que usted ve surgir las imágenes, los recuerdos… Las imágenes fluirán mientras mi voz siga sonando. ¿Está de acuerdo?
– Sí.
El psiquiatra dejó que pasaran unos segundos y luego prosiguió:
– ¿Ve las imágenes?
Luc no respondió. El psiquiatra se volvió hacia el cristal e hizo un gesto de interrogación dirigido a Thuillier, quien a su vez se dirigió a las enfermeras. Luego el neurólogo cuchicheó en un micrófono incrustado en la consola. Zucca también llevaba puesto un auricular.
– Listo.
El psiquiatra asintió manteniendo el rostro bajado; luego, levantó el mentón.
– Luc, ¿están ahí las imágenes?
Luc meneó la cabeza, lentamente.
– Usted seguirá mi voz y describirá esas imágenes. ¿De acuerdo? Otro «sí» con la cabeza.
– ¿Qué ve?
– Agua.
– ¿Agua?
En la cabina, hubo miradas de desconcierto, luego todos comprendieron.
El río.
El viaje empezaba.
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– Sea más preciso.
– Estoy a la orilla del río.
– ¿Qué está haciendo?
– Camino. Noto un peso.
– ¿Qué peso?
– El peso de las piedras. En mi cinturón. Entro en el agua.
Experimentaba cada sensación. El frío se convertía en una sonda en el fondo de mis huesos. Pero era el fanatismo de Luc lo que me dejaba completamente atónito. Volvía a verlo metido en su coche, en diciembre de 2000, después del flagrante delito de Lilas, citando a Teresa de Ávila: «Muero porque no muero». Luc solo había vivido para esa investigación. El último sacrificio. Su cita con el diablo.
– ¿Qué sensaciones experimenta?
– Ninguna.
– ¿Por qué?
– El frío lo anula todo.
– Prosiga.
– Mi cuerpo se disuelve en el río. Me estoy muriendo.
– Siga mi voz, Luc. Describa la escena.
Después de un breve silencio, Luc murmuró:
– No… No siento nada.
– Hable más fuerte.
– El río viene hacia mí. Me roza la boca. Yo…
Luc se mordió los labios como para impedir que el agua penetrara en su garganta. Otro silencio. En la cabina, la tensión aumentaba. Cada uno de nosotros se sumergía con él.
– Luc, ¿está aquí con nosotros?
Silencio.
– ¿Luc?
Ya no se movía. Bajo los cables, sus facciones se hundían, se endurecían como el yeso. Zucca se dirigió a Thuillier por el micrófono del auricular.
– ¿A cuánto estamos?
– A treinta y ocho. Si su ritmo cardíaco no arranca de nuevo, lo paramos todo.
Zucca lo intentó otra vez.
– Luc, ¡contésteme!
Thuillier se inclinó sobre el micrófono de la consola.
– Estamos a treinta y dos. Paramos. Se… ¡Joder!
El neurólogo corrió hacia la puerta y entró en la sala. Todas las miradas se volvieron hacia el monitor; la onda era una línea recta y se oía un pitido constante. Luc había vivido mentalmente su muerte, hasta el punto de morir una vez más.
Las enfermeras ya estaban detrás de Thuillier. Todas se afanaban junto a la mesa con ruedas. El neurólogo reclinó el sillón y ordenó:
– Adrenalina. Doscientos miligramos.
De pie, Zucca estaba inclinado sobre Luc. Repetía:
– Contésteme, Luc. ¡Siga mi voz!
En la cabina, el electrocardiograma pitaba como un hervidor. El sonido del roce de las batas llegaba hasta nosotros amplificado por los micrófonos. También nos movíamos, sin saber qué hacer.
Zucca gritó:
– ¡Luc! ¡Contésteme!
Thuillier lo apartó de un golpe en el hombro.
– Apártate. ¡Dios mío! ¡Se nos va! ¡Rápido, la inyección!
Una enfermera colocó la jeringa en la mano del médico; luego, este la hundió en el torso de Luc, que parecía un duro como el tocón de un árbol. Otra mujer blandía los electrodos del desfibrilador. Los suspiros de inquietud se mezclaban con la estridencia del monitor. Thuillier blasfemaba:
– ¡Me cago en Dios! Lo estamos perdiendo.
Zucca seguía inclinado sobre Luc, aferrado a sus puños.
– ¡Luc! ¡contésteme!
– Estoy aquí.
Todos se quedaron paralizados. Zucca, apoyado en el cuerpo; Thuillier, con la jeringa en el aire; las enfermeras, con sus gestos en suspenso. En la cabina, el bip del electrocardiograma había vuelto a un ritmo punteado, muy lento. El hipnotizador jadeó:
– Luc, me… ¿me escucha?
No respondió de inmediato. Su cabeza había caído hacia atrás. No la veíamos. Se intuían sus ojos cerrados, sus pesuñas pelirrojas, la parte inferior de su rostro mineralizado. Solo quedaba un rastro de Luc. El verdadero ser humano estaba ausente. Una voz ronca dijo:
– Lo escucho.
Zucca hizo señas a Thuillier para que volviera a la cabina. El neurólogo retrocedió a regañadientes. En silencio, las enfermeras dejaron el material y lo imitaron. Cada uno volvió a su puesto en la cabina. El círculo de hipnosis se había formado nuevamente.
Suavemente, el psiquiatra enderezó el respaldo de Luc y volvió a sentarse.
– ¿Dónde está, Luc? ¿Dónde está… ahora?
– He abandonado mi cuerpo.
El timbre era lejano, siniestro. Zucca esperó en silencio. Seguramente ponía sus ideas en orden e incluso sacaba las mismas conclusiones que nosotros. La experiencia de muerte inminente empezaba.