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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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No contesté. Había tenido un viaje, un chute de heroína pura. Solo sentía un inmenso aturdimiento, un entumecimiento infinito.

– Vamos -dijo, regañándome-. Dime qué amas de mí.

Me apoyé en el codo enderezándome y la contemplé. No era solo el cuerpo que estaba desnudo delante de mí, sino todo su ser. La noche arranca las máscaras y también los rostros. Solo quedan las voces. Y el alma. No hay más tics, ni convenciones sociales, ni las habituales mentiras con las que nos disfrazamos.

Podría haberle dicho que no era el amante quien estaba trastornado en ese instante, sino el cristiano ante su desnudez. Estábamos como después de una confesión. Liberados de toda falta, limpios de las falsas apariencias. Esa era la paradoja: salíamos del pecado de la carne, pero nunca habíamos sido tan inocentes.

Eso es lo que habría podido murmurarle. Sin embargo, en lugar de eso, farfullé algunas trivialidades acerca de sus ojos, sus labios, sus manos. Palabras tan usadas que habían perdido el significado. Ella rió en voz baja.

– Eres un torpe, pero no tiene importancia.

Se puso boca abajo y colocó el mentón entre las manos.

– Te diré lo que amo yo de ti.

Su voz estaba cargada de agradecimiento, no hacia mí sino hacia la vida, sus sorpresas, sus alegrías. Su respiración demostraba que siempre había creído en esas promesas y que aquella noche acababa de demostrarle que no estaba equivocada.

– Amo tus rizos -empezó, ensortijando mis cabellos con los dedos-. Siempre parecen húmedos, como pequeños recuerdos de lluvia. -Pasó su índice bajo mis ojos-. Amo tus ojeras, que parecen las sombras de tus pensamientos. Tu rostro, que se alarga interminablemente. Tus puños, tus clavículas, tus caderas, que hacen daño y a la vez son tan flexibles, tan suaves, tan serenas…

Tocaba cada parte como para cerciorarse de que todo estaba en su sitio.

– Amo tu cuerpo, Mathieu. Quiero decir, su vida, su movimiento. Esa manera que tienes de expresar tus sentimientos a través de los gestos. La forma como levantas bruscamente un hombro, en señal de incertidumbre. Cómo te coges el mentón con dos dedos para apoyar tus palabras. Cómo te sientas, agotado, dispuesto a dormirte y al mismo tiempo impaciente, en una tensión extrema. Amo cómo enciendes tus cigarrillos con ese gran mechero; el cigarrillo en la punta de tus dedos tan finos. Se diría que todo arde: la mano, el brazo, el rostro.

Mientras acariciaba mis sienes, prosiguió:

– Amo todos esos gestos, esas rupturas, esos estremecimientos. Se diría que siempre has tenido dificultades para encontrar tu lugar en este mundo. Entras violentamente, en el último momento, demasiado rápido, con excesiva dureza. Nunca estás seguro de tus recursos. No te ofendas, Mathieu, pero también tienes algo de femenino. Creo que por eso me has hecho gozar tanto esta noche. Conocías, por instinto, mis secretos, mis puntos sensibles. Para ti era un terreno conocido que poco a poco se ha revelado bajo tus dedos.

Se echó a reír tomándome la mano y leyéndola.

– ¡No pongas esa cara! ¡Son cumplidos!

Adoptó un tono confidencial.

– También siento una distancia, un respeto, casi cierto espanto hacia mí, que me procura un placer… irresistible. Eres todo un hombre, Mathieu; no cabe la menor duda. Pero tu complejidad me hace tiritar, de los pies a la cabeza. ¡Reúnes tantos contrarios! Caliente, frío, sólido, frágil, atrevido, tímido, masculino, femenino…

El frío volvía. Me costaba reconocerme en aquel extraño que ella describía. Pasó su brazo alrededor de mi cuello y me besó.

– Pero sobre todo, en el fondo hay algo que te corroe y te imprime una realidad, una presencia que no he visto en nadie.

– ¿Ni siquiera en Luc?

La pregunta se me había escapado. Ella se irguió:

– ¿Por qué me hablas de Luc?

– No lo sé. Lo conociste, ¿no? Estuvo aquí.

– Se quedó varios días. No se te parecía. Es mucho más frágil que tú.

– ¿Luc, más frágil?

– Parecía tener mucha determinación, pero no había en él ningún punto fuerte, ninguna base. Estaba en caída libre. Mientras que tú te sostienes, agarrado a no sé qué hilo.

– ¿Pasó algo entre vosotros?

Otra carcajada.

– ¡Qué cosas se te ocurren! En él no había lugar para el amor. No para este tipo de amor, en todo caso.

– Eso no es lo que te pregunto. Tú, ¿sentiste algo por Luc?

Me despeinó.

– ¿Estás celoso? -Escondió la cabeza en el hueco de mi hombro-. No. Nunca se me habría ocurrido. Luc vivía en otro planeta. Decía que me amaba pero sonaba vacío.

– ¿Decía eso?

– Constantemente. Hacía unas declaraciones brutales. Pero no le creía.

Una luz estalló en mi mente. Una posibilidad que nunca había surgido. Un suicidio por amor. Luc se había quedado prendado de Manon. ¡Y esa era la razón de su intento de suicidio! Se había querido quitar de en medio porque una muchacha inconsciente le había dicho «no». Luc había amado a Manon con la pasión de un fanático y ella lo había rechazado riéndose, arrojándolo a los infiernos.

– ¿Cómo puedes estar tan segura? -pregunté en tono seco-. Quizá Luc te amaba con locura.

– ¿Por qué hablas en pasado?

No contesté. Acababa de cometer un error. El que se espera del sospechoso, en plena noche, durante su detención. Manon me miró muy seria.

– ¿Qué pasa? Me has dicho que Luc había sido trasladado.

– Te he mentido.

– ¿Le ha ocurrido algo?

– Intentó suicidarse. Hace dos semanas. Salió adelante pero está en coma.

Manon se puso de rodillas frente a mí.

– ¿Cómo? ¿Cómo lo hizo?

Le conté los detalles. El ahogamiento, el cinturón con piedras, el rescate, la utilización de la máquina de transfusión. Igual que en su caso.

Se hizo el silencio. Luego Manon se puso de pie, desnuda, y contempló la noche por la ventana, con la frente apoyada en el cristal. Me daba la espalda cuando, con voz consternada, murmuró:

– Eres el madero más gilipollas que he conocido.

Agostina Gedda me había dicho lo mismo en otra ocasión. Iban a acabar convenciéndome. Pero algo no encajaba en esa reflexión. Me esperaba una bronca por no haber dicho la verdad. No ese tono de decepción.

– Debí decírtelo antes, pero… -contesté.

– Luc no intentó suicidarse. -Se volvió y vino hacia mí, con una mirada furiosa-.Joder, ¿cómo no te has dado cuenta?

– ¿De qué?

– No fue un intento de suicidio. ¡Repitió, exactamente, mi ahogamiento!

No pillaba lo que quería decir. Todavía de pie, me agarró del pelo, con las dos manos, violentamente.

– ¿No lo entiendes? ¡Entró en coma voluntariamente para ver lo que, supuestamente, yo vi hace años! ¡Intentó provocar una experiencia de muerte inminente, esperando que fuera negativa!

No dije nada, atento al ruido que hacían mis pensamientos ensamblándose en mi cabeza. En unos segundos, todo estuvo en su lugar. Manon estaba en lo cierto. Inclinada sobre mí, gritó:

– ¿Y tú pretendes conocerlo? ¿Pretendes que es tu mejor amigo? ¡Joder, has errado completamente el tiro! Luc es un fanático. Estaba dispuesto a todo para conseguir las respuestas a sus preguntas. ¡Quería proseguir su investigación en el más allá! ¡Quiso matarse para ver al diablo por sí mismo!

Cada palabra era un estallido de lava.

Cada idea, una estaca en el corazón.

No podía hablar y, de hecho, no había nada que decir. En una fracción de segundo, Manon había adivinado lo que yo había ignorado durante dos semanas. «He encontrado la garganta», había dicho Luc a Laure. Eso significaba que había encontrado el pasaje, el modo de entrar en contacto con el demonio. ¡Provocarse el coma para ir al limbo!

Luc había ido al encuentro del diablo, en el fondo del inconsciente.

91

Fuera volvía a llover. Observaba a través del parteluz los filamentos de luna que se derramaban adaptándose a las impurezas del cristal, rodeando las burbujas, resbalando como azúcar hilado. Otro cigarrillo. Caminaba mentalmente al borde del abismo pero, a medida que reflexionaba, la tierra se consolidaba bajo mis pies.

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