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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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Los elementos se ordenaban.

Luc lo había organizado todo, lo había coordinado todo, para caer en coma. Había reproducido cada una de las circunstancias del ahogamiento de Manon, no para hundirse, sino para sobrevivir. Había colocado el lastre calculando su peso, a fin de sumergirse rápidamente y envolverse en el frío de inmediato. Había abierto la puerta de la esclusa para ser arrastrado hasta las rocas y quedarse atascado. Otra vez el frío. Pero había tomado la precaución de sumergirse cinco minutos antes de la llegada del jardinero. Justo el tiempo que necesitaba para morir.

Había otro detalle en su plan. El médico de Chartres me había comentado que, por casualidad, el servicio de urgencias estaba en la zona en ese momento. Una llamada falsa había desplazado hacia allí al equipo de rescate. Esa llamada provenía del mismo Luc. Para que lo llevaran al hospital lo más rápidamente posible. Y no a cualquier hospitaclass="underline" al Hôtel-Dieu de Chartres, que contaba con una máquina by-pass que podría calentar su sangre y salvarle la vida.

Exactamente como sucedió con Manon en 1988.

Otros detalles.

Luc no tenía ninguna seguridad de que lograría una experiencia de muerte inminente. Y mucho menos, negativa. Pero suponiendo que consiguiera atravesar la muerte, quería hacerlo por el plano inferior, el de la angustia, el de las tinieblas. Por eso tomó la precaución de invocar al diablo. Por eso Laure encontró en Vernay los objetos de un culto satánico. Luc había llevado a cabo el ritual precisamente antes de ahogarse. ¡Se había citado con el diablo en el fondo del limbo!

Sin embargo, y a pesar de su determinación, también debía de estar muerto de angustia. Quiso procurarse un arma. Aunque fuese simbólica. Eso explicaba que tuviera una medalla de san Miguel en su puño. Luc no temía ir al infierno, había escogido ese destino. Pero esperaba salir sin heridas, sin dañarse espiritualmente, gracias a la figura del Arcángel. Parecía ridículo, pero me sentía incapaz de juzgar un proyecto excepcionalmente anómalo como el de Luc.

Mi amigo pelirrojo había corrido un riesgo increíble. Físico, pero también psíquico. Lo que había sido posible para una niña ya no lo era para un adulto. Según Moritz Beltreïn, Manon había salido adelante sin secuelas gracias a su edad y a la capacidad de regenerarse de su cerebro. ¿Saldría indemne Luc a sus treinta y cinco años? ¿Llegaría tan siquiera a despertar algún día?

Su fanatismo era pasmoso. Pero su coherencia era lo que más me sorprendía. Siempre había querido ver al diablo; probar su existencia al mundo. Toda su vida se había encaminado hacia esa apuesta, esa experiencia: hundirse voluntariamente en los abismos. Y resurgir, con la prueba en la mano.

Otro pitillo.

Las cinco de la mañana.

Manon se había quedado dormida. A pesar de su enfado conmigo. A pesar de su desesperación por Luc. A pesar de su creciente angustia por ella misma.

Luc, desde su habitación del hospital, había echado leña al fuego. Si un hombre era capaz de semejante sacrificio, ¿no demostraba que existía una realidad que había que descubrir? ¿Que Manon había visto algo en el fondo de la «garganta»?

Esperé a las seis de la mañana para llamar a Laure. Había llegado la hora de las pesquisas. Viejo acto reflejo de madero. Hacía cuatro días que no la llamaba. Ahora, sentía una necesidad irrefrenable de informarme. No había ninguna razón para pensar que su estado hubiera evolucionado, pero la naturaleza del coma de Luc había cambiado. Debía hablar con Laure, con los médicos, con los especialistas.

Observaba las manecillas de mi reloj, mirando cómo pasaba cada minuto.

Las seis, por fin.

El teléfono sonó cinco veces. Oí una voz somnolienta.

– Laure. Soy Mathieu.

– ¿Dónde estás? -masculló-. Hace tres días que tratamos de localizarte.

– Lo siento. Tenía un problema con el móvil. Estoy en el extranjero, yo…

– Mat… -dijo, en un suspiro-. Es increíble. ¡Ha despertado!

Tardé un segundo en asimilar la noticia. Ni Foucault ni Svendsen estaban al corriente. De otro modo, me lo habrían dicho. Todo se precipitaba. Pero en lugar de alegrarme por su recuperación, experimenté un oscuro presentimiento, previendo lo peor. Lesiones irreversibles. Luc reducido a un estado vegetativo.

– ¿Cómo se encuentra? -pregunté con una voz neutra.

– Perfectamente.

– ¿No hay secuelas?

– No, no hay secuelas.

El tono de Laure expresaba alguna reticencia.

– ¿Cuál es el problema?

– Dice… En fin, ha visto algo. Durante el coma.

Podía sentir el hielo bajo mi piel, quemándome los nervios y paralizando mis miembros. Conocía el resto pero aventuré:

– ¿Qué?

– Ven. Quiere hablar contigo personalmente.

– Estaré allí esta noche.

Colgué y desperté a Manon suavemente. Le expliqué la situación. Como yo, no tuvo tiempo de alegrarse. Otra amenaza pesaba sobre Luc: la presencia del diablo en el fondo de su mente. Si creía haber visto el infierno, su conclusión sería que Manon había visto lo mismo en 1988. De golpe, ella se convertiría en una Sin Luz.

La sospechosa número uno del asesinato de su madre.

Manon encendió la lámpara y cogió su ropa. Observé un detalle: huellas de pinchazos en los brazos.

– ¿Qué son esas marcas?

– Nada.

Se puso las bragas y el sostén. La cogí del brazo y miré mejor.

– Son los matasanos -dijo, soltándose-. Me sacan sangre.

– ¿Hay médicos aquí?

– No. Vienen de fuera. Me auscultan todos los días.

– ¿Te han hecho otros análisis?

– He ido al hospital varias veces -contestó ella, poniéndose la camiseta.

– ¿Has pasado exámenes médicos?

– Giopsias, escáneres. No acabo de entenderlo -confesó, sonriendo-. Quieren que esté en buena forma.

Siempre hay que esperar lo peor, para evitar sorpresas. Lo que presentía desde mi llegada se confirmaba con el tiempo. Zamorski me había mentido. Él y su cuadrilla no protegían a Manon; la estudiaban como a una vulgar cobaya. Creían que estaba poseída. Una criatura maléfica, físicamente distinta del resto de los seres humanos.

Tuve ganas de vomitar. El nuncio, con su aire de entendido y sus peroratas de viejo guerrero, me había engañado. Era igual que Van Dieterling. Creía en los Sin Luz y en la presencia del demonio en el fondo del alma humana. Estaba seguro de que Manon era una de ellos. ¡Quizá hasta el Anticristo en persona!

Cogí el teléfono fijo que estaba sobre la mesilla de noche. Desmonté el auricular y encontré un micrófono. Levanté la lámpara de la mesilla y le di la vuelta: otro micro. Estuve a punto de echarme a reír; aquello era grotesco. Dirigí la luz hacia el techo. Enseguida localicé en un ángulo el ojo electrónico de una cámara infrarroja. Pensé en la noche de amor que acabábamos de pasar bajo la atenta mirada de los sacerdotes. De pura rabia, tiré la lámpara al suelo.

– ¿Qué coño haces?

Imposible responderle. Mi saliva se había quedado bloqueada en la garganta. Me puse la camisa, el pantalón y el jersey. En cuanto me calcé los Sebago salí a la galería. Corrí hasta mi celda. En el patio la lluvia golpeaba y golpeaba, rebotando sobre las baldosas, el tejado, los ángulos de piedra. Ni siquiera esas trombas podrían arrastrar la mierda que había allí.

Una vez en mi habitación, cogí la 45 y salí nuevamente. Adiviné dónde estaba el despacho del nuncio; a esa hora, había muchas probabilidades de que ya estuviera trabajando.

Al bajar un piso, percibí, a través del estrépito del chaparrón, el bullicio de un ajetreo en el ala opuesta. Las saludables y vivaces benedictinas ya estaban listas para el ángelus.

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