Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Esclavos de la oscuridad
Esclavos de la oscuridad - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
1 ... 116 117 118 119 120 121 122 123 124 ... 162
Перейти на страницу:

Llené nuestras copas y brindé, más tranquilo. Ese episodio no alteraba la pureza de Manon. Por mucho que dijera, nada manchaba su inocencia. Aunque esa inocencia procediera de una infancia maléfica y de un suceso atroz. Aunque su único recuerdo amoroso fuera una aventura adúltera.

Sentía en ella una exigencia, un rigor que reconocía. Una forma de transparencia que no tenía nada que ver con la virginidad, pero que sacaba su fuerza de las pruebas vividas, del mancillamiento. Una aspiración, una llamada espiritual que se elevaba por encima de los abismos y que alimentaba su belleza en el combate.

De pronto, cogiendo su abrigo, dijo:

– ¿Nos vamos?

Caminamos bajo la niebla, flotando por encima de nuestros cuerpos. Toda la ciudad parecía inestable, irreal. Edificios, monumentos, calzadas, flotaban entre las brumas, como una inmensa nave espacial que despegara en una nube de humo.

No tenía la menor idea de qué hora era. Quizá medianoche. Quizá más tarde. Pero no estaba tan borracho como para olvidarme del peligro, siempre presente. Los Siervos, que rondaban por la ciudad buscando a Manon… No cesaba de volverme, de escrutar los callejones sin salida, los portales. Aquella noche llevaba conmigo la Glock, pero había descuidado bastante la vigilancia. Rogaba que los guardias de Zamorski siguieran aún nuestros pasos… y que hubieran bebido menos que yo.

El camino parecía interminable. La referencia era el Planty, el gran parque que rodea la ciudad antigua. Una vez que encontráramos los jardines, solo había que seguir por ellos y dejarse llevar hacia el centro.

Bajo el portal de la Scholastyka, Manon tocó la campanilla. Un hombre sin rostro ni alzacuello nos abrió. Al verlo nos reímos, tambaleándonos sobre nuestras inestables piernas.

Caminamos en silencio por la galena. Yo ya no reía. Angustiado, veía cómo se acercaba la intersección de las dos L. El momento de separarse, el momento de decir algo… Me devanaba los sesos tratando de encontrar las palabras adecuadas, un gesto que no fuera un acto sino una invitación.

Llegamos a la puerta mientras yo seguía rompiéndome la cabeza. Manon vivía en el sector de las benedictinas. Iba a balbucear unas palabras cuando ella posó sus dedos en mi nuca. Su lengua se deslizó en mi boca y pronunció otras palabras, las que yo nunca habría encontrado. Retrocedí hacia el muro. Sentí la piedra fría contra mi espalda mientras Manon seguía presionando mis labios hasta ahogarme.

Me desprendí del abrazo pero seguí a su lado. Sus ojos se habían vuelto tan negros como el cuarzo volcánico. Las bocanadas de vapor escapaban de sus labios anhelantes.

La sentí entre mis manos, ebria, despeinada, dispuesta; y adiviné en su rostro un esfuerzo por no desaparecer, no borrarse en la noche. Esta vez, tomé la iniciativa y me hundí de nuevo en su boca.

Pero me detuvo, murmurando:

– No. Ven.

90

Para empezar, el frío de su habitación. Luego la puerta, que se cierra a sus espaldas cuando la abrazo y la empujo con mis labios hacia la madera. Le quito el abrigo, ella arranca el mío. Nuestros gestos son torpes, difíciles. Nuestras bocas están pegadas la una con la otra. Y siempre, la inmensidad helada nos rodea.

Caemos en la cama. Le quito el jersey. Su respiración taladra mi oído. En la penumbra, su piel se desvela, aparece su sostén y yo siento un mal físico; mi deseo es un estallido, una fisura. Su rostro, nocturno, nunca me ha parecido tan puro, tan angelical, mientras su cuerpo despierta en mí un imperio, un mundo oculto que siempre he rechazado. Caigo y me alimento intensamente de esa caída.

La ropa todavía nos estorba; nos liamos con las mangas, los botones. Al cabo de un instante, Manon queda delimitada por las figuras geométricas de su ropa interior. Blanca, penetrante, implacable. Las puntas que me hieren y me atraen, me cortan y me fascinan. Estoy listo para explotar en el sentido orgánico: chorro de sangre y de fibras.

Caigo de espaldas. Encima de mí sus senos se revelan: pesados, tiernos, adorables. Un milagro de la gravedad que se libera creando su propio calor. Su estremecimiento me viola en lo más hondo. Me incorporo. Ella se pega nuevamente contra mis hombros, se hunde entre mis brazos. Pierdo definitivamente el control. Nada tiene ya sentido. Excepto que nos tenemos el uno al otro, asustados, inquietos por el deseo que nos atenaza.

Ella me acaricia, me guía, me manipula. Es como si me arrancara otras prendas: los estratos que se han acumulado durante tantos años, las decisiones que me han forjado, las mentiras que me han tranquilizado. Ese minuto es tan intenso que concentra en su violencia la dilatación de tiempos ya vividos, de años aún por vivir.

Siento flojera, debilidad, lentitud ante ese único objeto de atracción: senos hinchados, tan blancos, tan libres, coronados por areolas rosadas que tiemblan encima de mi rostro. Medio ardiendo medio helado, alzo la mano buscando ese contacto.

Pero ya no es el momento de caricias. Manon, en cuclillas sobre mi vientre, coloca sus manos en mi nuca. No comprendo qué ocurre. Es la lección vital más violenta de mi existencia. Ella se aferra a mi cuello, inclinada sobre mí y comienza una búsqueda extraña, obstinada, a golpes de cadera.

Busca su placer, lo alcanza, lo pierde, vuelve una vez más. Un acto amoroso a la vez brutal y delicado, preciso y bárbaro, del que estoy excluido. Me adapto a su balanceo y siento que sube en mí la misma búsqueda, el mismo empecinamiento. Nos acoplamos, solitarios en nuestro esfuerzo por robar lo que cada uno guarda para el otro.

Todo se acelera. Nuestros labios se atropellan, nuestros dedos se enganchan. El momento culminante está ahí, a un suspiro, en algún lugar bajo nuestros vientres. Carne contra carne, nos tambaleamos, nos buscamos, nos sondeamos. Ella sigue a horcajadas sobre mí, con los talones plantados en las sábanas, ajena al pudor, a la contención, y sé que es el único camino, el único medio de llegar al final. Nada cuenta salvo esta torsión volcánica, el frotamiento inquietante de nuestros abismos, el sílex de nuestros sexos.

De pronto, ella se arquea y grita. Entonces soy yo quien la coge por los cabellos y la vuelve hacia mí. Un poco más, un milímetro y seré feliz. Sus senos vuelven con fuerza, con tormento, con vértigo. De pronto, el destello se multiplica. El ardor se concentra, sube en mí. El goce recorre mis miembros como una corriente eléctrica, sin fuente ni límite. Una fracción de segundo aún. Echo atrás su torso y la devoro con los ojos por última vez: brazos en alto, senos desplegados, vientre tenso, papel de arroz, pubis negro.

El calor explota en mi sexo.

Durante ese segundo, todo en mí queda absuelto.

Un instante más tarde, soy yo otra vez. El trance está lejos. Pero me siento nuevo, puro, limpio. Me hundo en la desesperación. En la vergüenza. En la lucidez. Pienso en las mentiras de mis últimos quince años. El amor exclusivo a Dios. La compasión hacia los demás. El sexo reservado a las «amiguitas» exóticas. Bricolaje ilusorio. Mi deseo de hombre pésimamente ahogado en mi amor de cristiano. Me siento enfadado con Manon, por tantas verdades, tantas evidencias lanzadas a mi cara, a mi cuerpo con solo algunas caricias. Luego floto sobre una onda de calidez. Soy otra vez feliz.

– ¿Estás bien?

Su voz ronca estaba cargada de sosiego, de bondad. Sin responder, palpé mis ropas buscando un cigarrillo. Camel. Zippo. Calada. Me tumbé de espaldas cruzado sobre la cama. Manon recorrió mi rostro con su índice, siguiendo la línea de la frente, de la nariz. Así pasaron varios minutos. La habitación ya no era una nevera sino un horno. Los cristales estaban cubiertos de vaho. Vacíe el paquete de pitillos sobre la mesilla de noche para utilizarlo de cenicero.

– Te propongo un juego -susurró-. Dime qué es lo que más te gusta de mí.

1 ... 116 117 118 119 120 121 122 123 124 ... 162
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)