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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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La nieve no sólo trajo consigo la necesidad de ropas de abrigo. A mediodía, cundiendo de minuto en minutos los copos que caían, Renaile entró en el salón, proclamando que había cumplido su parte del trato y demandando no sólo el Cuenco de los Vientos, sino también a Merilille. La hermana Gris la miró consternada, al igual que muchas otras. Los bancos estaban llenos de Allegadas que comían en ese turno, y los criados corrían para servir esa tercera tanda. Renaile no habló en tono bajo, de modo que todas las cabezas se volvieron hacia ella.

—Puedes empezar con tus enseñanzas ahora —le dijo a la estupefacta Aes Sedai—. Sube a mis aposentos. —Merilille empezó a protestar, pero la Detectora de Vientos de la Señora de los Barcos, cuyo semblante se había tornado repentinamente frío, se puso en jarras—. Cuando doy una orden, Merilille Ceandevin —dijo con voz gélida—, espero que toda la tripulación obedezca prestamente, así que ¡muévete!

Merilille no corrió, pero se levantó de la silla y se marchó, con Renaile empujándola prácticamente escaleras arriba. Habiendo dado su palabra, no le quedaba más remedio. Reanne estaba estupefacta; Alise y Sumeko, todavía luciendo los cinturones rojos, observaban pensativamente.

A partir de ese día, ya avanzaran trabajosamente a través de la nieve por la calzada, ya caminaran por las calles de un pueblo o mientras intentaban encontrar alojamiento en una granja para todo el mundo, Renaile mantuvo a Merilille pegada a sus talones excepto cuando le ordenaba que siguiese a otra Detectora de Vientos. El brillo del saidar rodeaba a la hermana Gris y a su acompañante casi de manera constante, y Merilille mostraba tejidos incesantemente. La pálida cairhienina era mucho más baja que cualquiera de las Atha’an Miere de tez oscura, pero al principio se las ingenió para estar por encima merced a la dignidad Aes Sedai. Enseguida, sin embargo, empezó a exhibir una permanente expresión de sobresalto. Elayne supo que cuando todos tenían camas en las que dormir, cosa que no ocurría siempre, Merilille la compartía con Pol, su doncella, y las dos aprendizas de las Detectoras de Vientos, Talaan y Metarra. Lo que eso significara con respecto a la posición social de Merilille, Elayne no lo tenía claro. Obviamente, las Detectoras de Vientos no la ponían al mismo nivel que las aprendizas. Sólo esperaban que hiciera lo que se le ordenara, cuando se le ordenara, sin demoras ni equivocaciones.

Reanne seguía pasmada por el curso de los acontecimientos, pero Alise y Sumeko no eran las únicas Allegadas que observaban con atención, ni las únicas que asentían pensativamente. Y de repente, Elayne se encontró con otro problema entre las manos. Las Emparentadas veían a Ispan volverse más y más dócil en su cautividad, pero la mujer era prisionera de otras Aes Sedai. Las Atha’an Miere no eran Aes Sedai ni Merilille una prisionera, pero aun así empezaba a reaccionar con prontitud a una orden de Renaile o, en realidad, cuando Dorile o Caire o su hermana Tebreille le mandaban algo. Todas éstas eran Detectoras de Vientos de una Señora de las Olas de un clan, y ninguna de las otras la hacían obedecer con tanta presteza, pero con eso era suficiente. Más y más Allegadas pasaban de la estupefacción horrorizada a la observación pensativa. Quizá las Aes Sedai también eran de carne y hueso como todo el mundo, después de todo. Y si las Aes Sedai eran simples mujeres como ellas mismas, ¿por qué iban a someterse de nuevo a los rigores de la Torre, a la autoridad y la disciplina de las Aes Sedai? ¿Acaso no habían sobrevivido muy bien por sus propios medios, algunas durante más años de los que cualquiera de las hermanas de más edad estaba dispuesta a creer? Elayne podía ver prácticamente cómo la idea cobraba forma en sus mentes. Cuando se lo mencionó a Nynaeve, sin embargo, ésta se limitó a rezongar:

—Ya iba siendo hora de que algunas de las hermanas supieran lo que es intentar enseñar a una mujer que cree que sabe más que su maestra. Las que tienen una oportunidad de alcanzar el Chal seguirán queriendo conseguirlo; en cuanto a las otras, no veo por qué no deberían adquirir más confianza en sí mismas y demostrar más carácter.

Elayne se guardó de mencionar las protestas de Nynaeve con respecto a Sumeko, que ciertamente había desarrollado más carácter; Sumeko había criticado varios tejidos de la Curación de Nynaeve, calificándolos de «toscos», y Elayne había creído que a la antigua Zahorí iba a darle un ataque de apoplejía allí mismo.

—En cualquier caso, no hay necesidad de contárselo a Egwene. Si es que acude. Nada de nada. Bastante tiene con lo suyo.

Indudablemente, aquel «nada de nada» se refería a Merilille y a las Detectoras de Vientos. Estaban en camisón, sentadas en la cama, en el segundo piso de El Nuevo Arado, con sendos ter’angreal del sueño, los retorcidos anillos de piedra, colgando de sus cuellos, el de Elayne de un sencillo cordel de cuero, y el de Nynaeve, junto con el pesado sello de oro de Lan, de una fina cadena dorada. Aviendha y Birgitte, todavía vestidas, se hallaban sentados en dos baúles de ropa. Montando guardia, como lo llamaron ellas, hasta que Nynaeve y Elayne regresaran del Mundo de los Sueños. Ambas conservaron las capas echadas sobre los hombros hasta que se metieron en la cama. El Nuevo Arado no tenía nada de nuevo, definitivamente; las grietas surcaban como finas telarañas las paredes enlucidas, y había corrientes de aire por todas partes.

El cuarto en sí era pequeño, y los baúles y paquetes amontonados dejaban espacio para poco más que la cama y el lavabo. Elayne sabía que tenía que presentarse apropiadamente en Caemlyn, pero a veces se sentía culpable porque los albardones transportaran sus pertenencias, cuando la mayoría tenía que arreglarse con lo que podía cargar a la espalda. Desde luego, Nynaeve no dio señal en ningún momento de sentirse mal por sus baúles. Llevaban dieciséis días de viaje; al otro lado de la estrecha ventana, la luna llena brillaba sobre el manto blanco de la nieve, que haría más lenta la marcha al día siguiente aunque el cielo se mantuviera despejado, y Elayne pensó que prever otra semana para llegar a Caemlyn sería un cálculo demasiado optimista.

—Tengo bastante sentido común para no recordárselo —le contestó a Nynaeve—. No me apetece recibir otro tirón de orejas.

Ése era un modo muy suave de decirlo. No habían vuelto al Tel’aran’rhiod desde que informaron a Egwene, la noche siguiente de la partida de la hacienda, de que se había utilizado el Cuenco de los Vientos. A regañadientes, también le habían contado el acuerdo que se habían visto obligadas a aceptar con las Detectoras de Vientos, y se encontraron de golpe ante la Sede Amyrlin con la estola de colores sobre los hombros. Elayne sabía que había sido necesario y justo —la mejor amiga de una reina entre todos sus súbditos sabía que, además de su amiga, era reina, debía saberlo—, pero no le había resultado grato que su amiga les dijera en tono acalorado que su comportamiento había sido el de unas necias sin pizca de seso y que lo que habían hecho podría llevarlas al desastre a todas. No fue agradable, sobre todo teniendo en cuenta que ella estaba de acuerdo. Tampoco le había gustado oír que la única razón por la que Egwene no les imponía un castigo que les pondría los pelos de punta era que no podía permitirse el lujo de hacerles perder tiempo. Necesario y justo, sin embargo; cuando se sentase en el Trono del León, seguiría siendo Aes Sedai, y estaría sujeta a las leyes y reglas de las Aes Sedai. No para Andor —jamás entregaría su país a la Torre Blanca—, sino con respecto a sí misma. De modo que, por desagradable que hubiese sido, aceptó la amonestación con calma. Nynaeve se había encogido de vergüenza, balbuceando protestas y enfurruñándose, pero después se deshizo en disculpas hasta el punto que Elayne casi no podía creer que fuese la misma mujer que conocía. Como era debido, Egwene había mantenido su actitud como Amyrlin, mostrando un frío desagrado incluso mientras concedía el perdón por sus errores. En el mejor de los casos, esa noche no iba a ser agradable ni cómoda si Egwene se encontraba allí.

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