El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Si con ello hubiese conseguido que el resto del viaje transcurriera con tranquilidad, Elayne se habría unido de buena gana a esas mujeres en sus grasientos quehaceres. Mucho antes de llegar a Caemlyn, tuvo la prueba de que sus temores no eran infundados.
Una vez que llegaron a la primera calzada, estrecha y polvorienta, poco más que un sendero de carretas, empezaron a aparecer granjas, con las casas y los graneros de piedra con techos de paja aferrados a las laderas o enclavados en hondonadas. De allí en adelante, tanto si el terreno era ondulado o llano, boscoso o despejado, rara vez pasaban muchas horas sin que tuviesen a la vista una granja o un pueblo. En estos últimos, mientras los lugareños miraban con los ojos muy abiertos a los extraños forasteros, Elayne intentaba enterarse de cuánto apoyo tenía la casa Trakand y qué era lo que más preocupaba o interesaba a la gente. Encarar esas preocupaciones sería importante a fin de consolidar su reclamación al trono lo suficiente como para que prosperara, tan importante como el respaldo de otras casas. Descubrió muchas cosas, ya que no las que le habría gustado oír. Los andoreños reclamaban el derecho a decir lo que pensaban a la propia reina; no se mostraban en absoluto cohibidos ante una joven noble, por muy peculiares que fuesen sus compañeros de viaje.
En un pueblo llamado Damelien, donde se levantaban tres molinos junto a un pequeño río, con el caudal lo bastante bajo para que las altas ruedas permanecieran secas, el posadero de Las Gavillas Doradas admitió que pensaba que Morgase había sido una buena reina, la mejor posible, la mejor que había habido.
—Su hija podría haber sido también una buena dirigente —murmuró mientras se daba golpecitos en la barbilla—. Lástima que el Dragón Renacido las haya matado. Supongo que tenía que hacerlo, por las Profecías o algo así, pero no tenía derecho a secar los ríos, ¿verdad? ¿Cuánta cebada decís que necesitan vuestros caballos, milady? Está carísima, ojo.
Una mujer de rostro duro, con un desgastado vestido marrón que le colgaba como si hubiese perdido peso, inspeccionaba un campo rodeado por una valla baja de piedra, donde el aire caliente levantaba nubes de polvo que arrastraba hacia el bosque. Las otras granjas en los alrededores de Colina Huesa estaban en tan malas condiciones o peor.
—Ese Dragón Renacido no tenía derecho a hacernos esto, ¿a que no? ¡A vos os pregunto! —Escupió y miró ceñuda a Elayne—. ¿El trono? Oh, Dyelin es tan buena como cualquier otra, ahora que Morgase y su hija han muerto. Por aquí todavía hay quien habla de Naean o Elenia, pero yo estoy de parte de Dyelin. Sea cual fuere, Caemlyn está muy lejos, y yo tengo cosechas de las que ocuparme. Si es que vuelvo a recoger alguna cosecha.
—Oh, es cierto, milady, de veras; Elayne está viva —le dijo un viejo y sarmentoso carpintero en Mercado de Forel. Estaba completamente calvo y tenía los dedos deformados por la edad, pero el trabajo que había entre las virutas y el serrín que cubrían su taller era tan fino como cualquiera que Elayne había visto antes. En el taller sólo estaban el anciano y ella. Por el aspecto del pueblo, la mitad de sus habitantes se habían marchado—. El Dragón Renacido ha enviado a buscarla para llevarla a Caemlyn y así ponerle él mismo la Corona de la Rosa. La noticia ha corrido por todas partes. No es justo, si queréis saber mi opinión. Según he oído, él es uno de esos Aiel de ojos negros. Deberíamos marchar contra Caemlyn y echarlos a él y a todos sus Aiel de vuelta al lugar de donde vinieron. Entonces Elayne podría reclamar el trono por sí misma. Bueno, si es que Dyelin la deja.
Elayne oyó muchos comentarios sobre Rand, rumores sobre que había jurado fidelidad a Elaida, que se había coronado rey de Illian, y sobre todo tipo de cosas. En Andor se lo culpaba de todo lo malo que había ocurrido en los últimos dos o tres años, incluidos los partos de niños muertos, las piernas rotas, las plagas de langosta, los nacimientos de terneros con dos cabezas y de pollos con tres patas. E incluso la gente que pensaba que su madre había destruido el país y que en buena hora la casa Trakand ya no ocupaba en el trono, seguía considerando a Rand un invasor. Se suponía que el Dragón Renacido tenía que luchar contra el Oscuro en Shayol Ghul, y debería expulsárselo de Andor. Nada de lo que había esperado oír, ni una sola cosa. Pero se repitieron una y otra vez. No fue un viaje agradable en absoluto. Resultó una larga lección sobre uno de los dichos favoritos de Lini: «No es la piedra que ves la que te hace tropezar y caer de bruces».
Temió que otras situaciones, aparte de las nobles, causaran problemas, que algunas estallarían con tanta fuerza como el acceso. Las Detectoras de Vientos, crecidas por el acuerdo hecho con Nynaeve y con ella, se comportaban de un modo irritante, con aires de superioridad hacia las Aes Sedai, en especial después de descubrirse que Merilille había accedido a ser una de las primeras hermanas en ir a los barcos. No obstante, aunque el chisporroteo continuó como la mecha prendida de uno de los fuegos de artificios de los Iluminadores, la explosión no llegó a producirse. La situación entre las Detectoras de Vientos y las Allegadas, en particular el Círculo de Labores de Punto, ciertamente parecía a punto de saltar por el aire. Se lanzaban miradas que mataban, cuando no mostraban un abierto desprecio, las Allegadas hacia las «espontáneas llenas de ínfulas» y las Atha’an Miere por las «agachadizas costeras, lamedoras de pies Aes Sedai». Pero las cosas no llegaron más allá de muecas agresivas o manos acariciando dagas.
Ni que decir tiene que Ispan planteaba problemas que a Elayne no le cabía duda de que aumentarían; sin embargo, después de unos días, Vandene y Adeleas le permitieron cabalgar sin la cabeza tapada, aunque no sin escudar, una figura silenciosa con cuentas de colores entretejidas en las finas trencillas, con el rostro intemporal agachado y las manos inmóviles sobre las riendas. Renaile les dijo a todas las que quisieron escuchar que entre los Atha’an Miere a un Amigo Siniestro o una Amiga Siniestra se lo despojaba de sus nombres tan pronto como se demostraba su culpabilidad y a continuación se lo arrojaba por la borda, atado a lastres de piedras. Entre las Allegadas, incluso Reanne y Alise palidecían cada vez que veían a la tarabonesa. Sin embargo, Ispan se volvía más y más dócil, ansiosa por complacer y llena de sonrisas obsequiosas para las hermanas de cabello blanco, hiciesen lo que hiciesen con ella cuando la llevaban aparte del resto cada noche. Por otro lado, Adeleas y Vandene se sentían cada vez más frustradas. Adeleas le contó a Nynaeve, en presencia de Elayne, que la mujer estaba soltando montones de viejos complots del Ajah Negro, aquellos en los que no había tomado parte con mucho más entusiasmo que en los que sí se había visto involucrada; no obstante, y aun cuando la presionaban sin darle respiro —Elayne fue incapaz de preguntar cómo la presionaban— y se le escapaban nombres de Amigas Siniestras, la mayoría de ellas estaban muertas y ninguna era una hermana. Vandene decía que empezaban a temer que hubiese prestado un Juramento —la mayúscula resultó obvia en su tono— contra delatar a sus compinches. Siguieron aislando a Ispan todo lo posible y continuaron con los interrogatorios, pero saltaba a la vista que ahora iban a tientas y con mucho cuidado.
Y estaban Nynaeve y Lan. Todo un problema, con ella a punto de reventar por el esfuerzo de contener el genio delante de él, soñando con él cuando tenían que dormir separados —lo que ocurría casi siempre, debido a que tenían que dividirse en grupos para alojarse— y debatiéndose entre la ansiedad y el temor cuando podía escabullirse con él en un pajar. Era culpa suya haber escogido una ceremonia nupcial de los Marinos, en opinión de Elayne. Los Marinos creían en la jerarquía tan profundamente como creían en el mar, y sabían que una mujer y su esposo podían ser ascendidos uno más que otro muchas veces en su vida, de modo que sus ritos nupciales tenían ese detalle en cuenta. Aquel de los dos que tuviese derecho a mandar sobre el otro en público, debía obedecer en la intimidad. Lan nunca se aprovechaba de eso, o así lo afirmaba Nynaeve —«en realidad, no», aclaraba, significase lo que significase tal cosa. Siempre se ponía colorada cuando lo decía—, pero no dejaba de esperar que él lo hiciera, y el hombre parecía sentirse cada vez más divertido con el asunto. Esa reacción, desde luego, ponía a Nynaeve a punto de estallar. Y Nynaeve estalló, contrariamente a todos los demás conflictos que temía Elayne. Estaba que mordía y hablaba bruscamente a cualquiera que se cruzara en su camino. Excepto a Lan; con él, era toda mieles. Y tampoco a Alise. Estuvo a punto una o dos veces, pero ni siquiera Nynaeve parecía capaz de gritarle a Alise.