El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—¿Dónde está Ispan? —preguntó en voz baja mientras ayudaba a Aviendha a desmontar. Eran tantas las mujeres que sabían que llevaban prisionera a una Aes Sedai, una hermana Negra, que la noticia estaba abocada a extenderse por la heredad como el fuego en la hierba seca, pero sería mejor que la gente de la casa estuviese un poco preparada.
—Adeleas y Vandene la llevaron a una pequeña cabaña de leñadores, a unos quinientos o seiscientos metros de aquí —contestó el hombre en tono igualmente bajo—. Con todo este jaleo, no creo que nadie reparase en una mujer con un saco sobre la cabeza. Las hermanas dijeron que se quedarían con ella esta noche.
Elayne sintió un escalofrío. Al parecer, la Amiga Siniestra iba a ser sometida a otro interrogatorio tan pronto como se pusiera el sol. Ahora estaban en Andor, y ello hacía que se sintiese aún más responsable, como si hubiese dado la orden de hacerlo.
Poco después, se hallaba en una bañera de cobre, disfrutando del jabón perfumado y de la piel limpia de nuevo, riendo y salpicando agua a Birgitte, que estaba repantigada perezosamente en otra bañera, salvo cuando respondía salpicando agua también, ambas riendo divertidas por el gesto aterrado de Aviendha, que no conseguía ocultar del todo, al verse sumergida en agua hasta el pecho. Sin embargo, la Aiel pensó que era una buena broma a su costa, y contó una historia indecente por demás sobre un hombre al que se le clavaban espinas de segade en el trasero. Birgitte relató otra, aún más desvergonzada, sobre una mujer a la que se le quedaba la cabeza atascada entre las tablillas de una valla y que hizo que incluso Aviendha se sonrojara. Sin embargo, eran divertidas. Elayne habría querido saber una para contarla.
Aviendha y ella se peinaron el cabello la una a la otra —un rito nocturno entre medio hermanas— y después se acurrucaron, agotadas, en la cama de dosel de un pequeño dormitorio. Aviendha y ella, y Nynaeve y Birgitte, y gracias que no había nadie más. Los cuartos más grandes estaban abarrotados de catres y camastros, incluidas las salas de estar, las cocinas y gran parte de los pasillos. Nynaeve se pasó la mitad de la noche rezongando sobre la indecencia de hacer dormir a una mujer separada de su marido, y la otra mitad hincándole los codos a Elayne cada vez que ésta se quedaba dormida. Birgitte se negó en redondo a cambiarle el sitio, y Elayne no podía pedirle a Aviendha que aguantara los fuertes codazos de la mujer, de modo que apenas cerró los ojos.
La heredera del trono estaba grogui cuando se prepararon para partir a la mañana siguiente, con el sol saliendo por el horizonte como una gran bola de oro fundido. La casa no podía prescindir de muchos animales a menos que quisiera dejar pelada a la hacienda, por lo que, mientras ella montaba un castrado negro, llamado Fogoso, y Aviendha y Birgitte también tenían nuevas monturas, las que habían ido a pie cuando huyeron de la granja de las Allegadas, siguieron a pie. Eso incluía a la mayoría de las Allegadas, a los criados que conducían por las riendas a los animales de carga y a unas veinte mujeres que obviamente lamentaban lo indecible haber acudido a la granja en busca de paz y sosiego. Los Guardianes marchaban en vanguardia para explorar el camino a través de onduladas colinas, pobladas de bosques resecos por la sequía, y el resto de la columna se extendía cual una serpiente muy peculiar, con Nynaeve, Elayne y las otras hermanas a la cabeza. Y Aviendha, por supuesto.
Formaban un grupo que difícilmente podía pasar inadvertido, con tantas mujeres viajando en compañía de tan pocos hombres de escolta, por no mencionar a veinte Detectoras de Vientos de tez oscura, que se sostenían sobre los caballos torpemente y que resultaban tan llamativas como aves de plumajes exóticos, así como nueve Aes Sedai, seis de ellas reconocibles como tales para cualquiera que supiese qué buscar. Aunque una iba con un saco de cuero tapándole la cabeza, por supuesto. Eso por sí solo bastaba para llamar la atención. Elayne había esperado llegar a Caemlyn pasando inadvertidos, pero tal cosa no parecía posible ya. Aun así, no había razón para que nadie sospechara que la heredera del trono, Elayne Trakand en persona, formase parte del grupo. Al principio, pensó que la mayor dificultad que se les podía presentar era que algún rival al trono se enterase de su presencia y enviara hombres armados con intención de tomarla bajo custodia hasta que se hubiese resuelto la sucesión.
A decir verdad, esperaba que el primer problema surgiera por parte de las nobles y artesanas, todas ellas mujeres orgullosas, y todas con los pies molidos ya que no estaban acostumbradas a patear por colinas polvorientas. Máxime cuando la doncella de Merilille tenía su propia yegua. A las contadas granjeras que había en el grupo no parecía importarles demasiado, pero casi la mitad de esas mujeres poseían tierras y casas solariegas y palacios, y gran parte de las demás se podrían haber permitido comprar una hacienda, si no dos o tres. Entre ellas había dos orfebres, tres tejedoras que eran propietarias de más de cuatrocientos telares en total, una mujer cuyas fábricas producían una décima parte de todos los artículos lacados que se manufacturaban en Ebou Dar, y una banquera. Caminaban con sus pertenencias sujetas a la espalda con correas, mientras sus caballos llevaban albardas rebosantes de provisiones. Era absolutamente necesario. Hasta la última moneda que había en las bolsas de dinero de todo el mundo había ido a parar a un fondo común que se dejó al cuidado de la agarrada Nynaeve, pero quizá no fuera suficiente para comprar comida, forraje y hospedajes para una partida tan numerosa hasta llegar a Caemlyn. No parecían entenderlo. Protestaron en voz alta e incesantemente durante el primer día de marcha. La que más se hacía oír era una noble delgada, con una fina cicatriz en la mejilla, una mujer de rostro severo llamada Malien, que casi se hundía bajo el peso de un enorme fardo que contenía una docena o más de vestidos con las correspondientes enaguas.
Cuando acamparon esa primera noche, ya con las lumbres ardiendo bajo el crepúsculo y todo el mundo con el estómago lleno de judías y pan, ya que no muy satisfecho con el menú, Malien reunió a las nobles, cuyos vestidos de seda estaban más que sucios por el viaje. Las artesanas se les unieron también, así como la banquera, y las granjeras se quedaron cerca de ellas. Antes de que Malien tuviese tiempo de pronunciar una palabra, Reanne se aproximó al grupo. Con el rostro lleno de arrugas gestuales, el sencillo vestido de paño con la falda recogida en el lado izquierdo para dejar a la vista las enaguas de colores, podría haber pasado por una de las granjeras.
—Si deseáis volver a casa —anunció con su voz de timbre sorprendentemente agudo—, podéis hacerlo en cualquier momento. Lamento tener que quedarnos con vuestros caballos, sin embargo. Se os pagará por ellos tan pronto como pueda arreglarse. Si preferís quedaros, por favor recordad que las reglas de la granja siguen en vigor.
Varias de las mujeres se quedaron boquiabiertas; Malien no fue la única que lo hizo con gesto enfadado.
Alise apareció al lado de Reanne como por ensalmo, puesta en jarras. Ahora no sonreía.
—Dije que las diez últimas estuviesen preparadas para lavar los cacharros —empezó firmemente y, a continuación, dijo los nombres; Jillien, una orfebre metida en carnes; Naiselle, la banquera de mirada fría, y las ocho nobles. Se quedaron mirándola de hito en hito hasta que Alise dio unas palmadas y añadió—: No me hagáis invocar la norma sobre el incumplimiento de la parte que os corresponde de las tareas.
Malien, con los ojos abiertos a más no poder y farfullando con incredulidad, fue la última en salir corriendo y en empezar a recoger los cuencos sucios, pero a la mañana siguiente redujo su fardo dejando vestidos de seda con encajes y enaguas en la ladera de la colina antes de emprender la marcha. Elayne seguía esperando un estallido, pero Reanne mantenía el control con mano dura, y Alise con mayor firmeza, y si Malien y las otras lanzaban miradas hoscas y rezongaban por las manchas de grasa que cundían día a día en sus ropas, Reanne sólo tenía que decirles unas cuantas palabras para que se pusieran a la tarea; por su parte, Alise sólo tenía que dar unas palmas para lograr el mismo resultado.