El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Sin embargo, cuando se soñaron en el Salidar del Tel’aran’rhiod, dentro de la habitación de la Torre Chica a la que llamaban el estudio de la Amyrlin, Egwene no se encontraba allí, y la única señal de que la había visitado desde su anterior encuentro eran unas palabras apenas visibles, marcadas en un panel de la pared roída por la carcoma, como si la mano que las había trazado no hubiese querido tomarse el trabajo de arañar más profundamente la madera.
QUEDAOS EN CAEMLYN
Y a unos cuantos palmos de distancia:
GUARDAD SILENCIO Y TENED CUIDADO
Ésas habían sido las últimas instrucciones de Egwene. Ir a Caemlyn y quedarse allí hasta que ella pudiera determinar cómo impedir que la Antecámara las pusiera a todas en salmuera dentro de un barril, con la tapa bien clavada. Un recordatorio que no había modo de borrar de la memoria.
Elayne abrazó el saidar y encauzó para dejar su propio mensaje, el número quince aparentemente raspado sobre el grueso tablero de lo que había sido el escritorio de Egwene. Invertir el tejido y atarlo significaba que sólo alguien que pasara los dedos sobre los números se daría cuenta de que no estaban realmente grabados en la madera. Quizá no tardarían quince días en llegar a Caemlyn, pero sí más de una semana, de eso no cabía duda.
Nynaeve se acercó a la ventana y escudriñó a uno y otro lado, con cuidado de no asomar la cabeza a través del marco. Era de noche, igual que en el mundo de vigilia, y la luna llena brillaba sobre la nieve, si bien el aire no se sentía frío. No debía haber nadie allí salvo ellas, y si lo había, era alguien que había que evitar.
—Espero que no esté teniendo problemas con su plan —murmuró.
—Nos advirtió no mencionar eso ni siquiera entre nosotras, Nynaeve. «A un secreto dicho en voz alta le crecen alas». —Ésa era otra de las máximas preferidas de Lini.
Nynaeve hizo una mueca y luego se volvió para atisbar el estrecho callejón.
—En tu caso es diferente. Cuidé de ella de pequeña, le cambié los pañales, le di unos azotes un par de veces. Y ahora tengo que responder prestamente cuando chasquea los dedos. Es duro.
Elayne no pudo remediarlo. Chasqueó los dedos.
Nynaeve giró sobre sí misma con tanta rapidez que su figura se tornó borrosa, igual que su rostro, con los ojos desorbitados por el terror. También su vestido se desdibujó, pasando del traje de montar de seda azul, al blanco con bandas de las Aceptadas, del cual pasó a otro oscuro del grueso y buen paño de Dos Ríos. Cuando cayó en la cuenta de que Egwene no se encontraba allí, que no la había escuchado, fue tal su alivio que por poco no se desmayó.
Una vez que hubieron regresado a sus cuerpos y se despertaron lo suficiente para decirles a las otras que podían acostarse, a Aviendha le pareció un buen chiste lo ocurrido, y Birgitte también se rió. Sin embargo, Nynaeve tuvo su venganza. A la mañana siguiente, despertó a Elayne metiéndole un carámbano en el camisón. Los chillidos de la heredera del trono despertaron a todo el pueblo.
Tres días después, se produjo el primer estallido.
21
Acudir al emplazamiento
Las fuertes borrascas invernales, conocidas como las cemaras, continuaron llegando desde el Mar de las Tormentas, las más violentas de que se tenía memoria. Algunos decían que ese año las cemaras intentaban recuperar los meses de retraso. Los rayos crepitaban en el cielo con suficiente intensidad para quebrar la oscuridad de la noche. El viento azotaba la tierra y la lluvia la flagelaba, convirtiendo todas las calzadas, salvo las más resistentes, en ríos de barro. A veces éste se helaba al caer la noche, pero el amanecer siempre traía el deshielo, incluso con cielos cubiertos, y el suelo volvía a tornarse un cenagal. A Rand le sorprendió hasta qué punto había obstaculizado sus planes el cambio del tiempo.
Los Asha’man que había mandado llamar acudieron pronto, a media mañana del día siguiente, saliendo a caballo por un acceso hacia un aguacero que oscurecía tanto el sol que parecía un crepúsculo. A través del agujero en el aire, se veía caer la nieve en Andor, grandes copos blancos, tan copiosos que ocultaban lo que había detrás. La mayoría de los hombres de la corta columna iban abrigados con gruesas capas negras, pero la lluvia parecía resbalar alrededor de ellos y de sus monturas. No era algo que saltase a la vista, pero cualquiera que se fijara miraría con mayor detenimiento. Mantenerse seco requería sólo un tejido sencillo, siempre y cuando no importara hacer alarde de lo que uno era. Claro que de eso ya se encargaba el círculo negro y blanco, bordado sobre fondo carmesí, en la pechera de las capas. Aun medio ocultos por la lluvia, emanaba de ellos orgullo, había arrogancia en el modo en que se sostenían sobre las sillas. Y un aire de desafío. Se enorgullecían de lo que eran.
Su comandante, Charl Gedwyn, de estatura media, era unos pocos años mayor que Rand y, al igual que Torval, lucía las insignias de la espada y el dragón en una chaqueta de excelente corte y cuello alto, de la mejor seda negra. Su espada iba suntuosamente engastada con plata, así como el talabarte, cuya hebilla, del mismo metal precioso, tenía la forma de un puño cerrado. Gedwyn se refería a sí mismo con el término Tsorovan’m’hael, vocablo de la Antigua Lengua que podía traducirse por «Líder de Asalto», ya que la palabra Tsorovan tenía una acepción habitual, «tormenta», y también una acepción militar «tomar por asalto». Al menos en el primer caso parecía muy apropiado al tiempo que hacía.
Con todo, el hombre entró en la tienda y se quedó junto a la puerta, contemplando con gesto ceñudo el fuerte aguacero. Una guardia montada de los Compañeros rodeaba la tienda, a unos treinta pasos de distancia, pero apenas se los veía. Por el modo en que hacían caso omiso del torrente de agua, habríase dicho que eran estatuas.
—¿Cómo esperáis que encuentre a nadie en esta turbonada? —masculló Gedwyn, girando la cabeza hacia atrás para mirar a Rand. Con una fracción de segundo de retraso, añadió—: Milord Dragón. —Sus ojos eran duros y desafiantes, pero siempre tenían esa expresión, ya mirasen a un hombre o a un poste—. Rochaid y yo hemos traído a ocho Dedicados y a cuarenta soldados, suficientes para destruir cualquier ejército o para acobardar a diez reyes. Incluso podrían hacer parpadear a una Aes Sedai —comentó irónicamente—. Así me abrase, él y yo solos podríamos hacer un buen trabajo. O vos. ¿Por qué necesitáis a otros?
—Lo que espero es que obedezcas, Gedwyn —replicó fríamente Rand. ¿Líder de Asalto? Y Manel Rochaid, el segundo de Gedwyn, se hacía llamar Baijan’m’hael, es decir, Líder de Ataque. ¿Qué pretendía Taim creando nuevos rangos? Lo importante era que creara armas. Y que esas armas conservaran la cordura el tiempo suficiente para poder utilizarlas—. No que pierdas el tiempo cuestionando mis órdenes.
—Como ordenéis, milord Dragón —murmuró Gedwyn—. Mandaré unos hombres a explorar inmediatamente.
Con un seco saludo, llevando el puño al pecho, salió a la tormenta. El diluvio se desvió a su alrededor, azotando el escudo que había tejido en torno a su cuerpo. Rand se preguntó si el hombre sospechaba lo cerca que había estado de morir cuando asió el saidin sin previo aviso.
«Debes matarlo antes de que él te mate a ti. —Lews Therin soltó una risilla—. Porque lo harán, ¿lo sabes, verdad? Los muertos no pueden traicionar a nadie. —La voz que sonaba en la mente de Rand se tornó cavilosa—. Aunque a veces no mueren. ¿Estoy muerto yo? ¿Lo estás tú?»
Rand relegó la voz a los recovecos de su cerebro de manera que se redujo a un apagado zumbido casi imperceptible. Desde su reaparición dentro de la mente de Rand, Lews Therin rara vez guardaba silencio si no era por la fuerza. El hombre parecía más demente que nunca la mayor parte del tiempo, y también más furioso. Y en ocasiones más fuerte, asimismo. Esa voz invadía los sueños de Rand, y cuando se veía a sí mismo en un sueño, no siempre era él, ni por lo más remoto. Tampoco era Lews Therin, el semblante que había llegado a reconocer como el de él. A veces era una imagen borrosa, si bien vagamente familiar, y también parecía sobresaltar a Lews Therin. Ésa era una indicación de hasta dónde llegaba la demencia del hombre. O quizá la suya.