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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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«Aún no —pensó Rand—. No puedo permitirme caer en la locura todavía».

«¿Cuándo, entonces?», susurró Lews Therin antes de que Rand pudiera acallarlo de nuevo.

Con la llegada de Gedwyn y los otros Asha’man, su plan de empujar a los seanchan hacia el oeste se puso en marcha. Se puso en marcha y avanzó tan lentamente como un hombre caminando trabajosamente por una de aquellas calzadas embarradas. Trasladó su campamento de inmediato, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar sus movimientos. No tenía sentido esforzarse en mantenerlo en secreto. Las noticias viajaban despacio con las palomas, y aún más con los correos, desde la llegada de las cemaras, pero no tenía la menor duda de que lo vigilaban, ya fuese la Torre Blanca, los Renegados o cualquiera que considerase una ventaja o un perjuicio que el Dragón Renacido fuera aquí o allí y pudiera permitirse dar dinero bajo cuerda a un soldado. Tal vez incluso los seanchan. Si él podía seguir sus movimientos, ¿por qué no a la inversa? No obstante, ni siquiera los Asha’man sabían por qué se trasladaba.

Mientras Rand observaba ociosamente a los hombres que recogían su tienda y la cargaban en una carreta, Weiramon apareció en uno de sus numerosos corceles, un castrado blanco, un excelente purasangre teariano. Había dejado de llover, si bien las nubes grises seguían ocultando el sol de mediodía y había tanta humedad en el aire que daba la impresión de que se le habría podido exprimir agua con las manos. El Estandarte del Dragón y la Enseña de la Luz colgaban fláccidos y empapados de los altos astiles.

Los Defensores tearianos habían reemplazado a los Compañeros, y mientras Weiramon recorría a caballo el anillo de jinetes, miró ceñudo a Rodrivar Tihera, un tipo delgado, muy atezado incluso para ser teariano, con la barba recortada formando un pronunciado pico. Noble de escasa importancia, que había tenido que ascender a fuerza de méritos, Tihera era puntilloso en extremo. Las anchas plumas blancas que adornaban su morrión dieron mayor realce a la rebuscada inclinación de cabeza con la que saludó a Weiramon. El ceño del Gran Señor se acentuó.

No era necesario que el Capitán de la Ciudadela estuviese personalmente a cargo de la guardia de Rand, pero lo hacía con frecuencia, del mismo modo que Marcolin dirigía a menudo la guardia de los Compañeros. Existía una enconada rivalidad entre Defensores y Compañeros en cuanto a quién debía proteger a Rand. Los tearianos reclamaban ese derecho basándose en que había dirigido Tear durante más tiempo, en tanto que los illianos se apoyaban en el hecho de que, al fin y a la postre, era rey de Illian. Quizás habían llegado a oídos de Weiramon algunos rumores que corrían entre los Defensores acerca de que ya iba siendo hora de que Tear tuviese un monarca, y ¿quién mejor que el hombre que había tomado la Ciudadela? Weiramon estaba completamente de acuerdo en esa necesidad, pero no en la elección de quién debería llevar la corona. Y no era el único.

El hombre suavizó el gesto tan pronto como advirtió que Rand estaba observando, y bajó de la silla labrada con oro para hacerle una reverencia que hizo parecer sencilla la de Tihera. Envarado a más no poder, era capaz de pavonearse y darse aires incluso dormido. Con todo, torció un poco el gesto al plantar la lustrada bota en el barro. Llevaba una capa para la lluvia a fin de que sus excelentes ropas no se mojaran, pero hasta esa prenda iba cuajada de bordados en oro y tenía zafiros engastados en el cuello. A pesar de que Rand lucía una chaqueta de seda, en un color verde profundo, con abejas doradas a lo largo de las mangas y en las solapas, se habría podido perdonar a cualquiera el error de creer que la Corona de Espadas pertenecía a la cabeza del teariano, no a la suya.

—Milord Dragón —entonó Weiramon—. No tengo palabras para expresar lo feliz que me siento de que sean tearianos los que velan por vuestra seguridad. Sin duda el mundo lloraría si os ocurriera algo.

Era demasiado listo para decir a las claras que los illianos no eran de fiar. Listo por un pelo.

—Lo haría, antes o después —repuso secamente Rand. Después de que la mayor parte acabara de celebrarlo—. Sé cuántas lágrimas derramarías tú, Weiramon.

El tipo se pavoneó, de hecho, y se atusó la punta de su barba canosa. Sólo había oído lo que quería oír.

—Sí, milord Dragón, podéis tener por segura mi lealtad. Razón por la cual estoy preocupado a causa de las órdenes que me trajo vuestro hombre esta mañana.

Se refería a Adley; muchos de los nobles pensaban que actuando como si los Asha’man fueran simples sirvientes de Rand serían menos peligrosos de algún modo.

—Muy inteligente por vuestra parte mandar lejos a la mayoría de los cairhieninos —continuó—. Y a los illianos, por supuesto; eso se da por entendido. Puedo incluso entender que hayáis reducido las tropas de Gueyam y los otros. —Las botas de Weiramon chapotearon en el barro cuando el hombre se aproximó, y su voz adoptó un tono confidencial—. Creo que algunos de ellos… Bueno, no diré que hayan conspirado contra vos, pero sí creo que quizá su lealtad no siempre haya estado fuera de duda. Como lo está la mía. Incuestionable. —Su voz cambió de nuevo, adoptando un timbre fuerte, de seguridad, la de un hombre preocupado sólo de las necesidades de aquel a quien sirve. El que sin duda lo nombraría primer rey de Tear—. Permitidme que lleve a todos mis mesnaderos, milord Dragón. Con ellos y los Defensores, estaría en condiciones de garantizar el honor del Señor de la Mañana, así como su seguridad.

En todos los campamentos individuales que se extendían por el brezal, se cargaban carretas y carros y se ensillaban caballos. La mayoría de las tiendas ya se habían desmontado. La Gran Señora Rosana cabalgaba hacia el norte, con su estandarte desplegado a la cabeza de una columna lo bastante numerosa para dispersar a los bandidos y al menos dar que pensar a los Shaido. Pero no tanto como para darle ideas a la noble, sobre todo cuando la mitad de esos soldados eran hombres de Gueyam y Maraconn, mezclados con Defensores de la Ciudadela. Más o menos lo mismo era aplicable en el caso de Spiron Narettin, que cabalgaba hacia el este, sobre el altozano, con tantos Compañeros y hombres leales a otros miembros del Consejo de los Nueve como mesnaderos suyos, por no mencionar a los hombres que se habían rendido en el bosque, al otro lado de esa elevación, el día anterior. Un número sorprendente de ellos había decidido seguir al Dragón Renacido, pero Rand no se fiaba lo bastante para dejarlos partir juntos. Tolmeran iniciaba la marcha hacia el sur en ese momento, con la misma mezcolanza de fuerzas, y otros partirían tan pronto como se hubiesen cargado sus vehículos de transporte. Cada uno en una dirección distinta, y todos sin poder fiarse de los hombres que lo seguían lo bastante para hacer algo más que cumplir las órdenes impartidas por Rand. Pacificar Illian era una tarea importante, pero todos los lores y ladies lamentaban haber sido enviados lejos del Dragón Renacido, preguntándose obviamente si ello significaba que habían perdido su confianza. Aunque unos cuantos tal vez se plantearan por qué había decidido dejar a los que se quedaban, sin perderlos de vista. Ciertamente, Rosana parecía haberlo pensado.

—Tu interés me conmueve —le dijo a Weiramon—, pero ¿cuántos guardias personales necesita un hombre? No salgo a emprender una guerra. —Un matiz sutil, quizá, pero ese conflicto ya era viejo. Había empezado en Falme, si no antes—. Ocúpate de que tus hombres estén preparados.

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