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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—Lo que le he dicho a Lelaine es válido para todas, Romanda —anunció—. Si es preciso, Tiana puede encontrar dos varas en lugar de una.

La sonrisa de la Asentada Amarilla se borró de golpe.

—Si se me permite hablar, madre —intervino Takima mientras se levantaba despacio. Ensayó una sonrisa, pero por su aspecto seguía sintiéndose fatal—. Personalmente creo que habéis empezado bien. Es posible que sea beneficioso que nos quedemos aquí un mes. O más. —La cabeza de Romanda se giró con brusquedad hacia ella para mirarla fijamente, pero por primera vez Takima no pareció darse cuenta—. Si pasamos el invierno aquí, evitaremos el peor tiempo que hará más al norte, y también podremos planear cuidadosamente…

—Se acabaron los retrasos, hija —la cortó Egwene—. Se acabó dar largas al asunto. —¿Sería otra Gerra u otra Shein? Todavía podía ocurrir cualquiera de las dos cosas—. Dentro de un mes Viajaremos desde aquí. —No; ella era Egwene al’Vere, y sólo la Luz sabía lo que dirían las historias secretas sobre sus defectos y virtudes, pero serían suyos, no copias de cualquier otra mujer—. Dentro de un mes empezaremos el asedio a Tar Valon.

En esta ocasión, el silencio sólo se rompió con los sollozos de Takima.

20

En Andor

Elayne esperaba que el viaje a Caemlyn discurriera sin problemas, y al principio pareció que sería así. Lo creía incluso mientras Aviendha, Birgitte y ella se hallaban sentadas, agotadas hasta la médula y arrebujadas en los harapos que quedaban de sus ropas, sucias con polvo, tierra y sangre de las heridas recibidas cuando explotó el acceso. En dos semanas, como mucho, estaría preparada para presentar su derecho de reclamación al Trono del León. Allí, en lo alto de la colina, Nynaeve Curó sus numerosas heridas y apenas pronunció palabra, aunque no para reprenderlas. A buen seguro, aquélla era una agradable señal, aunque inusitada. En su semblante se reflejaba una lucha entre el alivio de hallarlas con vida y la preocupación.

Hubo que recurrir a la fuerza de Lan para arrancar el dardo de la ballesta seanchan clavado en el muslo de Birgitte antes de que pudiese Curar esa herida. Aunque el rostro de la arquera se tornó lívido y Elayne sintió un dolor intenso a través del vínculo, una punzada que la hizo querer gritar, su Guardiana apenas gimió entre los dientes apretados.

Tai’shar Kandor —murmuró Lan mientras arrojaba al suelo el virote de punta cuadrada, diseñado para perforar armaduras. «Genuina estirpe de Kandor». Birgitte parpadeó y el hombre hizo una pausa—. Discúlpame si me he equivocado. Supuse que eras kandoresa por tus ropas.

—Oh, sí, kandoresa —contestó Birgitte. Su sonrisa forzada podría deberse a las heridas.

Nynaeve apartó impacientemente a Lan para poner sus manos sobre ella. Elayne esperaba que su Guardiana supiese algo más de Kandor que el nombre; cuando Birgitte nació por última vez, por entonces no existía siquiera ese país. Debería haberlo interpretado como presagio.

Birgitte recorrió los ocho kilómetros que había hasta la pequeña casa solariega, detrás de Nynaeve, en la resistente yegua marrón de esta última —llamada Lazo de amantes, ¡nada menos!— y Elayne y Aviendha a lomos del enorme semental negro de Lan. La heredera del trono iba en la silla de Mandarb, con los brazos de la Aiel rodeándole el talle, en tanto que Lan conducía por las riendas al animal de ojos fieros. Los caballos de batalla entrenados eran un arma tanto como una espada, y monturas peligrosas para jinetes desconocidos. «Ten seguridad en ti misma, pequeña —le había dicho siempre Lini—, pero no demasiada», y ella intentaba seguir el consejo. Debería haberse dado cuenta de que tenía un control tan nulo sobre los acontecimientos como con las riendas de Mandarb.

En la casa de piedra de tres plantas, maese Bencorno, robusto y canoso, y la señora Bencorno, algo menos robusta y algo menos canosa, pero por lo demás increíblemente parecida a su marido, tenían a todas las personas que trabajaban en la hacienda, así como a la doncella de Merilille, Pol, y a los criados de uniforme verde y blanco que habían llegado del palacio de Tarasin, yendo y viniendo afanosamente para encontrar un sitio en el que durmieran más de doscientas personas, en su mayoría mujeres, que habían aparecido como si salieran del aire, ya caída la tarde. La tarea se realizó con sorprendente rapidez a pesar de que la gente de la hacienda se paraba para mirar boquiabierta el rostro intemporal de una Aes Sedai o la capa de colores cambiantes de un Guardián que hacía que partes de su cuerpo desaparecieran de la vista, o a una de las mujeres de los Marinos con sus brillantes sedas, sus pendientes en las orejas y la nariz y las cadenitas con medallones. Las Allegadas habían decidido que ya no era peligroso asustarse, y chillaban por mucho que les dijeran Reanne y las mujeres del Círculo de Labores de Punto; las Detectoras de Vientos gruñían por lo lejos de la sal que se encontraban, en contra de sus deseos, como Renaile din Calon manifestaba en voz alta, y las nobles y artesanas que habían estado más que dispuestas a huir de lo que quiera que hubiese en Ebou Dar, cargando de buen grado con sus posesiones a la espalda, ahora se negaban a que las llevaran a un pajar para pasar la noche.

Todo eso ocurría cuando Elayne y los demás llegaron, con el sol muy rojo en el horizonte; había gran agitación y un remolino de gente dando vueltas de un lado a otro por la casa y los edificios con techos de paja de las dependencias, pero Alise Tenjile, sonriendo plácidamente e implacable como una avalancha, parecía tener todo bajo control mucho mejor incluso que los competentes Bencorno. Allegadas que lloraban con más ganas a pesar de los intentos de Reanne por tranquilizarlas, se secaban las lágrimas ante unas palabras susurradas de Alise y empezaban a moverse con el aire resuelto de quienes habían cuidado de sí mismas en un mundo hostil durante muchos años. Nobles altaneras, con Cuchillos de Esponsales colgando sobre los escotes ovalados de sus corpiños adornados con encaje, y artesanas que mostraban casi tanta arrogancia y casi tanto busto, ya que no seda, se encogían al ver aproximarse a Alise y se escabullían rápidamente hacia los altos graneros, abrazando los bultos de sus pertenencias y manifestando en voz alta que siempre habían pensado que sería divertido dormir sobre paja. Incluso las Detectoras de Vientos, muchas de ellas mujeres importantes y poderosas entre los Atha’an Miere, acallaban sus protestas cuando Alise se encontraba cerca. En realidad, Sareitha, que aún no poseía el aire intemporal Aes Sedai, la miraba con recelo mientras toqueteaba su chal de flecos marrones, como para recordarse a sí misma que llevaba la prenda y lo que significaba. Merilille —la imperturbable Merilille— observaba cómo la mujer realizaba su trabajo con una mezcla de aprobación y franco asombro.

Nynaeve se bajó de la yegua delante de la puerta de la casa y dirigió una mirada hosca a Alise, dio un deliberado y comedido tirón a su trenza —tirón que la otra mujer estaba demasiado ocupada para advertir— y penetró en la casa mientras se quitaba los guantes de montar azules y mascullaba entre dientes. Siguiéndola con la mirada, Lan rió quedamente, pero cortó la risa inmediatamente cuando Elayne desmontó. ¡Luz, qué fríos eran sus ojos! Por el bien de Nynaeve, esperaba que el hombre pudiera salvarse de su destino, pero, al mirar esos ojos, lo dudaba mucho.

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