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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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«¿Cuántos han muerto por mi orgullo? —gimió Lews Therin—. ¿Cuántos han muerto por mis errores?»

—¿Puedo al menos saber adónde nos dirigimos?

La pregunta de Weiramon, no exasperada exactamente, sonó por encima de la voz que Rand oía en su mente.

—A la ciudad —respondió, cortante. Ignoraba cuántos habían muerto por sus errores, pero ninguno por su orgullo. De eso estaba seguro.

Weiramon abrió la boca, obviamente confuso en cuanto a si se refería a Tear o a Illian, o quizás incluso a Cairhien, pero Rand lo despidió con un gesto de la mano en la que sostenía el Cetro del Dragón, un movimiento brusco que hizo que el borlón verde y blanco se meciera. Casi deseó poder ensartar con él a Lews Therin.

—¡No tengo intención de quedarme aquí todo el día! ¡Ve con tus hombres!

Menos de una hora después, asió la Fuente Verdadera y se preparó para abrir un acceso para Viajar. Tuvo que combatir el mareo que lo asaltaba últimamente cada vez que aferraba o soltaba el Poder; no llegó a tambalearse en la silla de Tai’daishar, pero con la inmundicia fundida que flotaba en el saidin, la gélida viscosidad, impregnando la Fuente faltó poco para que vomitara. Ver doble, aunque sólo durante unos instantes, hacía difícil, cuando no imposible, tejer los flujos; podía haberle dicho a Dashiva o a Flinn o a uno de los otros que lo hiciera, pero Gedwyn y Rochaid sujetaban las riendas de sus monturas, al frente de una docena, más o menos, de soldados de chaqueta negra, todos los que no habían salido de batida. Aguardando simplemente, con aire paciente. Y observándolo. Rochaid, un palmo más bajo que él y unos dos años más joven, también había alcanzado ya el grado de Asha’man, y su chaqueta era igualmente de seda negra. Un atisbo de sonrisa asomaba a su semblante, como si supiese cosas que los demás ignoraban y ello le divirtiera. ¿Qué sabía? Lo de los seanchan, sin duda, ya que no los planes que tenía Rand para ellos. ¿Qué más? Quizá nada, pero Rand no estaba dispuesto a mostrar la menor debilidad delante de esos dos. El mareo pasó enseguida, la visión doble tardó un poco más, como ocurría siempre en las últimas semanas. Acabó el tejido y luego, sin esperar, clavó talones en el caballo y cabalgó a través del acceso que se desplegaba ante él.

La ciudad a la que se había referido era Illian, aunque el acceso se abría al norte de la urbe. A pesar de la supuesta preocupación de Weiramon, no iba ni desprotegido ni solo. Casi tres mil hombres cabalgaron a través del agujero cuadrado abierto en el aire y salieron a una pradera ondulada, no muy lejos de la amplia y embarrada calzada que conducía al camino elevado de la Estrella del Norte. Aun cuando sólo se había permitido a cada noble llevar consigo un puñado de mesnaderos —para hombres acostumbrados a dirigir a un millar, si no varios millares, cien hombres eran un puñado— entre todos se alcanzaba esa cifra. Tearianos, cairhieninos e illianos, Defensores de la Ciudadela al mando de Tihera, Compañeros al mando de Marcolin, y Asha’man en pos de Gedwyn. Es decir, los Asha’man que habían ido con él, porque Dashiva, Flinn y los demás mantuvieron sus monturas detrás de Tai’daishar, cerca. Todos excepto Narishma, que aún no había regresado; aunque sabía dónde encontrarlo, no le gustaba ese retraso.

Cada grupo se mantenía lo más aislado posible de los demás. Gueyam, Maraconn y Aracome cabalgaban con Weiramon, todos ellos más pendientes de Rand que de hacia dónde se dirigían, y Gregorin Panar con otros tres miembros del Consejo de los Nueve inclinándose en las sillas para hablar en voz baja entre ellos, con aire intranquilo. Semaradrid, seguido por un grupo de lores cairhieninos de rostros tensos, observaba a Rand casi tan fijamente como los tearianos. Rand había elegido a los que irían con él con tanto cuidado como a los que había mandado lejos, no siempre por las razones que otros habrían tenido para hacerlo.

Si hubiera habido curiosos, habrían presenciado un espectáculo soberbio, con todos los estandartes y las banderas multicolores y los pequeños con alzándose en la espalda de algunos cairhieninos. Soberbio, multicolor y muy peligroso. Algunos habían conspirado contra él, y se había enterado de que la casa Maravin de Semaradrid mantenía viejas alianzas con la casa Riatin, que estaba en abierta rebelión contra él en Cairhien. Semaradrid no negaba esa relación, pero tampoco se la había mencionado a Rand antes de que éste tuviera conocimiento de ella. A los componentes del Consejo de los Nueve los conocía desde hacía muy poco, demasiado para correr el riesgo de dejarlos atrás. Y Weiramon era un necio. Dejarlo a su albedrío podría resultar desastroso; podría ocurrírsele la idea de ganarse el favor del Dragón Renacido lanzando un ejército contra los seanchan o Murandy o sólo la Luz sabía contra quién o contra qué. Demasiado necio para dejarlo atrás solo y demasiado poderoso para apartarlo a un lado, así que cabalgaba con Rand y se creía honrado con una distinción. Casi era una lástima que no fuese lo bastante estúpido para hacer algo que justificara ejecutarlo.

Detrás iban los criados y los carros —nadie entendía por qué había enviado Rand todas las carretas con los otros, y él no pensaba dar ninguna explicación; ¿a quién pertenecerían el siguiente par de orejas que escucharían?— y a continuación las largas ringleras de caballos de refresco, conducidas por los encargados de los animales, y desordenadas filas de hombres equipados con petos abollados que no les encajaban bien o coseletes de cuero, reforzados con láminas oxidadas, armados con arcos, ballestas o lanzas, e incluso unas pocas picas; más de los hombres que habían obedecido el emplazamiento de «lord Brend» y que se negaban a regresar a sus casas desarmados. Su líder era el tipo acatarrado con el que Rand había hablado al borde del bosque, Eagan Padros de nombre, y mucho más inteligente de lo que aparentaba. Para un plebeyo resultaba difícil ascender mucho en casi todas partes, pero Rand había distinguido a Padros. Éste agrupó a un lado a sus hombres, pero todos ellos se arremolinaron, apartándose entre sí a codazos para tener mejor vista hacia el sur.

El camino elevado de la Estrella del Norte se extendía, recto como una flecha, a lo largo de kilómetros del marjal que rodeaba Illian; era una amplia calzada de tierra prensada, intercalada de puentes adoquinados. El viento del sur traía olor a sal y un indicio a tenerías. Illian era una ciudad en expansión que fácilmente igualaba en tamaño a Caemlyn o Cairhien. Tejados de intensos colores y centenares de altas torres brillando bajo el sol se distinguían con dificultad al otro lado del mar de hierba anegada por el que vadeaban grullas de largas patas, y bandadas de pájaros blancos volaban bajo a la par que lanzaban estridentes chillidos. Illian nunca había necesitado murallas. Tampoco habrían servido de mucho contra él.

Causó una considerable decepción que no tuviese intención de entrar en Illian, si bien nadie articuló protesta alguna, al menos que él pudiese oír. Con todo, fueron muchos los rostros sombríos y los rezongos mientras se empezaban a levantar campamentos improvisados. Como ocurría con la mayoría de las grandes urbes, Illian tenía fama de lugar misterioso y exótico, con mozos de cervecerías generosos y mujeres complacientes. Al menos entre los hombres que nunca habían estado en ella, aun cuando fuera la capital de su país. La ignorancia siempre hinchaba la reputación de una ciudad en esos aspectos. A la postre, el único que salió a galope por el camino elevado fue Morr. Los hombres que martilleaban las clavijas de las tiendas y preparaban estacadas para atar a los caballos dejaron un momento su trabajo para mirarlo con envidia. Los nobles lo observaron con curiosidad, si bien fingiendo que no lo hacían.

Los Asha’man que estaban con Gedwyn no hicieron caso de Morr y siguieron levantando su campamento, que consistía en una tienda negra como el azabache para Gedwyn y Rochaid, y un espacio donde la empapada hierba marrón y el barro fueron aplastados y exprimidos hasta dejar seca la zona. Lo hicieron con el Poder, naturalmente; lo hacían todo con el Poder, sin molestarse siquiera en encender lumbres. Unos cuantos hombres de los otros campamentos los observaron con los ojos muy abiertos mientras la tienda parecía levantarse por voluntad propia y los cestos salían flotando de las alforjas, pero la mayoría volvió la vista hacia cualquier otro sitio una vez que resultó obvio lo que ocurría. Dos o tres soldados de chaqueta negra parecían hablar consigo mismos.

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