Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 189
Перейти на страницу:

Mark se encogió de hombros.

—La verdad es que no soy quien manda aquí.

—¿Quién si no? —dijo uno de los hombres fornidos.

—Pero... Mark, ¿podemos hablar? —preguntó Tim—. Tengo una idea...

Pensó rápidamente en algo que Wagoner había dicho. Era constructor de apartamentos, pero...

—Sí, podemos hablar —le dijo Mark—, pero no servirá de mucho. —Entregó su rifle a uno de sus compañeros y rodeó la barrera—. ¿De qué quiere hablar?

Tim le llevó hasta el coche.

—Brad, usted dijo que construye apartamentos. ¿Es contratista o arquitecto?

—Ambas cosas.

—Eso me parecía —dijo Tim. Hablaba apresuradamente—. Así pues, entiende de cemento armado y trabajos de construcción. ¡Podría construir una presa!

Wagoner frunció el ceño.

—Supongo...

—¿Lo ves? —dijo Tim en tono de triunfo—. Presas. —Señaló el mapa del Auto Club—. Mira, hay centrales eléctricas y presas junto a la carretera, a partir de aquí y hasta la Sierra, y esas presas reventarán, pero algunas de las pequeñas centrales eléctricas seguirán ahí. Y yo sé bastante de electricidad para hacerlas funcionar si alguien puede construir la presa. Tenéis aquí un equipo completo de electricidad y construcción. Eso debe valer algo.

Tim mentía, pero no creía que aquellos hombres supieran lo bastante de electricidad para hacerle un examen. Y, por otra parte, conocía la teoría, aunque se le hubieran olvidado un poco los aspectos prácticos de los alternadores polifásicos.

Mark pareció pensativo.

—¡Maldita sea! —gritó Tim—. ¡Le di a Jellison cincuenta mil dólares cuando el dinero valía para algo! ¡Al menos puedes decirle que estoy aquí!

—Sí, déjame pensar en ello —dijo Mark.

Lo que Tim decía tenía sentido. Y aquel hombre había sido amigo de Harvey Randall. Si Hamner se hubiera marchado sin reconocerle, hubiera podido olvidar eso, pero no ahora. Harv lo descubriría y tal vez no le gustara. Y cincuenta mil dólares... Mark no había pasado mucho tiempo con el senador, pero Jellison estaba, en cierta forma, chapado a la antigua y tal vez pensara que eso era importante. Estaba también lo que Tim había dicho sobre las presas y las centrales eléctricas. Mark les hubiera dejado pasar, pero no podía. Los Christopher no se lo permitirían, pero todavía escucharían a Jellison.

Mark miró al hombre que acompañaba a Tim, un tipo robusto.

—¿Ha estado en el Ejército? —le preguntó.

—En los marines —dijo Wagoner.

—¿Sabe disparar?

—Todos los marines son primero fusileros. Sí.

—De acuerdo. Lo intentaré. —Mark regresó a la barricada—. Este tipo parece ser un viejo amigo del senador —dijo a los otros—. Iré a decírselo.

El guarda corpulento pareció pensativo. Tim contuvo el aliento.

—Puede esperar —dijo finalmente. Alzó la voz y añadió—: Pónganse al lado y quédense en el coche.

—De acuerdo. —Tim subió al vehículo. Lo apartaron de la carretera hasta dejarlo casi al borde de la cuneta—. Si viene alguien en plan de pelea, estaremos apartados de las balas perdidas.

Observó que Mark ponía en marcha una moto y se alejaba.

—¿Es probable que haya lucha? —preguntó Rosa Wagoner.

—No lo sé —respondió Tim, acurrucándose en el asiento—. Ahora vamos a esperar y a ver.

Eileen se rió. Imaginó a Tim tratando de poner en marcha un enorme generador.

—Toca madera —le dijo.

—Usted le conocía, yo no —dijo el senador Jellison—. ¿Es de alguna utilidad?

Harvey Randall se quedó un momento pensativo.

—Sinceramente no lo sé. Ha llegado hasta aquí y eso dice mucho en su favor. Es un superviviente.

—O ha tenido suerte —dijo Jellison—. Hamner, el Hamner-Brown.. No ha sido afortunado para el mundo. Sí ya sé que descubrir no es inventar. Mark, ¿dices que el otro tipo ha sido marine?

—Eso dice. Y lo parece, senador. Es cuanto sé.

—Seis personas más. Dos mujeres y dos niños. —Jellison reflexionó—. Harvey, ¿qué le parece ese proyecto de hacer que las plantas de electricidad funcionen de nuevo?

—La idea parece útil.

—Sí, pero, ¿puede hacerlo ese Hamner?

Harvey se encogió de hombros.

—La verdad es que no lo sé, senador. Es universitario. Debe saber algo, aparte de astronomía.

—Y yo estoy en deuda con él —dijo Jellison—. La cuestión es si le debo suficiente. Aquí podemos pasar hambre este invierno. —Se quedó de nuevo pensativo—. El tipo que descubrió el cometa. Eso me dice una cosa, que probablemente tiene paciencia. Y podemos establecer un puesto de vigilancia en lo alto del despeñadero, donde esté alguien que vigile de veras. Y tenemos un marine que tal vez construya presas o no. ¿Fue oficial o soldado raso, Mark?

—No lo sé, senador. Supongo que oficial, pero no podría asegurarlo.

—Sí. Bien, siempre me gustaron los marines. Mark, ve y dile al señor Hamner que hoy es su día de suerte.

El rostro de Mark lo dijo todo. Tim lo supo cuando Mark se acercó al coche.

Estaban a salvo. Después de todo lo ocurrido, estaban a salvo. A veces los sueños se convierten en realidad, aunque uno los cuente.

LA FORTALEZA: DOS

La importancia de la información es directamente proporcional a su eventualidad.

Tesis fundamental de la teoría de la información

Montar guardia no era algo que entusiasmara a Al Hardy, pero no tenía elección. Alguien tenía que vigilar, y los trabajadores del rancho eran más útiles en otros menesteres. Además, Hardy podía tomar decisiones en nombre del senador.

Ansiaba el fin de todo aquello. No creía que faltara mucho tiempo hasta que pudieran prescindir de guardas junto a la puerta del rancho. Ahora el bloqueo de la carretera detenía a la mayor parte de los intrusos, pero no a todos. Algunos llegaban andando desde el inundado valle de San Joaquín. Otros bajaban de Sierra Alta, y muchos forasteros habían llegado al valle antes de que los Christopher empezaran a cerrarlo. Muchos de ellos seguirían su camino sin que el senador se lo impidiera. Poder hablar con el senador era muy importante.

Sí, al viejo no le gustaba echar a la gente, y por ese motivo Al no permitía que muchos llegaran hasta él. Formaba liarte de su trabajo, como siempre: el senador decía que sí a la gente, y Al Hardy decía que no.

Si no los detenían, su número aumentaría de hora en hora, y el senador estaba muy ocupado. Si Al no montaba guardia lo harían Maureen y Charlotte, lo cual no serviría de nada. La caída del cometa sólo había tenido un aspecto positivo, y era que el movimiento femenino de liberación había desaparecido milésimas de segundo después del choque...

Al tenía que encargarse de un montón de papeleo. Hizo listas de los artículos que necesitaban, distribuyó las ocupaciones de la gente, elaboró los detalles de los proyectos generales ideados por el senador, y todo ello estaba detallado en los papeles que revisaba atentamente en el coche, deteniéndose sólo cuando veía que alguien se aproximaba al camino de acceso.

Era imposible distinguir a aquella gente. Todos los refugiados parecían iguales: semiahogados. medio muertos de hambre y peor cada día. Aquel sábado su aspecto era atroz. Cuando era el consejero político del senador Jellison, Al Hardy se había considerado un buen juez de los hombres. Pero ahora no había nada que juzgar. Tenía que recurrir al método de costumbre.

Aquellos espantapájaros ambulantes que habían llegado a pie, por ejemplo, acompañados de dos niños y con un tercero en brazos... Pero el hombre y la mujer afirmaron que eran médicos, y conocían la jerga... Eran especialistas. La mujer era psiquiatra, pero incluso ella tenía un diploma en práctica general, de manera que podía ofrecer unos servicios.

1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 189
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)