El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
¿Te refieres a aquellos cursillos de autoempleo? ¿Machaca a tus competidores? ¿La gran jugada?
Ella niega con la cabeza, estremecida. Horrible, responde. No puedo ni pensar en ello. No puedo.
Ah, dice Mark. Esas guarradas del puño por el culo y todo eso. Sí, los conocía.
Y cuando mamá, conmocionada, se los muestra y empieza a gritar, él le dice que no los había visto en su vida. No sabe cómo han llegado allí. Tal vez los dejaron los propietarios anteriores. ¡Vídeos! Los vídeos ni siquiera se habían inventado cuando nos mudamos a esta casa. Él se limitó a cogerlos y les vertió gasolina encima. Una hoguera.
Háblame de ello, le pide Mark.
Y mamá lo asimiló. Puntos para el martirio. Creyó que él iba a arrepentirse en serio.
Bueno, dice Mark. Tal vez no.
No. De acuerdo. Tal vez no.
Suben a la planta superior, donde estuvieron los dormitorios. Él se está acostumbrando a la devastación. En el suelo, a lo largo de la pared del pasillo, hay algunos desechos: una vieja factura telefónica, un encendedor sin gas, un trozo de toldo impermeable y un par de botellines de cerveza. Una fina alfombra de yeso en polvo recubre los suelos. Pero una persona podría vivir ahí. No sería difícil, uno se acostumbra a todo.
Ella está en la antigua habitación de él, señalando con el dedo y nombrando las cosas que estuvieron allí, cama, cómoda, estantes, baúl de los juguetes. Le mira para comprender si ha acertado en todo. Así es. No es posible que la hayan adiestrado hasta ese extremo. Tiene que haber una especie de transferencia directa de sinapsis, lo cual significa que algo de su hermana está realmente integrado en esta mujer. Algo esencial. Alguna parte de su cerebro, su alma. Un trocito de Karin. Señala el hueco en el repecho de la ventana, la casita donde vivió el señor Thurman un año tras otro. El único amigo de Mark digno de confianza. Él se estremece, pero asiente.
Esa mirada retadora de ella, una vez más. Oye, Mark, ¿puedo preguntarte una cosa?
No me acerqué a esas condenadas revistas Seventeen.
Ella ríe un poco, como si no estuviera segura de que él pretende ser gracioso. Pero insiste. Cappy… ¿te tocó alguna vez?
¿Qué quieres decir? A punto estuvo de romperme las piernas. Todavía tengo los moratones.
Eso no es… no importa. Olvídalo. Ven a echarme una mano. En mi dormitorio.
Espera un momento, responde él. ¿Echarte una mano? No estarás tratando de seducirme, ¿verdad?
Ella le da un manotazo en el hombro. Él la sigue obedientemente, riéndose entre dientes. Esta chica siempre le hace reír. En la vacía y sucia habitación prosigue el concurso. Cama. Incorrecto. ¿Cama? ¡Incorrecto! ¿Cómoda? No del todo.
Karin Dos le pone una mano en la muñeca, le sujeta los brazos. Trata de mirarle a los ojos. ¿Cómo era ella? Dime… cómo era.
¿Quién? ¿Mi hermana? ¿De veras te interesa mi hermana?
Se fue hace tanto tiempo que ya no puede volver. Y algo malo debe de tener Mark Schluter, algo ocasionado por el accidente que ni siquiera conocen los médicos del hospital, porque se pone a berrear como un puñetero crío.
Estuvieron solos en la casa de Brome abandonada, reconstruyendo el pasado que ya no compartían. Llegó un momento, entre las sucias habitaciones y los vacilantes recuerdos, en que por la mente de Karin cruzó la idea de que por lo menos habían tenido en común aquel día, aquella soleada tarde de confusión. Y cuando su hermano se echó a llorar y ella se acercó para consolarle, él se lo permitió. Algo que antes no había ocurrido jamás.
Salieron al cálido día de diciembre. Caminaron a lo largo del antiguo campo de su padre, del que desconocían quién lo cultivaba ahora. El crujido del rastrojo bajo sus pies le evocaba a Karin aquellas mañanas veraniegas, cuando se despertaba antes del amanecer e iba al lugar donde estaban plantadas las habichuelas, todavía cubiertas de rocío, y cortaba los hierbajos con una azada tan afilada que en una ocasión a punto estuvo de cortarse el dedo gordo del pie a través del cuero de la bota de faena.
Mark la acompañaba, cabizbajo. Ella notaba el debate interior del muchacho y temía hablarle, temía ser cualquiera, y más que nadie Karin Schluter. Lo más extraño de todo era que no la incomodaba guardar silencio. Se había acostumbrado al papel de doble, de ser esta mujer. Eso le permitía empezar desde cero con Mark, aun cuando la otra Karin mejoraba de una manera tan drástica en el recuerdo de su hermano. Una oportunidad de reescribir la historia: de hecho, dos oportunidades a la vez.
Llegaron a lo alto de la oscura elevación cubierta de rastrojo y bajaron por el otro lado. Como le ocurriera en su infancia, ella pensó en lo perversa que era la ausencia de árboles en aquel territorio. No había a la vista un solo lugar donde ponerse a cubierto. Hagas lo que hagas, no podrás ocultarte a la mirada de Dios. Sobre una ligera cresta, en segundo plano, automóviles y camiones iban y venían como guadañas. Karin se volvió para contemplar la casa. Al año siguiente, por esa misma época, habría desaparecido, se habría venido abajo o la habrían derribado, sería como si nunca hubiera existido. El tejado como un libro abierto, la puerta del sótano ladeada y apoyada en los cimientos de ladrillo, el blanco tocón de una caja cuadrada sobresaliendo del horizonte desnudo. Protección ante nada.
– ¿Recuerdas cuando tú y papá tratasteis de limpiar aquella cisterna atascada?
Él se dio una palmada en la cabeza, como si el desastre acabara de ocurrir.
– No me recuerdes cosas que no puedes saber.
Ella no sabía en qué punto su insistencia sería inapropiada.
– ¿Recuerdas cuando tu hermana se fugó?
Él se enlazó las manos sobre la coronilla, para evitar que la cabeza le saliera volando. Echó a andar de nuevo, contemplando el arroyuelo en la tierra que seguían sus pies.
– Durante mi infancia, mi hermana fue un regalo del cielo. Ella me mantuvo al margen de muchas cosas malas. Sí, tenía sus pequeñas rarezas. ¿No las tenemos todos? Pero solo quería que la amaran.
– ¿No lo queremos todos? -replicó Karin.
– La verdad es que las dos os parecéis mucho. También ella se acostaba con cualquiera. -Karin se volvió hacia él, enfurecida. Mark retrocedió, con una expresión burlona en el rostro-. Eh, tranquila. Solo te estoy poniendo a prueba. A ti todavía es más fácil hacerte cabrear que a mi hermana. -Ella le golpeó el pecho con el dorso de la mano. Él se rió sin júbilo-. Pero, mira, he de preguntarte… ¿ese tipo con el que estás ahora?
Ella bajó la vista y contempló el surco abierto por el arado. ¿Cuál de ellos?
– ¿Por qué estás con él, quieres decírmelo? ¿Es del todo normal en lo que respecta al sexo?
Karin no pudo evitar una risita.
– ¿Qué quiere decir normal, Mark?
– ¿Normal? Hombre, mujer, la puerta delantera. Nada por lo que podrían detenerte.
– Él es… bastante normal.
Mark se detuvo y se arrodilló en el suelo, junto a una carroña seca. La tocó con la puntera del zapato.
– Una taltuza -determinó-. Pobre bicho.
Ella le hizo levantarse.
– ¿Qué es lo que tienes contra Daniel? Fuisteis amigos íntimos durante varios años. ¿Qué ocurrió?
– ¿Qué «ocurrió»? -Mark trazó las comillas en el aire-. Te diré lo que «ocurrió». Intentó meterme mano. Así, de repente. Acoso sexual.
– ¡Mark! Vamos, hombre, no te creo. ¿Cuándo pasó eso?
Él giró sobre los talones y alzó las manos.
– ¿Cómo voy a saberlo? ¿Qué te parece el 20 de noviembre de 1988 a las cinco de la tarde?
– Oh, Markie. ¿Qué edad tenías? ¿Catorce, quince?
– Deberías haberle oído. «Algo que podríamos hacer juntos. Tocarnos el uno al otro, ahí. Solos tú y yo…» Era un chaval enfermo.
Ella alzó las manos y se arrodilló en el barro seco.
– Tienes que estar de broma. ¿Es esta la gran pelea de la que ninguno de los dos queríais hablar durante todos estos años? -Se acuclilló a su lado y deslizó los dedos por la tierra, evitando sus ojos-. Todos los adolescentes hacen esas cosas entre ellos, por lo menos una vez.