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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¿Lord? Y una mierda —bufó el segundo soldado—. Se lo oí decir a Ser Amory. No es más que un mercenario baboso que tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo.

—Sí —dijo Weese—, pero si quiere seguir entera más vale que lo llame «señor».

Arya volvió a mirar a Vargo Hoat. «¿Cuántos monstruos tiene Lord Tywin?» La Compañía Audaz se alojó en la Torre de la Viuda, de manera que no le correspondía a ella atenderla, cosa de la que se alegraba: la misma noche de su llegada hubo una pelea entre los mercenarios y unos cuantos soldados Lannister. El escudero de Ser Harys Swyft murió apuñalado, y dos de los Titiriteros Sangrientos resultaron heridos. A la mañana siguiente, Lord Tywin los colgó de los muros de la casa de la guardia, junto con uno de los arqueros de Lord Lydden. Weese dijo que el arquero era el que había empezado, porque se burló de los mercenarios por el tema de Beric Dondarrion. Después de que los ahorcados dejaran de patalear, Vargo Hoat y Ser Harys se abrazaron, se besaron y se juraron amistad eterna, bajo la mirada atenta de Lord Tywin. A Arya le parecieron muy divertidos los ceceos de Vargo Hoat y su manera de babear, pero no era tan tonta como para reírse.

Los Titiriteros Sangrientos no permanecieron mucho tiempo en Harrenhal, pero antes de que partieran de nuevo a caballo, Arya oyó a uno contar que un ejército norteño comandado por Roose Bolton había ocupado el Vado Rubí del Tridente.

—Si cruza, Lord Tywin lo aplastará otra vez igual que hizo en el Forca Verde —comentó un arquero Lannister. Pero sus compañeros se burlaron de él.

—Bolton no cruzará nunca, a menos que el Joven Lobo salga de Aguasdulces con sus norteños salvajes y sus lobos.

Arya no sabía que su hermano estuviera tan cerca. Aguasdulces estaba mucho más próximo que Invernalia, aunque no estaba segura de en qué dirección se encontraba en relación con Harrenhal. «Podría averiguarlo, estoy segura, si pudiera salir de aquí… —Al pensar en ver de nuevo el rostro de Robb, Arya tuvo que morderse el labio—. Y también quiero ver a Jon, a Bran, a Rickon y a mi madre. Hasta a Sansa… le daré un beso y le pediré excusas como una dama, eso le encantará.»

Por las charlas en el patio se había enterado de que en las habitaciones de la parte superior de la Torre del Miedo se alojaban tres docenas de prisioneros, capturados en el Forca Verde del Tridente. La mayoría tenían libertad para recorrer el castillo, porque habían jurado no intentar escapar.

«Juraron no escapar —se dijo Arya—, pero no dijeron nada sobre ayudarme a escapar a mí.»

Los prisioneros comían en una mesa que tenían asignada en la Sala de las Cien Chimeneas, y los veía a menudo por el castillo. Había cuatro hermanos que se entrenaban juntos todos los días, luchando con palos y escudos de madera en el Patio de la Piedra Líquida. Tres de ellos eran Frey del Cruce, y el cuarto, su hermano bastardo. Pero no estuvieron allí mucho tiempo: una mañana llegaron dos hermanos más bajo un estandarte de paz con un cofre de oro, y pagaron el rescate a los caballeros que los habían capturado. Los seis Frey se fueron juntos.

Pero por los norteños nadie pagaba rescate. Pastel Caliente le dijo que había un señor menor muy gordo que rondaba siempre por las cocinas en busca de algún bocado. Tenía un bigote tan poblado que le cubría la boca, y el broche con que se sujetaba la capa tenía forma de tridente de plata y zafiros. Pertenecía a Lord Tywin. En cambio, el joven barbudo de aspecto fiero que paseaba a solas por las almenas, con una capa negra con dibujos en forma de soles blancos, era prisionero de un caballero errante que pensaba hacerse rico gracias a él. Sansa habría sabido quién era ése y también el gordo, pero Arya nunca había mostrado demasiado interés por los títulos y los blasones. Siempre que la septa Mordane hablaba sobre la historia de una Casa u otra, ella se dedicaba a soñar despierta y a preguntarse si faltaría mucho para que terminara la lección.

En cambio, sí recordaba a Lord Cerwyn. Sus tierras estaban muy cerca de Invernalia, de manera que él y su hijo Cley los visitaban a menudo. Pero, como por obra del destino, era el único prisionero al que no veía nunca: estaba en cama, en la celda de su torre, recuperándose de una herida. Arya se pasó días y días buscando la manera de pasar entre los guardias de la puerta sin ser vista para ir a visitarlo. Si la reconocía, el honor lo obligaría a ayudarla. Seguro que tendría oro, como todos los señores. Tal vez pudiera pagar a algunos mercenarios de Lord Tywin para que la llevaran a Aguasdulces. Su padre decía siempre que la mayoría de los mercenarios traicionarían a quien fuera por oro.

Pero una mañana vio a tres mujeres con las túnicas grises y las capuchas de las hermanas silenciosas, que estaban cargando un cadáver en su carromato. El cuerpo estaba envuelto en una capa de la más fina seda, decorada con el emblema del hacha de batalla. Cuando Arya preguntó de quién se trataba, uno de los guardias le dijo que Lord Cerwyn había muerto aquella noche. La noticia le cayó como una patada en el vientre. «Da igual, no habría podido ayudarte —pensó mientras las hermanas salían por la puerta con el carromato—. Ni siquiera pudo ayudarse a sí mismo, ratón estúpido.»

De manera que vuelta a fregar, vuelta a escabullirse del paso de los señores, vuelta a escuchar detrás de las puertas. Oyó que Lord Tywin atacaría pronto Aguasdulces. O tal vez marcharía hacia el sur en dirección a Altojardín, eso nadie se lo esperaría. No, debía defender Desembarco del Rey, Stannis era el que presentaba la mayor amenaza. Enviaría a Gregor Clegane y a Vargo Hoat a acabar con Roose Bolton y así quitarse la daga de la espalda. Iba a mandar cuervos al Nido de Águilas, tenía intención de casarse con Lady Lysa Arryn y dominar el Valle. Había comprado una tonelada de plata para forjar espadas mágicas que pudieran matar a los wargs de los Stark. Había escrito a Lady Stark para firmar la paz y el Matarreyes no tardaría en estar libre.

Aunque los cuervos iban y venían a diario, Lord Tywin se pasaba la mayor parte del día encerrado con su consejo de guerra. Arya lo veía a veces, pero siempre de lejos: una vez recorriendo las murallas en compañía de tres maestres y el prisionero gordo del bigote poblado, otra cabalgando hacia el sur con sus señores vasallos para visitar los campamentos, y sobre todo de pie en los arcos de la galería cubierta, desde donde observaba cómo los hombres entrenaban en el patio de abajo. Solía adoptar siempre la misma postura, erguido y con las dos manos sobre el pomo de oro de su espada. Se decía que Lord Tywin amaba el oro más que nada en el mundo; que hasta cagaba oro, como bromeó en cierta ocasión un escudero. El señor de Lannister parecía fuerte para su edad, tenía los bigotes dorados muy rígidos, y nada de pelo en la cabeza. En su rostro había algo que a Arya le recordaba a su padre, aunque no se parecían en nada. «Tiene cara de señor, eso es», se dijo. Se acordaba de cuando su madre decía a su padre que pusiera cara de señor y fuera a zanjar un asunto u otro. Su padre se reía. No se imaginaba a Lord Tywin riéndose de nada.

Una tarde, mientras esperaba que le tocara el turno de sacar un cubo de agua del pozo, oyó el gemido de las bisagras de la puerta este. Una partida de hombres a caballo entró al trote bajo el rastrillo. Al ver la manticora del escudo de su jefe le recorrió una puñalada de odio.

A la luz del día Ser Amory Lorch no tenía un aspecto tan aterrador como cuando lo iluminaban las antorchas, pero los ojillos porcinos eran los mismos que ella recordaba. Una de las mujeres comentó que aquellos hombres habían rodeado el lago en persecución de Beric Dondarrion y habían matado rebeldes.

«Nosotros no éramos rebeldes —pensó Arya—. Éramos la Guardia de la Noche, y la Guardia de la Noche no toma partido.» Ser Amory iba con menos hombres de los que recordaba, y muchos estaban heridos. «Ojalá se les infecten las heridas. Ojalá se mueran todos.»

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