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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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»Ser Gregor, que no estaba haciendo caso de la juerga, va y lo mira, ya sabes cómo mira él, y ordena que lleven allí a la chica, el viejo va y la tiene que traer, y la culpa era toda suya. El ser la mira y va y dice, así que ésta es la puta por la que tan preocupado estás, y el muy idiota va y dice, mi Layna no es ninguna puta, ser, y va y se lo dice a la cara. El ser ni pestañea, sólo va y dice, pues ahora lo es, y le tira al viejo otra moneda de plata, le arranca la ropa a la tía y la toma allí mismo encima de la mesa, delante de su papaíto, la tía no hacía más que retorcerse como un conejo y venga a hacer ruidos. Si hubierais visto la cara del viejo, me reí tanto que se me salió la cerveza por la nariz. Luego llega el chico al oír el ruido, me figuro que sería el hijo, pues va y sube corriendo de las bodegas, y Raff tuvo que clavarle la daga en la barriga. Cuando el ser termina se pone a beber otra vez y los demás nos turnamos. Tobbot, que ya sabéis cómo es él, va y le da la vuelta a la chica y se la folla por detrás. La chica ya no se retorcía, a lo mejor le estaba gustando ya, aunque la verdad a mí no me habría importado que se moviera un poco. Y ahora viene lo mejor… cuando terminamos, el ser le dice al viejo que quiere el cambio. Que la chica no valía una moneda de plata… ¡y no va el viejo y le da un puñado de monedas de cobre, le pide perdón y le agradece su visita!

Todos estallaron en carcajadas, las más fuertes las de Chiswyck, que se rió tanto de su anécdota que le salieron mocos de la nariz y se le quedaron pegados en la áspera barba gris. Arya, de pie en las sombras de la escalera, lo miró fijamente. Volvió a bajar a las criptas sin decir palabra. Cuando Weese se enteró de que no les había preguntado lo de la ropa, le bajó los calzones y le dio tal paliza con la vara que la sangre le corrió por los muslos, pero Arya cerró los ojos y pensó en los dichos que Syrio le había enseñado, de manera que apenas si la sintió.

Dos noches más tarde, la envió a la Sala de los Cuarteles para servir la mesa. Llevaba un jarro de vino y estaba sirviéndolo cuando vio a Jaqen H’ghar, con su pedazo de pan lleno de guiso, al otro lado del pasillo. Arya se mordió el labio, y miró a su alrededor para asegurarse de que Weese no estaba en las proximidades. «El miedo hiere más que las espadas», se dijo.

Dio un paso, luego otro, y con cada uno se sentía menos ratón. Fue recorriendo el banco, llenando copas de vino. Rorge estaba sentado a la derecha de Jaqen, borracho como una cuba, y no se fijó en ella. Arya se inclinó hacia delante.

—Chiswyck —susurró al oído de Jaqen.

El lorathi no dio muestras de haberla oído.

Cuando tuvo el jarro vacío, Arya bajó corriendo a la bodega para volver a llenarlo de la cuba y volvió a servir. Nadie murió de sed en el intervalo, ni advirtió su breve ausencia.

Al día siguiente no sucedió nada, y tampoco al otro, pero al tercero Arya fue a las cocinas con Weese para recoger su cena.

—Anoche se cayó del adarve uno de los hombres de la Montaña, y el muy imbécil se rompió el cuello —oyó que decía Weese a una de las cocineras.

—Estaría borracho —replicó la mujer.

—No más que de costumbre. Hay quien dice que el fantasma de Harren lo tiró. —Dejó escapar un bufido para demostrar lo que opinaba él de aquellas ideas.

«No fue Harren —habría querido decir Arya—. Fui yo. —Había matado a Chiswyck con un susurro, y antes de que todo terminara mataría a dos más—. Yo soy el fantasma que hay en Harrenhal», pensó. Y aquella noche, tuvo un nombre menos que odiar.

CATELYN

El lugar de reunión era una extensión de hierba salpicada de setas color gris claro, y de cuando en cuando de los tocones frescos de los árboles talados.

—Somos los primeros, mi señora —dijo Hallis Mollen cuando detuvieron los caballos entre los tocones, a solas entre los dos ejércitos.

En la lanza que llevaba ondeaba el estandarte de la Casa Stark. Desde allí Catelyn no alcanzaba a ver el mar, pero sentía que estaba muy próximo. El olor de la sal impregnaba el viento que soplaba desde el este.

Los forrajeadores de Stannis Baratheon habían talado los árboles para construir torres de asalto y catapultas. Catelyn se preguntó cuántos años había tenido aquel bosque, y si Ned habría descansado allí cuando guió su ejército hacia el sur para levantar el último asedio de Bastión de Tormentas. Aquel día había logrado una gran victoria, más grande aún porque no había necesitado derramamiento de sangre.

«Quieran los dioses que yo pueda lograr lo mismo», rezó. Sus vasallos pensaban que ir allí había sido una locura.

—No es nuestra guerra, mi señora —había dicho Ser Wendel Manderly—. Sé que el rey no querría que su madre se pusiera en peligro.

—Todos estamos en peligro —replicó ella, tal vez en tono demasiado brusco—. ¿Creéis que yo deseo estar aquí, ser? —«Mi lugar está en Aguasdulces con mi padre moribundo, en Invernalia con mis hijos»—. Robb me envió al sur para hablar en su nombre, y en su nombre voy a hablar.

Catelyn sabía que no sería fácil pactar la paz entre aquellos dos hermanos, pero por el bien del reino tenía que intentarlo. Al otro lado de los campos encharcados por la lluvia y de los riscos alcanzaba a ver el gran castillo de Bastión de Tormentas, que se alzaba hacia el cielo de espaldas al mar, que ella no podía ver desde donde se encontraba. Bajo aquella masa de piedra color gris claro, el ejército circundante de Lord Stannis Baratheon parecía tan pequeño e insignificante como ratones con estandartes.

Según las canciones, Bastión de Tormentas se erigió en los antiguos tiempos por obra de Durran, el primer Rey de la Tormenta, que se había ganado el amor de la hermosa Elenei, hija del dios marino y la diosa del viento. En su noche de bodas, Elenei entregó su virginidad al amor de un mortal, y por tanto se condenó a perecer como mortal también ella. Sus padres, dolidos, desencadenaron su ira y enviaron vientos y aguas para derribar la fortaleza de Durran. Sus hermanos, sus amigos y los invitados a la boda murieron aplastados por los muros o los arrastró el mar, pero Elenei escudó a Durran entre sus brazos para que no sufriera daño alguno, y cuando llegó el amanecer él declaró la guerra a los dioses y juró que reconstruiría su castillo.

Cinco castillos erigió, cada uno mayor que el anterior, y los cinco vio caer cuando aullaban los vientos procedentes de la Bahía de los Naufragios, que empujaban ante ellos inmensos muros de agua. Sus señores le suplicaron que construyera tierra adentro; sus sacerdotes le dijeron que tenía que aplacar a los dioses, que debía devolver a Elenei al mar; hasta el pueblo le rogaba que cejara en su empeño. Durran no escuchó a nadie. Un séptimo castillo erigió, el más gigantesco de todos. Hubo quien dijo que los niños del bosque lo ayudaron a crearlo, que dieron forma a las piedras con su magia; otros dijeron que un chiquillo le explicó qué debía hacer, un chiquillo al que más tarde el mundo conocería como Bran el Constructor. Se contara como se contara la historia, el final era siempre el mismo: el séptimo castillo resistió, desafiante, y Durran Pesardedioses y la hermosa Elenei vivieron allí juntos hasta el fin de sus días.

Los dioses no olvidan, y los vendavales procedentes del mar Angosto seguían soplando rabiosos. Pero Bastión de Tormentas, un castillo sin igual, resistió durante siglos y durante decenas de siglos. Su gran muralla exterior medía treinta metros de altura, sólida, sin aspilleras ni poternas, toda redondeada, curva, lisa, con las piedras encajadas con tanta habilidad que no quedaba ni una hendidura, ni un ángulo, ni una grieta por la que pudiera colarse el viento. Se decía que la muralla tenía doce metros de espesor en su punto más delgado, y casi veinticinco en la cara que daba al mar, una estructura doble de piedra rellena de arena y guijarros. En aquella poderosa mole se cobijaban las cocinas, establos y patios, a salvo del viento y de las olas. Sólo tenía una torre, un edificio colosal sin ventanas en la cara que daba al mar, tan grande que allí estaban tanto los graneros y los barracones como la sala para banquetes y las habitaciones del señor. En la cima, las gigantescas almenas le daban el aspecto de un puño con púas en lo alto de un brazo alzado.

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