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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Entonces se fijó en tres que iban casi al final de la columna.

Rorge se había puesto un medio yelmo con una pieza ancha de hierro en el centro, de manera que casi no se notaba que no tenía nariz. Mordedor cabalgaba a su lado a lomos de un corcel que parecía a punto de derrumbarse bajo su peso. Tenía el cuerpo cubierto de quemaduras a medio curar que le daban un aspecto más repulsivo que nunca.

Pero Jaqen H’ghar seguía sonriendo. Sus ropas estaban sucias y harapientas, pero le había dado tiempo a lavarse y cepillarse el cabello, que le caía sobre los hombros rojo y blanco, brillante. Arya oyó las risitas admiradas de las chicas.

«Debí dejar que se quemaran. Gendry me lo dijo, debí hacerle caso. —Si no les hubiera lanzado aquella hacha estarían todos muertos. Durante un instante tuvo miedo, pero pasaron a caballo junto a ella sin mostrar el menor interés. El único que miró en su dirección fue Jaqen H’ghar, pero ni siquiera se fijó en ella—. No me conoce —pensó—. Arry era un muchachito fiero con una espada, y yo soy una niña gris ratón con un cubo.»

Se pasó el resto del día fregando las escaleras en la Torre Aullante. Al anochecer tenía las manos en carne viva y le sangraban, y los brazos tan magullados que le temblaban al llevar el cubo de vuelta a la cripta. Estaba demasiado cansada para cenar, así que pidió a Weese que la disculpara y se arrastró hasta su lecho de paja.

—Weese —bostezó—. Dunsen, Chiswyck, Polliver, Raff el Dulce. Cosquillas y el Perro. Ser Gregor, Ser Amory, Ser Ilyn, Ser Meryn, el rey Joffrey, la reina Cersei.

Pensó que podría añadir tres nombres más a su plegaria, pero estaba tan agotada que no podría decidirlo esa noche.

Arya estaba soñando con lobos que corrían libres y salvajes por el bosque cuando una mano fuerte le tapó la boca como una piedra cálida y suave, sólida, inamovible. Despertó al instante y se debatió.

—Chica no dice nada —susurró una voz junto a su oído—. Chica mantiene la boca cerrada, nadie oye, y amigos pueden hablar en secreto. ¿Sí?

El corazón le latía a toda velocidad, pero Arya consiguió asentir.

Jaqen H’ghar apartó la mano. La cripta estaba en la oscuridad más absoluta, y no podía ver el rostro del hombre aunque lo tenía a pocos centímetros. Pero alcanzaba a olerlo; su piel olía a limpio, a jabón, y se había aromatizado el pelo.

—Chico se convierte en chica —murmuró.

—Siempre fui una chica. Pensé que no me habías visto.

—Uno ve. Uno sabe.

—Me has asustado. —Arya recordó que lo odiaba—. Ahora eres uno de ellos. Debí dejar que te quemaras. ¿Qué haces aquí? Lárgate o llamo a Weese.

—Uno paga sus deudas. Uno debe tres.

—¿Tres?

—El Dios Rojo tiene sus reglas, hermosa niña, y sólo la muerte puede pagar la vida. La niña cogió tres que estaban en manos del Dios. La niña debe entregar tres en su lugar. Sólo tienes que decir los nombres, uno se encargará del resto.

«Quiere ayudarme», comprendió Arya con un ramalazo de esperanza que casi la hizo marearse.

—Llévame a Aguasdulces, no está lejos, si robamos unos caballos podríamos…

El hombre le puso un dedo sobre los labios.

—Tres vidas obtendrás de mí. Ni más ni menos. Tres y todo termina. Así que niña debe pensar. —Le dio un beso suave en el pelo—. Pero no mucho tiempo.

Cuando Arya pudo encender el cabo de vela que tenía junto al lecho, del hombre sólo quedaba un tenue olor, un aroma a jengibre y a clavo prendido en el aire. La mujer que dormía en el nicho de al lado se dio la vuelta en la paja y protestó por la luz, así que Arya la apagó. Cuando cerró los ojos vio rostros que se movían ante ella: Joffrey y su madre, Ilyn Payne y Meryn Trant, Sandor Clegane… pero estaban en Desembarco del Rey, a cientos de kilómetros, y Ser Gregor sólo había permanecido allí unos pocos días antes de partir en una nueva expedición. Además se había llevado a Raff, a Chiswyck y a Cosquillas. En cambio, Ser Amory Lorch estaba allí, y lo odiaba casi tanto como a los otros, ¿no? No estaba segura. Y siempre quedaba Weese.

Volvió a pensar en él a la mañana siguiente, cuando la falta de sueño la hizo bostezar.

—Comadreja —ronroneó Weese—, la próxima vez que te vea abrir la boca te arranco la lengua y se la echo de comer a mi perra.

Le retorció la oreja para asegurarse de que lo había oído, y le dijo que siguiera limpiando escaleras, que quería que estuvieran brillantes hasta el tercer rellano antes de que anocheciera.

Mientras trabajaba, Arya pensaba en las personas a las que le gustaría ver muertas. Hacía como si viera sus rostros en los peldaños, y frotaba con más fuerza para borrarlos. Los Stark estaban en guerra con los Lannister, y ella era una Stark, así que debía matar a tantos como pudiera, porque las guerras eran así. Pero no confiaba en Jaqen. «Debería matarlos yo misma.» Cuando su padre condenaba a muerte a un hombre, él mismo ejecutaba la sentencia con Hielo, su espadón.

—Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras —le había oído decir en cierta ocasión a Robb y a Jon.

Al día siguiente y al otro evitó a Jaqen H’ghar. No le costó mucho. Era menuda, y Harrenhal muy grande, lleno de sitios donde se podía esconder un ratón.

Y entonces regresó Ser Gregor, antes de lo esperado. En aquella ocasión llevaba un rebaño de cabras en vez de un rebaño de prisioneros. Arya se enteró de que había perdido cuatro hombres en una de las incursiones nocturnas de Lord Beric, pero los que ella detestaba habían vuelto ilesos y ocuparon el segundo piso de la Torre Aullante. Weese se encargó de que tuvieran bebida abundante.

—Esos siempre tienen sed —gruñó—. Comadreja, sube a preguntarles si quieren que les remienden alguna ropa. Y que se encarguen las mujeres.

Arya subió corriendo por sus escaleras bien fregadas. Nadie le prestó atención cuando entró. Chiswyck estaba sentado junto a la chimenea, con un cuerno de cerveza en una mano, contando una de sus historias divertidas. No se atrevió a interrumpir, no quería que le partieran la boca.

—Fue después del torneo de la Mano, antes de que empezara la guerra —decía Chiswyck—. Íbamos de vuelta hacia el oeste los siete con Ser Gregor. Raff iba conmigo, y también el joven Joss Stilwood, que había sido el escudero de Ser Gregor en las lizas. Pues va y nos encontramos con ese río de meados, que bajaba bien crecido por las lluvias. Imposible vadearlo, pero resulta que hay una cervecería al lado, así que ahí nos metemos. El ser va y le dice al cervecero que nos siga llenando los cuernos hasta que bajen las aguas, y deberíais haber visto cómo le brillaban los ojos de cerdo a aquel tipo en cuanto vio la plata. Así que él y su hija van y nos sirven cerveza, y resulta que era floja, un meado, no me gusta nada y al ser, menos. Y el cervecero todo el rato diciendo lo contento que está de que estemos ahí, que tiene pocos clientes últimamente por las lluvias. El muy idiota no cerraba la boca, imaginad, aunque el ser no decía ni palabra, no dejaba de pensar en el Caballero de las Lilas y el truco sucio que le hizo. Ya sabéis la manera esa que tiene de apretar la boca, así que yo y los otros que lo conocemos no decimos nada, pero el cervecero venga a hablar, y entonces va y pregunta que cómo le ha ido a mi señor en las justas. Y el ser nada, sólo lo miraba. —Chiswyck se rió a carcajadas, apuró la cerveza y se limpió la espuma con el dorso de la mano—. Y mientras su hija venga a servirnos cerveza, una gordita, unos dieciocho años tendría…

—Qué dices, trece como mucho —farfulló Raff el Dulce.

—Qué más da, los que tuviera, el caso es que no era gran cosa, pero Eggon había bebido y va y la toca, y yo también la sobo un poco, y Raff venga a decirle al joven Stilwood que tendría que llevarse a la chica al piso de arriba y hacerse un hombre, como dándole ánimos al chico. Por fin va Joss y le mete mano por debajo de la falda, la chica chilla, suelta la jarra de cerveza y se va corriendo a la cocina. Pues ahí que habría terminado todo, pero va el viejo idiota y va y le dice al ser que nos diga que dejemos en paz a la chica, porque es un caballero ungido y esas cosas.

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