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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—Mi señora —la llamó Hal Mollen. Dos jinetes acababan de salir del pequeño campamento situado bajo el castillo y se acercaban a ellos a paso lento—. Debe de ser el rey Stannis.

—Sin duda.

Catelyn los observó acercarse. «Será Stannis, pero no lleva el estandarte de la Casa Baratheon.» Era de color amarillo brillante, no dorado como las enseñas de Renly, y el dibujo era rojo, aunque desde allí no se distinguía la forma.

Renly iba a ser el último en llegar. Se lo había dicho en persona cuando ella se puso en marcha. No tenía intención de montar a caballo hasta que no viera a su hermano en camino. El primero en llegar tendría que esperar al otro, y Renly no esperaría.

«A esto juegan los reyes», se dijo. Pues ella no era ninguna reina, de manera que no tenía por qué jugar. Y en cuestión de esperar, Catelyn tenía mucha práctica.

Cuando estuvo más cerca vio que Stannis llevaba una corona de oro rojo con las puntas en forma de llamas. Su cinturón estaba adornado con granates y un topacio amarillo, y en el pomo de su espada se veía un gran rubí cuadrangular. El resto de su atuendo era sencillo: chaleco de cuero claveteado sobre un jubón guateado, botas usadas y calzones de hilo basto. El estandarte amarillo como el sol mostraba la imagen de un corazón rojo rodeado de llamas de fuego anaranjado. También se veía el venado coronado, sí… encogido, diminuto, dentro del corazón. Y más curioso aún era quién llevaba el estandarte: una mujer ataviada de rojo, con el rostro casi oculto por la capucha de su capa escarlata. «Una sacerdotisa roja», pensó Catelyn, intrigada. Era una secta numerosa y con gran poder en las Ciudades Libres y en el lejano este, pero en los Siete Reinos había muy pocos miembros.

—Lady Stark —saludó Stannis Baratheon con cortesía gélida al tiempo que tiraba de las riendas. Inclinó la cabeza. Estaba más calvo de lo que Catelyn recordaba.

—Lord Stannis —saludó ella a su vez. Bajo la barba recortada, la fuerte mandíbula se apretó, pero no le exigió ningún título. Catelyn se sintió agradecida.

—No pensaba encontraros en Bastión de Tormentas.

—No pensaba estar aquí.

—Lamento la muerte de vuestro señor —dijo. Los ojos hundidos la observaron con incomodidad. Las expresiones corteses de rigor no le salían con facilidad—, aunque Eddard Stark no era mi amigo.

—Tampoco fue vuestro enemigo, mi señor. Cuando Lord Tyrell y Lord Redwyne os tenían prisionero en ese castillo y os mataban de hambre, fue Eddard Stark quien rompió el asedio.

—Por orden de mi hermano, no por afecto hacia mí —replicó Stannis—. Lord Eddard cumplió con su deber, no lo niego. ¿Acaso hice yo menos? Yo debí ser la Mano de Robert.

—Fue la voluntad de vuestro hermano. Ned jamás deseó ese cargo.

—Pero lo aceptó. Aceptó lo que debió ser para mí. De todos modos, os doy mi palabra de que haré justicia a sus asesinos.

«Cómo les gusta a estos reyes prometer cabezas.»

—Vuestro hermano me ha prometido lo mismo. Pero os seré sincera, preferiría recuperar a mis hijas, y dejar la justicia en manos de los dioses.

—Si vuestras hijas se encuentran en la ciudad cuando la tome, os las enviaré.

«Vivas o muertas», parecía implicar su tono de voz.

—¿Y cuándo será eso, Lord Stannis? Desembarco del Rey está cerca de vuestro Rocadragón, pero os encuentro aquí.

—Veo que sois franca, Lady Stark. Muy bien, entonces os hablaré yo también con franqueza. Para tomar la ciudad necesito el poder de esos señores sureños que veo al otro lado del campo. Están con mi hermano. Debo arrebatárselos.

—Los hombres entregan su lealtad a quien quieren, mi señor. Esos hombres juraron lealtad a Robert y a la Casa Baratheon. Si vuestro hermano y vos pudierais zanjar esta disputa…

—No tengo ninguna disputa pendiente con Renly, siempre que cumpla con su deber. Soy su hermano mayor y su rey, quiero lo que me corresponde por derecho. Renly me debe lealtad y obediencia. Son dos cosas que pienso obtener, de él y de esos otros señores. —La miró fijamente—. ¿Qué os trae a este campo, mi señora? ¿Acaso la Casa Stark se ha aliado con mi hermano?

«Éste no cederá jamás», pensó, pero tenía que intentarlo de todos modos. Había demasiado en juego.

—Mi hijo es el Rey en el Norte, por voluntad de nuestros señores y nuestro pueblo. No dobla la rodilla ante nadie, pero tiende una mano amiga a todos.

—Los reyes no tienen amigos —replicó Stannis con aspereza—. Sólo súbditos y enemigos.

—Y hermanos —dijo una voz alegre detrás de Catelyn.

Miró por encima de su hombro para ver cómo el palafrén de Lord Renly se acercaba a ella entre los tocones. El más joven de los Baratheon tenía un aspecto espléndido con su jubón de terciopelo verde y la capa de seda ribeteada en piel de marta. La corona de rosas doradas le ceñía las sienes, y la cabeza de venado en jade le sobresalía por encima de la frente, sobre el largo pelo negro. Se adornaba el cinturón del que colgaba la espada con diamantes negros, y el cuello con una cadena de oro y esmeraldas.

Renly también había elegido a una mujer para llevar su estandarte, aunque Brienne se ocultaba el rostro y el cuerpo tras una armadura que no dejaba distinguir su sexo. En su lanza de cuatro metros el viento hacía ondear al venado coronado rampante, negro sobre oro.

—Lord Renly. —El saludo de su hermano fue brusco y lacónico.

—Rey Renly. ¿De verdad eres tú, Stannis?

—¿Quién si no? —preguntó Stannis con el ceño fruncido.

—Con ese estandarte cómo voy a estar seguro. —Renly se encogió de hombros—. ¿De quién es ese blasón que llevas?

—Es mío.

—El rey ha tomado como blasón el corazón llameante del Señor de la Luz —intervino la sacerdotisa vestida de rojo.

—Estupendo. —Aquello pareció hacerle mucha gracia—. Si los dos lleváramos el mismo estandarte la batalla sería muy confusa.

—Esperemos que no haya batalla —dijo Catelyn—. Los tres compartimos un enemigo común que nos destruirá a todos.

—El Trono de Hierro me corresponde por derecho. —Stannis la miró sin sonreír—. Todo el que lo niegue es mi enemigo.

—El reino entero lo niega, hermano —dijo Renly—. Los viejos lo niegan con su último aliento, los bebés lo niegan en los vientres de sus madres antes de nacer. Lo niegan en Dorne y lo niegan en el Muro. Nadie te quiere como rey. Lo siento.

—Juré que no trataría contigo mientras llevaras puesta esa corona de traidor —dijo Stannis después de apretar las mandíbulas, con el rostro tenso—. Ojalá hubiera cumplido mi juramento.

—Esto es una locura —intervino Catelyn con brusquedad—. Lord Tywin está en Harrenhal con veinte mil espadas. Los que quedan del ejército del Matarreyes se han reagrupado en el Colmillo Dorado, otro ejército Lannister se reúne a la sombra de Roca Casterly, y Cersei y su hijo tienen Desembarco del Rey y vuestro querido Trono de Hierro. Los dos os decís reyes, pero el reino se desangra y sólo mi hijo ha alzado una espada para defenderlo.

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