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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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La muchacha de piel negra lo guió escaleras arriba.

—Pobre Dancy —dijo—. Tiene quince días para conseguir que mi señor la elija. De lo contrario, Marei le ganará sus perlas negras.

Marei era una chica fría, pálida, delicada, en la que Tyrion se había fijado un par de veces. Tenía ojos verdes, piel como la porcelana y el pelo color plata muy largo y lacio. Era preciosa, pero demasiado solemne.

—No me gustaría que la pobre chica perdiera las perlas por mi culpa.

—Entonces, la próxima vez lleváosla al piso de arriba.

—Puede que lo haga.

—No creo, mi señor. —La joven sonrió.

«Es verdad —pensó Tyrion—. No lo haré. Puede que Shae no sea más que una puta, pero a mi manera le soy fiel.»

Ya en la torre, mientras abría la puerta del armario, se detuvo un instante y miró a Alayaya con curiosidad.

—¿Qué haces mientras estoy fuera?

—Dormir —dijo ella mientras alzaba los brazos y se estiraba como una esbelta gata negra—. Desde que empezasteis a visitarnos estoy mucho más descansada, mi señor. Y Marei nos está enseñando a leer, quizá pronto pueda matar el tiempo con un libro.

—Dormir está muy bien —dijo—. Y los libros, aún mejor. —Le dio un rápido beso en la mejilla, bajó por el pozo y cruzó el túnel.

Al salir del establo a lomos de su capón picazo, Tyrion oyó la música que se filtraba hasta la calle. Era agradable ver que la gente seguía cantando, incluso en medio de la guerra y el hambre. Las notas del recuerdo lo invadieron, y por un momento casi le pareció oír la voz de Tysha cantándole, como había hecho hacía ya toda una vida. Tiró de las riendas para detenerse a escuchar. La melodía no era así, la letra apenas se oía. Era otra canción, ¿y por qué no? Su dulce e inocente Tysha había sido una mentira de principio a fin, una simple puta contratada por su hermano Jaime para hacer de él un hombre.

«Ahora me he liberado de Tysha —pensó—. Me ha perseguido media vida, pero ya no la necesito, igual que no necesito a Alayaya, a Dancy, a Marei ni a los cientos de mujeres como ellas con las que me he acostado en todos estos años. Ahora tengo a Shae. A Shae.»

Las puertas de la casa estaban cerradas y atrancadas. Tyrion llamó hasta que la ornamentada mirilla de bronce se abrió con un chasquido.

—Soy yo.

El hombre que le abrió era uno de los mejores hallazgos de Varys, un braavosi bizco con el labio leporino. Tyrion no había querido ver a Shae rodeada día tras día de guardias jóvenes y guapos. «Conseguidme hombres viejos, feos, con cicatrices, a ser posible impotentes —había dicho al eunuco—. Hombres a los que les gusten los muchachitos, o las ovejas, tanto me da.» Varys no había conseguido ningún partidario de ovejas, pero sí a un estrangulador eunuco y a un par de ibbeneses tan amantes de las hachas como el uno del otro. El resto era un selecto grupo de mercenarios dignos de cualquier mazmorra, y cada uno más feo que el anterior. Cuando Varys los hizo desfilar ante él, Tyrion temió haber ido demasiado lejos, pero Shae no tuvo la menor queja. «¿Y por qué la iba a tener? Tampoco se ha quejado nunca de mí, y soy más repulsivo que todos sus guardias juntos. Quizá Shae ni siquiera vea la fealdad.»

Pese a todo, Tyrion habría preferido dejar la guardia de la casa en manos de algunos de sus montañeses, tal vez los Orejas Negras de Chella, o los Hermanos de la Luna. Confiaba más en su lealtad férrea y en su sentido del honor que en la codicia de los mercenarios. Pero era demasiado arriesgado. Todo el mundo sabía que los salvajes trabajaban para él. Si enviaba allí a los Orejas Negras sólo sería cuestión de tiempo antes de que la ciudad entera supiera que la Mano del Rey tenía una concubina.

Uno de los ibbeneses se hizo cargo de su caballo.

—¿La habéis despertado? —preguntó Tyrion.

—No, mi señor.

—Perfecto.

El fuego del dormitorio se había reducido a brasas, pero la habitación aún estaba caldeada. Shae, en sueños, se había quitado de encima las mantas y las sábanas. Yacía desnuda sobre el colchón de plumas, y el brillo tenue de la chimenea perfilaba las curvas suaves de su cuerpo juvenil. Tyrion se quedó en la puerta, bebiéndosela con los ojos. «Es más joven que Marei, más dulce que Dancy, más hermosa que Alayaya, es todo lo que necesito y mucho más.» ¿Cómo era posible que una puta pareciera tan limpia, tan tierna, tan inocente?

No había tenido intención de molestarla, pero sólo con verla se excitaba. Dejó caer sus ropas al suelo, se subió a la cama, le abrió las piernas y la besó entre los muslos. Shae murmuró en sueños. Volvió a besarla, y lamió su dulzura secreta una y otra vez, hasta que tuvo la barba tan empapada como su coño. Cuando ella dejó escapar un suave gemido y se estremeció, se subió sobre ella, la penetró y estalló casi al instante.

Shae tenía los ojos abiertos. Sonrió y le acarició la cabeza.

—Acabo de tener un hermoso sueño, mi señor —susurró.

Tyrion le mordisqueó un pezón duro y descansó la cabeza sobre su hombro. No salió de dentro de ella. Ojalá nunca tuviera que salir de dentro de ella.

—No era un sueño —le prometió.

«Es real, todo es real —pensó—, las guerras, las intrigas, este maldito juego… Y yo estoy en el centro de todo. Yo, el enano, el monstruo, aquel del que todos se reían, el blanco de las burlas… pero ahora lo tengo todo, el poder, la ciudad y la chica. Para esto nací, y que los dioses me perdonen, pero lo amo.

»Y a ella. Y a ella.»

ARYA

Fueran cuales fueran los nombres que Harren el Negro había puesto a sus torres, habían caído en el olvido hacía ya mucho tiempo. Todos las llamaban Torre del Miedo, Torre de la Viuda, Torre Aullante, Torre de los Fantasmas y Torre de la Pira Real. Arya dormía en un nicho en las cavernosas criptas situadas bajo la Torre Aullante, en un lecho de paja. Tenía agua para lavarse siempre que quisiera y un trozo de jabón. El trabajo era duro, pero no más que caminar kilómetros y kilómetros cada día. Comadreja no tenía que buscar gusanos e insectos para comer, como le había pasado a Arry. Tenía pan y guiso de cebada con trocitos de zanahoria y nabo todos los días, y cada dos semanas un trocito de carne y todo.

Pastel Caliente comía aún mejor; aquél era su lugar, las cocinas, un edificio redondo de piedra con techo en forma de bóveda que era todo un mundo. Arya comía en una mesa de caballetes, en un sótano que utilizaba el servicio, con Weese y los otros criados, pero a veces la elegían para ayudar a llevar la comida para ellos, y en esas ocasiones Pastel Caliente y ella conseguían hablar unos momentos. El muchacho era incapaz de recordar que ahora se llamaba Comadreja y seguía llamándola Arry, aunque sabía que era una niña. En cierta ocasión trató de darle a escondidas una tarta de manzana caliente, pero fue tan torpe que lo vieron dos cocineros. Le quitaron la tarta y lo golpearon con un cucharón de madera.

A Gendry lo habían asignado a la forja, y Arya rara vez lo veía. En cuanto a los demás criados de la torre, ni siquiera quería saber sus nombres. Eso sólo servía para que sufriera todavía más cuando morían. La mayoría eran mucho mayores que ella, y estaban encantados de que no se metiera en los asuntos de nadie.

Harrenhal era gigantesco, y buena parte estaba casi en ruinas. Lady Whent había ocupado el castillo como vasalla de la Casa Tully, pero sólo utilizaba el tercio inferior de dos de las cinco torres, y dejó el resto abandonado. Pero había huido, y el poco servicio que quedó no bastaba ni para empezar a atender las necesidades de todos los caballeros, señores y prisioneros nobles que iban con Lord Tywin, de modo que los hombres de los Lannister tenían que conseguir criados, además de alimentos. Se rumoreaba que Lord Tywin planeaba devolver a Harrenhal su antigua gloria, y convertirlo en su nuevo asentamiento una vez terminara la guerra.

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