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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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El chasquido de la bala al impactar en la viga al lado de su cabeza lo hizo mirar atrás, sorprendido.

Cuando cayó el siguiente disparo, Lankau ya había desaparecido en el mar de luz.

– ¿Lo alcanzaste? -preguntó Laureen en un tono de voz ligeramente histérico. Había hiperventilado durante un par de segundos antes de atreverse a abrir la boca-. ¡Nos matará, Bryan! -prosiguió, empezando a lloriquear.

Bryan dudaba. A lo mejor lo había alcanzado el segundo disparo. Se volvió hacia la ventana que daba a la carretera. Lo único que vio fueron las siluetas tenues de unos árboles altos.

Durante un buen rato, Bryan estuvo convencido de que Lankau esperaba escondido en algún lugar. En realidad, no le hacía falta hacer otra cosa. Aunque Bryan tenía un comodín en la mano, su situación no era buena. Laureen siempre sería una arma que Lankau podría utilizar en su contra. Si se alejaba de su esposa, Lankau no tardaría en precipitarse sobre ella. Habría utilizado el comodín en vano. Y qué más daba. De todos modos, su movilidad estaba fuertemente limitada al tener las piernas atadas; los brazos no le servirían de mucho.

Con el último resuello de Laureen se hizo el silencio. Se empezaba a oír el aleteo lejano de los pájaros nocturnos. El zumbido de la depuradora de la piscina era el sonido más cercano. Ninguna respiración, ningún movimiento, ninguna señal de vida allá fuera, al otro lado de la extraña puerta.

– Nos va a matar, Bryan -repitió Laureen, esta vez en voz baja. Se sobresaltó cuando Bryan la hizo callar con un siseo. No cabía duda, la puerta principal se había abierto. No se había oído, pero la comente de aire que de pronto recorrió la estancia lo corroboró.

Bryan se volvió sobre la espalda e intentó apuntar hacia la puerta del pasillo. La idea de que Lankau pudiera tener una arma de fuego escondida en algún lugar le heló la sangre. En el preciso instante en que apareció la silueta en la puerta, Bryan disparó. El marco se hizo astillas con un crujido. El agujero que dejó la bala era del tamaño de una taza de té.

En cuanto la silueta cobró forma, Bryan sintió que su corazón dejaba de latir. El dedo en el gatillo se le paralizó, marchito, despojado de voluntad e intención.

Podría haberse caído al suelo.

Totalmente iluminado por la luz del exterior apareció el hombre por el que había llorado durante toda una vida, en el que había pensado, al que se había sacrificado sumiéndose en un abismal sentimiento de añoranza. El hermano que hacía tanto tiempo que había perdido. El amigo al que había fallado, abandonado y traicionado.

El lóbulo partido de la oreja fue lo primero que Bryan vio. Era James.

De pronto lo tenía delante, como un espectro, mirándolo fijamente a los ojos. Apenas había envejecido, simplemente estaba cambiado. Ni siquiera había temblado cuando cayó el disparo. Simplemente se había quedado inmóvil, intentando comprender lo que estaba viendo.

Cuando avanzó, Bryan tartamudeó su nombre varias veces.

Laureen había vuelto a dejar de respirar. Alternaba la mirada entre el extraño en el vano de la puerta y la terraza.

Bryan había dejado de percibir la presencia de Laureen. La mano que sostenía la Kenju había dejado de obedecerle, las lágrimas habían cegado sus ojos.

– ¡James! -masculló.

Mientras el espectro del pasado se arrodillaba, Bryan intentó empaparse de cada uno de sus rasgos, como si fuera a desaparecer tan de prisa como había aparecido. «¡Estás vivo!», reían sus ojos.

El hombre, en cambio, no expresaba nada.

James miró a Laureen y luego volvió la mirada hacia la puerta. Un instante después volvió la cabeza y miró a Bryan a los ojos, pero su mirada estaba muerta.

– Cuidado con Lankau -le suplicó Bryan notando el aliento de su amigo contra su piel-. ¡Está aquí!

Al oír esas palabras. James le quitó suavemente la pistola. Bryan suspiró profundamente. Era absolutamente maravilloso e increíble. Volvió a alzar la mirada hacia su amigo y movió su brazo izquierdo.

– ¡Desátame, James, pero hazlo rápido! -le pidió.

La saliva alcanzó el rostro de Bryan como un latigazo. El rostro de James se transformó en aquel preciso instante, de pronto retorcido y desconocido. La Kenju temblaba y apuntaba directamente a su sien. El cambio se había producido con tal rapidez que a Bryan se le heló la sonrisa.

Al cabo de un momento, Lankau apareció en la puerta tapando el mar de luz de la terraza. James lo miró sin mudar la expresión de su rostro.

CAPÍTULO 62

– Gerhart, ¿qué diablos haces tú aquí? -A pesar de sus maneras hoscas, Lankau se dirigió a él amablemente-. ¡No porque me resulte inoportuno! ¡En absoluto! -Lankau se acercó mientras se aseguraba contra cualquier incursión nueva y desagradable de Arno von der Leyen, que seguía tendido en el suelo-. ¡Qué bien que viniste, amigo! -Alzó la mano lenta y solícitamente-. Has hecho lo correcto. Me has ayudado. ¡Has estado muy bien!

Por lo visto, los temblores en el cuerpo de Von der Leyen no cesaban. Su mirada suplicante dejaba entrever el sentimiento de abatimiento que se había apoderado de él.

– Please! -eso fue todo cuanto pronunció su boca.

La palabra alcanzó a Gerhart Peuckert como si hubiera sido una bofetada. Atrapado en el fuego cruzado de las imprecaciones de Lankau y del hombre echado en el suelo, Gerhart reculó hacia el pasillo. Su excitación era imperceptible; el rostro, desnudo.

– ¡Venga, Gerhart! -dijo Lankau con una sonrisa en los labios y alargó el brazo ligeramente. Gerhart sacudió la cabeza-. ¡Relájate, Gerhart! Deja que la asegure. No deberías hacerlo tú. ¡Venga! ¡Ya pasó todo!

Lankau lo miró fijamente a los ojos. El desafío que irradiaban era nuevo.

– ¡Venga, Gerhart! ¡Dámela ya, si no me enfadaré! -Lankau se pegó a su costado-. ¡Dámela! -le ordenó, tendiendo la mano.

El desafío en la mirada de Gerhart iba en aumento. Le puso el seguro pero no le entregó la Kenju.

Entonces Lankau se retiró hacia el centro de la estancia y miró a Gerhart Peuckert como si fuera un colegial desobediente.

– ¡Gerhart! -volvió a intentarlo Lankau-. ¿Qué crees que dirían Stich y Kröner, si te vieran ahora? Ahora me vas a dar la pistola, ¿a que sí?

Las palabras que siguieron lo dejaron atónito:

– ¡No dirían nada! ¡Están muertos!

Lankau se quedó boquiabierto. Era la primera vez que había oído hablar a Gerhart de manera coherente.

Era una situación endiablada. ¿Sería cierto lo que le acababa de decir el idiota? Lankau se acercó al teléfono y marcó el número de teléfono de Stich. Tras varios intentos infructuosos, llamó a Kröner. Tampoco contestó nadie. Lankau colgó y asintió con un gesto de la cabeza dirigido a Gerhart.

– No, no hay nadie en casa -dijo, frunciendo el ceño-. Tal vez tengas razón -prosiguió, incorporándose,

Gerhart lo miró como si lo hubieran interrumpido en mitad de una cadena de pensamientos. Aparentemente, las numerosas impresiones habían empezado a confundirlo.

– No sé qué creer -prosiguió Lankau, ladeando la cabeza-. ¿Cómo has llegado hasta aquí, Gerhart?

– Andando -sonó la respuesta al instante. Gerhart apretó los labios.

Lankau lo miró, vigilante.

– ¡Has hecho bien, Gerhart! Pero ¿por qué no estás en casa de Peter y Andrea? ¿Qué ha pasado? -Lankau lo miró fijamente. El gesto atípico de Gerhart al encogerse de hombros y alzar la mirada podría haber enervado a cualquiera-. ¿Viste algo? -continuó Lankau sacudiendo inmediatamente la cabeza al ver la mirada de Gerhart-, ¿Qué hay de Petra? ¿Por qué no fuiste a casa de Petra? Ella vive más cerca de Stich.

– Petra estaba con ésa -dijo Gerhart señalando acusatoriamente a Laureen, que seguía sentada con los ojos cerrados.

– ¿Crees que Petra está compinchada con esos dos? -Lankau dejó suspendida la pregunta en el aire un momento y volvió a fijar los ojos en la pistola que Gerhart sostenía en la mano laxa.

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