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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Aunque Lankau no dudaba de que Peuckert fuera a llevar a cabo su amenaza, optó por obviar las amenazas. De momento tenía la mesa bien agarrada. Había movilizado todas sus fuerzas en este último intento, que debería de salvarlo de la muerte.

Arno von der Leyen se incorporó sobre las rodillas. Por lo visto no comprendía lo que Gerhart Peuckert pretendía que hiciera. Las heridas en el costado y la espalda parecían molestarle lo indecible. Peuckert no hizo ningún ademán de querer ayudarlo.

La humedad en la espalda de Lankau había empezado a dispersarse.

– Debes traerme la sosa cáustica del armario de la cocina. ¡Se llama Átzmittet. Tráemela junto con un vaso de agua, ¿has entendido? Y no se te ocurra intentar nada. ¡No te saldrías con la tuya! -Arno von der Leyen se puso en pie e intentó estirarse. Se recostó atormentado hacia un lado y volvió a mirar el rostro impasible de Peuckert-. Quizá te dé una muerte más benigna si haces lo que te mando. ¡Y a la mujer también! -dijo.

– ¿Muerte? -Parecía que Arno von der Leyen intentaba sacudirse el estado etílico que lo embargaba-. ¿De qué me estás hablando, James?

– ¡No te esfuerces, cerdo! -gritó Lankau, sorprendido de sus propias palabras-. ¡Está loco de atar!

Arno von der Leyen apoyó la cabeza contra el pecho de Peuckert.

– ¡James, pero si soy yo! ¡Bryan! ¡He venido a buscarte!

Los ojos empañados parecían suplicar: «¡Escúchame!» Peuckert no reaccionó. De pronto, Von der Leyen se enderezó y las heridas volvieron a abrirse dibujando unas sombras oscuras en el costado del jersey.

– ¡Somos amigos, James! Ahora volverás a casa, a Canterbury. Petra podrá venir contigo.

Arno von der Leyen, confuso y mareado, sacudió la cabeza. Tampoco él entendía lo que estaba pasando.

Peuckert se volvió hacia Lankau.

– ¡Se niega a preparar la sosa cáustica que te beberás tú!

– Eso parece -dijo Lankau con un tono de voz desdeñoso con el que pretendía reprimir la desesperación. Tenía el borde de la mesa perfectamente agarrado.

– ¿Y no crees que lo voy a conseguir?

– ¡Nunca se sabe!

– ¿Ya estás escribiendo?

– ¡No, que se me lleve el diablo si lo hago!

Peuckert dio un paso hacia la mujer y empujó a Von der Leyen al suelo. La mujer se puso a temblar cuando Peuckert la miró y se echó hacia atrás. Las ojeras negras se expandían como surcos por su rostro.

– ¡Entonces tendré que aplicar otros métodos! Le pegaré si no me ayudas -dijo lentamente.

– ¿Sosa cáustica? -preguntó Arno von der Leyen con voz apagada-. ¿Cómo?

Se estremeció cuando cayó el golpe y la mujer empezó a lloriquear.

– ¿Todavía no quieres? -dijo Peuckert. Arno von der Leyen sacudió la cabeza quedamente y volvió a estremecerse al caer el segundo golpe.

– ¡Haz el favor de hacer lo que te dice, Bryan! -gritó de pronto la mujer con tal ímpetu que la saliva salió disparada de su boca. La exclamación hizo que la sangre de Lankau se helara-. ¡Hazlo ya!

Von der Leyen la miró. Ella se inclinó hacia un lado, jadeando; Peuckert la había golpeado en el pecho.

Arno von der Leyen se incorporó lentamente.

Lankau intentaba tomarse la situación con calma. Un dolor creciente en el estómago se extendía por todo su cuerpo cada vez que tomaba aire. La mesa ya descansaba con todo su peso sobre las palmas de sus manos. Alzó la mirada cuando tuvo a los dos hombres delante.

– ¿No ibas a soltar a tu amigo? -dijo dirigiéndose a Gerhart con una pequeña sonrisa en los labios-. ¡Ya veremos si es capaz de sostener el vaso!

Los ojos azules y despiertos de Peuckert examinaron a Lankau. Tardó un buen rato en deshacer el nudo del cinturón con una mano, puesto que sostenía la pistola en la otra. Lankau echó el cuerpo hacia atrás y lo acomodó para poder enviar la mesa contra Arno von der Leyen y Gerhart Peuckert.

El efecto al saltar con la mesa apoyada en los brazos fue espectacular. Peuckert disparó inmediatamente en un acto reflejo, pero para entonces ya fue demasiado tarde. La mesa paró los disparos. Los dos hombres fueron arrojados hacia atrás por el peso de la mesa maciza y cayeron al suelo. El arma voló de la mano de Gerhart y aterrizó cerca de la puerta del pasillo. Antes de que los dos hombres hubieran siquiera empezado a pelearse con la pesada carga que les había caído encima, Lankau ya estaba de pie.

Soltó un rugido triunfal y esquivó la mesa de un salto, con el que pretendía hacerse con la pistola. Todavía quedaban tres balas en el cargador. No vacilaría en utilizarlas todas; una para cada uno. Los perros tendrían comida de sobra.

Y de pronto, su mundo se hundió de una vez por todas.

– Detente -fue todo lo que tuvo que decir.

Delante tenía a Petra. La expresión de sus ojos no daba lugar a equívocos. La pistola descansaba segura en su mano.

– ¡Deja que lo haga yo, Gerhart! ¡Sé dónde está la botella! -dijo con voz autoritaria al hombre alto, ofreciéndole la pistola.

El dolor en el estómago volvió a crecer y su respiración se hizo más pesada. Esta vez lo sentaron a la cabecera de la mesa, apretujado contra la pared.

La mujer maniatada todavía sacudía la cabeza, impresionada por lo que acababa de presenciar. Petra ni siquiera la miró, tampoco miró a Arno von der Leyen, que volvía a estar echado a los pies de la mujer.

– ¡Vas a dejar tranquila a la mujer, Gerhart! ¡Yo haré lo que haya que hacer!

– Te dije que te mantuvieras alejada hasta que todo hubiera terminado -repuso Peuckert, que estaba pálido como una sábana.

– ¡Lo sé, pero será como yo te diga, Gerhart!

Pocos segundos después de que Petra hubo entrado en la cocina se oyó un plop, como un vacío que había sido compensado. Lankau miró el póster de la pared. «Cordillera de la Paz», un mundo fantástico que se alejaba de él. La tierra crecía, las distancias se hacían inabarcables.

Cogió el bolígrafo y empezó a escribir. «…Obersturmbannführer en las SS Wehrmacht, alias Hans Schmidt». Cuando hubo terminado la frase, volvió a alzar la mirada.

– ¿Eso es todo? -preguntó en un tono de voz desafiante.

Gerhart Peuckert lo miró tranquilamente y le dictó el finaclass="underline"

– Pido perdón a mi familia. La presión de los demás se hizo demasiado fuerte. ¡No podía ser de otra manera!

Lankau lo miró. Alzó las cejas y volvió a dejar el bolígrafo sobre la mesa. Estas palabras serían las últimas que dirigiría al mundo. Hiciera lo que hiciese, Gerhart le quitaría la vida.

Cerró los ojos y dejó que el aroma de los granos de café, de la tierra seca y de la brisa de las depresiones de la selva se apoderara de él. Los arbustos de coca le procuraban sombra. Los sonidos de las casitas de los indios le llegaban como si fueran reales. Y de pronto volvió a sentir la presión en el diafragma, esta vez más arriba. La piel se le heló. No se atreverían a utilizar la sosa cáustica, lo sabía.

– ¡Escríbelo tú mismo, miserable! -gritó, abriendo los ojos mientras intentaba en vano echar la silla hacia atrás. El disparo cayó inmediatamente y la bala se incrustó profundamente en la viga, justo encima de su cabeza. Gerhart Peuckert no había vacilado ni un segundo.

Horst Lankau miró hacia la puerta, por la que apareció Petra con el vaso en la mano.

– ¡Nadie creerá que me haya querido suicidar con sosa cáustica!

– ¡Eso ya lo veremos! -replicó Gerhart volviéndose hacia la mujer en el umbral de la puerta-. ¡Venga, Petra!

Lankau se había quedado inmóvil. Su rostro se había tensado dejando ver unas arrugas profundas que lo cruzaban. El vaso había cambiado de propietario y descansaba ahora pesadamente en la mano de Gerhart. Lankau inspiró profundamente a través de los dientes.

Entonces cogió el bolígrafo y volvió a escribir un rato. Cuando dejó el bolígrafo sobre la mesa, sus ojos tenían una expresión vacía.

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