Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La Casa del Alfabeto
La Casa del Alfabeto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 137
Перейти на страницу:

– ¿Quién va a impedírmelo?

– ¡Hay alguien que sabe que estoy aquí!

Lankau lo miró con conmiseración.

– ¿Ah, sí? ¿De veras? ¡Y ahora me dirás que toda la caballería está esperando en el margen de Münstertal! -Lankau rió a carcajadas-. ¿A que también hay alguien a mis espaldas apuntándome con una pistola? ¿Es ahora cuando toca soltar esta mamarrachada?

– Le conté al conserje del hotel dónde estaría esta noche.

– ¡Vaya! -Lankau torció la boca en una mueca-. Pues le agradezco que me lo haya contado, Herr Von der Leyen. Tendremos que buscar una explicación razonable a tu repentina sortie, ¿no te parece? Debería ser bastante fácil, ¿no?

– Métetelo en la cabeza de una vez: ¡no me llamo Von der Leyen!

– ¡Átate los pies y no hables tanto!

– Sabes que es mi mujer, ¿no es cierto?

– ¡Sé muchas cosas! ¡Vaya si las sé! Que está sorda. También sé que es incapaz de decir nada sin estar amordazada, pero, en cambio, con la mordaza todo va mucho mejor. ¡Y luego sé que se llama Laura y que es de Friburgo, pero que prefiere vivir en Canterbury! Tú seguramente también vives en Canterbury, ¿me equivoco?

– He vivido allí toda mi vida, salvo unos pocos meses durante la guerra, que pasé donde tú ya sabes.

– ¿Y entonces fue cuando vosotros, mis tortolitos preferidos, decidisteis hacer un viaje turístico? ¡Fenomenal! -Su sonrisa irónica desapareció y respiró hondo-. ¿Has acabado de atarte? ¿Has tensado bien la cuerda?

– Sí.

– Levántate, recoge el resto de la cuerda y acércate a la mesa dando saltitos. Déjame ver si estás bien atado. ¡Pon las manos a la espalda!

Lankau comprobó de un tirón en la cuerda que estaba bien atado. Su respiración seguía denotando excitación.

– Inclínate sobre la mesa, ¿me has entendido?

Bryan apoyó la mejilla contra la encimera. El fuerte tirón del brazo estuvo a punto de rompérselo.

– No te muevas -le advirtió Lankau-. ¡Cómo te muevas, te rompo el brazo!

Dicho esto, enrolló la cuerda alrededor de la muñeca del brazo derecho de Bryan y luego alrededor del pulgar de la misma mano. Cuando finalmente estuvo fijado el brazo, pasó la cuerda por el cinturón de Bryan y tiró de ella. Bryan soltó un grito cuando el brazo derecho le quedó bloqueado detrás de la espalda.

– ¡Vaya pareja que estáis hechos, vosotros dos! -prosiguió Lankau dándole la vuelta a Bryan, al que se le clavó el borde de la mesa en la herida del costado. Bryan soportó el dolor agudo sin rechistar-. ¡Sois casi como Peter y Andrea! ¡Un par de seductores redomados! ¡Tan simpáticos y dulces! -Lankau se rió-. ¿Los conoces?

– ¡Stich ha muerto! -dijo Bryan en un tono de voz cavernoso cuando Lankau le ató el brazo izquierdo al cinturón, esta vez por delante.

Lankau se detuvo. Parecía que se disponía a pegarle.

– ¡Ya estamos otra vez! ¡Siempre inventándote algo nuevo!

– Está muerto. Hará una hora que lo encontré a él y a una mujer en el piso de Luisenstrasse. ¡Sus cuerpos aún estaban calientes!

Bryan cerró los ojos al ver a Lankau alzar la mano. El golpe fue contundente y brutal. El hombre del rostro ancho lo arrastró hasta llevarlo delante de la mujer y lo dejó caer a sus pies.

– ¡Deja que os vea!

Lankau se llevó la mano a la nuca, se la frotó ligeramente y luego se acercó a Laureen y le quitó la mordaza. Antes de que hubiera tenido tiempo de llevarse el pañuelo a la herida en la nuca, la mujer había roto a llorar.

– ¡Bryan, perdóname! -dijo con la mandíbula colgando y dificultosamente mientras lo miraba con los ojos bañados en lágrimas-. ¡Lo siento mucho! ¡No sabes cómo lo siento!

– ¿No lo decía yo? -La risa le procovó un acceso de tos-. ¡Habla muy bien el inglés para ser una sordomuda alemana!

La mujer siguió hablando y Lankau se dirigió al fondo de la estancia resoplando mientras oía sus voces cariñosas y desesperadas.

Bryan ladeó la cabeza e intentó acariciar sus rodillas con la mejilla. Laureen levantó las cejas en un intento de contenerse, susurró, pidió perdón, escuchó sus protestas. La respiración de! gigante del rincón se volvió casi inaudible. La calma que precede a la tormenta, pensó Bryan haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Laureen. No se hacía ilusiones. Ése era el acto en el que los delincuentes se despiden el uno del otro. La repentina dulzura y tranquilidad irracional de Laureen parecía confirmar que ella también lo sabía: iban a morir. Tampoco para su verdugo las últimas veinticuatro horas habían sido demasiado benévolas.

Pronto tendría que acabar todo aquello.

– Se acabó, queridos amigos -dijo finalmente, entrechocando las manos antes de ponerse en pie.

Bryan se volvió hacia él. Sus ojos estaban húmedos al igual que los de la mujer, que apenas osaba alzar la mirada.

– ¡Todavía estás a tiempo de evitar cometer una equivocación! -pidió-. Mi mujer y yo no pretendemos haceros daño. Yo sólo quería encontrar a Gerhart Peuckert. Era mi amigo. También es inglés como nosotros. Y mi mujer me siguió a Friburgo. Te juro que no lo sabía. Ella no ha hecho nada malo. ¡Si dejas que nos vayamos, te ayudaremos!

– Tú sigues erre que erre, ¿eh? -Lankau sacudió la cabeza y descubrió sus dientes amarillentos de nicotina-. ¿Realmente crees que puedes ayudarme? ¿Con qué? ¿Sabes lo que eres? ¡Un desgraciado!

– Cuando encuentren a Stich, también encontrarán unas cuantas cosas que te vinculan a él. Te interrogarán. Lo revolverán todo. ¿Quién sabe lo que encontrarán? A lo mejor tú y tu familia necesitéis un lugar adonde ir. Muy lejos de aquí. Muy, pero que muy lejos de aquí. ¡Y a lo mejor podríamos ayudarte! -Bryan vio cómo la duda momentáneamente borraba la fea sonrisa de la cara de Lankau-. ¿Acaso puedes estar completamente seguro de que Stich no haya dejado algo que pueda comprometerte? -añadió.

– ¡Cállate ya de una maldita vez! -rugió Lankau y saltó de la silla. Lanzó un puntapié con tal fuerza que el cuerpo de Bryan dio una vuelta sobre la mesa.

Los ojos desorbitados de Laureen lo miraron fijamente cuando rodó hacia ella. Laureen jadeó, ni siquiera lo miró, sino que mantuvo los ojos abiertos sin ver nada, aparentemente intentando controlar la respiración. Bryan supo inmediatamente que no se debía exclusivamente al miedo. De haber sido así, no se habría contenido.

Ella se debatía entre llorar y gritar.

Bryan intentó leer sus labios, que susurraban palabras inaudibles acompañadas de movimientos sutiles. No hubo manera de entenderla. De pronto Laureen se mordió el labio en una muestra de su desesperación. Ella lo miró resignada, guiñó los ojos en dirección a la ventana para luego bajar la mirada en un par de movimientos rápidos y repetidos.

Bryan percibió su desesperación cuando Lankau hizo ademán de acercarse a ellos.

– ¡Lo siento, Laureen! -se apresuró a decir al ver que Lankau se había detenido-. Debería habértelo contado todo. Debería haberte hablado del lazareto en Friburgo, y de James y…

Los cabezazos de Laureen lo interrumpieron. No quería oírlo. Entonces cerró las piernas y Bryan siguió el movimiento con la mirada. Y de pronto cesó. La mirada de Bryan se detuvo en el suelo.

Detrás de sus pies estaba la Kenju, apenas a un metro de él.

Ella debió de notar lo que era.

Lankau estaba detrás de él. Bryan se volvió hacia Lankau, de pronto temerario y desafiante.

– Acabarás como Stich, cerdo inmundo. ¡Y qué más da, si no quieres entrar en razón!

El Escupitajo jamás alcanzó su objetivo, sino que se deslizó por la barbilla de Bryan. La intención era clara. Lankau devolvió el saludo propinándole un puntapié y Bryan cayó al suelo, justo delante de las piernas de Laureen.

Tal como lo había planeado.

Imperceptiblemente, mientras todavía yacía en el suelo intentando recuperar el aliento contra las piernas de su esposa, Bryan logró sacar la pistola con el brazo derecho, que llevaba atado a la espalda. Tan sólo podía utilizar el dedo corazón y el anular. Se incorporó un poco y con la ayuda de Laureen, que empujó la pistola con la punta del pie hacia su lado izquierdo, consiguió colocarla cerca de la mano derecha. El sudor frío empezó a brotar en su frente extendiéndose por todo su cuerpo. Lankau volvía a respirar pesadamente.

1 ... 115 116 117 118 119 120 121 122 123 ... 137
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)