La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– Harías bien en beber, amigo mío. Sería todo mucho más fácil para ti.
El vodka le calentaba los labios. La botella había cumplido su propósito y estaba prácticamente vacía. El agua debajo de su cuerpo era casi hermosa, en todos sus suaves reflejos verdosos. Apenas se percató de que Lankau le introducía la cabeza debajo del agua. El agua lo envolvió, tan fresca y suave como la sensación de una almohada venteada en medio de un sueño febril. En el segundo antes de rendirse y aspirar el agua hasta los pulmones, Lankau volvió a sacarlo.
Después de dos largas inmersiones, la indiferencia ante lo que le estaba ocurriendo se apoderó de él. El alcohol había surtido efecto.
– ¡Todavía no te he oído quejarte! -El aliento agrio de Lankau estaba muy cerca. Bryan chorreaba agua-. ¿De qué estás hecho, cerdo? ¿Has bebido demasiado? ¿Vas a quitarme toda la diversión? -Lankau lo cogió de los pelos y le sacudió la cabeza. Bryan no vio más que destellos de luz.
Más celoso que irritado, Lankau se lo quitó de encima.
– Entonces me temo que tendremos que volver a intentarlo. ¡Quiero que me pidas clemencia a gritos! -Sus ojos atravesaron la nebulosa que rodeaba a Bryan-. Vas a ver a tu mujer morir aplastada en la prensa de uvas. Y también verás a Petra. Primero la cogeremos a ella, ahora que ya está atada. Así tendrás tiempo de reponerte para cuando le llegue el turno a tu esposa. ¡Un suave toquecito en el interruptor del lavadero y asunto resuelto! ¡Finísimamente! Así van las cosas cuando alguien me contraría. ¿No crees que esto acabará con tu resistencia? -Lankau adelantó el labio superior e una mueca y apoyó la botella en la barriga-. Una pena para Stikch y Kröner que no te pillara antes. Pero ¡qué la vamos a hacer! El que ríe el último ríe mejor.
Lankau resopló y tomó otro trago. Tenía el pelo revuelto, el torso estaba mojado del agua de la piscina. Se puso en pie con gran dificultad y se inclinó sobre Bryan.
– ¡Agárralo por aquí, Gerhart! ¡Hay que llevarlo al cobertizo!
CAPÍTULO 64
Cuando Lankau se disponía a agarrar a su víctima desfallecida, vio la sombra desplazarse por el suelo de la terraza. Lo siguiente que notó fue un golpe violento que lo hizo tambalearse y lo envió de cabeza al agua.
– ¡Maldita sea, Gerhart, eres un loco de mierda! ¡Ésta me la vas a pagar! -gimió Lankau mientras se agarraba a la escalera y salía de la piscina.
Cuando, con la irritación a flor de piel, se disponía a escurrir el agua de la ropa, se dio cuenta de lo que había pasado. Un error ridículo y sencillo: había permitido que Gerhart oyera lo que tenía pensado hacer con Petra. La conciencia de la pistola encima de la mesa le sobrevino súbitamente; pero por entonces ya fue demasiado tarde. Detrás de su víctima arrodillada que ya ni siquiera se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, estaba Gerhart Peuckert, de pie, como una estatua de sal, apuntándolo con la pistola.
– ¿Qué pasa, Gerhart? -dijo Lankau alargando la mano en un gesto conciliador-. ¿Es que ya no somos amigos, tú y yo? -Sus pisadas resonaron oscuras y difusas cuando se acercó al hombre alto-. ¿Ha sido lo que he dicho de Petra, Gerhart? ¡Bueno, pues entonces te pido perdón! -Lankau lo miró fijamente a los ojos. La mirada de Peuckert era una fragua de odio. Lankau evaluó sus posibilidades-. Si sólo era una broma, ¿lo sabes, no? ¿Qué creías? ¡Si sólo se trata de hacer que el cerdo de Von der Leyen pase un mal rato! ¡Ya lo sabes! -Un paso más y lo golpearía-. ¡No te preocupes por Petra, ella vale!
Fue lo último que alcanzó a decir antes de que Gerhart empezara a gritar.
La protesta resultó tan terrorífica que los pájaros levantaron
el vuelo emitiendo graznidos y Lankau se quedó helado. Mientras aún se oía el eco del grito lleno de odio escampándose por el paisaje, la situación ya había quedado clara. Gerhart Peuckert no tenía la más mínima intención de permitir que se le acercara. Su rostro había adquirido un tono rojizo, había abierto los labios y los dientes asomaban visiblemente. Lankau retrocedió un par de pasos y estuvo a punto de resbalar en el charco que él mismo había dejado. Alzó los brazos y reculó describiendo una curva hacia la puerta que daba, al salón. El hombre que tenía delante no hizo nada, sino que permaneció inmóvil y jadeante, observando su torpe intento de huida.
Cuando alcanzó el salón, se dio la vuelta rápidamente y corrió hacia el lavadero.
En el preciso momento en que su mano se posó en el interruptor principal del cobertizo, su perseguidor lo alcanzó, tal como lo había planeado Lankau.
– ¡Dame esa pistola de una vez, Gerhart! Si no, accionaré el interruptor-dijo, encorvando el dedo-. Si no lo haces, no volverás a ver a Petra. ¿Vale la pena?
– Oí lo que dijiste antes -replicó Gerhart. Los músculos de su rostro todavía temblaban-. ¡Lo harás de todos modos!
Gerhart llevó la pistola a la cabeza de Lankau y la apretó contra su sien. Al cabo de un rato, unos cardenales rodeaban la boca del cañón.
– ¡Tonterías, Gerhart! ¡Estás demasiado mal para saber distinguir entre realidad y ficción! -Los poros supurantes en el rostro de Lankau contrastaban con su voz pausada. Por un momento, sus pulmones parecieron vaciarse.
Con una lentitud pasmosa, Gerhart llevó la mano hasta la de Lankau, que todavía descansaba sobre el interruptor.
– ¡No me toques o pulsaré el interruptor! -amenazó Lankau, sudoroso, siguiendo la mano que se alzaba y sobrepasaba la suya.
Cuando, por fin, la mano nervuda y delgada de Gerhart se posó sobre la suya, Lankau dejó de resistirse. La mirada de Gerhart Peuckert era tranquila, viva y fría.
Lankau se estremeció cuando Gerhart accionó el interruptor. El chasquido que se oyó en el cobertizo acompañó el destello de Iuz del patio. Lankau no sabía si había oído un grito. El traqueteo característico de la prensa significaba que ya estaba funcionando a toda máquina en torsiones endiabladas.
Durante los próximos minutos, Lankau obedeció las órdenes de Gerhart Peuckert sin rechistar. Rezaba para que al loco no se le ocurriera toquetear el seguro de la pistola mientras lo apuntaba con ella. Cada soplo de aire que inspiraba lo dedicaba a pensar en la manera de escapar de aquel loco que lo tenía en jaque.
Por exigencias de Peuckert, arrastró a Von der Leyen hasta la mujer, que no dejaba de llorar. Mientras tanto, intentaba recordar dónde podía estar la escopeta de caza que parecía de juguete, que su esposa guardaba en algún lugar de la casa. Al pasar por delante de los trofeos y las armas exóticas que colgaban de la pared detrás de la mujer maniatada, consideró dar un salto y coger una, aun a riesgo de perder la vida.
Y, sin embargo, Gerhart Peuckert nunca le brindó esa posibilidad.
– Siéntate a la mesa -ordenó Peuckert cuando Lankau hubo finalizado su misión. Ya no se oía ningún ruido extraño en la estancia. Amo von der Leyen estaba sentado en el suelo, cabizbajo, guiñando los ojos, mientras intentaba sonreír a la mujer que estaba detrás de él.
Una admiración turbadora por la frialdad de Peuckert se apoderó de Lankau, mezclándose con pensamientos febriles llenos de odio que, de momento, tendría que reprimir.
– Mete las piernas debajo de la mesa -dijo Gerhart sin siquiera mirarlo-. Arrastra la silla contigo.
Lankau bajó las comisuras de la boca y pegó su gruesa barriga al borde de la mesa. El idiota estaba rebuscando en los cajones del secreter de su mujer.
– ¡Escribe aquí! -exigió Peuckert a la vez que dejaba una hoja de papel pautado sobre la mesa.
– ¡No sabes lo que haces, Gerhart! -El papel en blanco desgarraba la conciencia de Lankau-. ¿No preferirías que te llevara de vuelta al sanatorio? ¡Piénsalo! De no haber sido por esos dos, no habría pasado nada. ¡No es culpa mía! -Lankau maldijo y miró a Gerhart-. De no haber sido por esos dos, tú y Petra todavía podríais haber estado bien juntos, ¿no es verdad? Y les haya pasado lo que les haya pasado a Kröner y a Stich, esto no habría sucedido. ¿Estoy en lo cierto?