La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Al cabo de un momento se incorporó y empezó a tensar los músculos, grupo por grupo. Tenía que estar preparado. Para Lankau y el otro. Ahora mismo, no quería pensar en Petra y en la mujer que la acompañaba. Tendría que esperar.
Primero Lankau y luego Amo von der Leyen. El uno lo llevaría al otro. Así de sencillo. Mientras ellos estuvieran vivos, no podría estar seguro de reencontrar la paz y la tranquilidad. Y eso era lo único que deseaba. Como antes, ni más ni menos. Pero ¿cómo? En el sanatorio podría ir a por él y hacerle de todo. Le harían daño y lo obligarían a volver al pasado. Y lo conseguirían.
No podía permitirlo.
El pasado sólo escondía el mal.
Gerhart se incorporó y dejó caer los hombros. El reloj de Kröner dio la media en el salón; había llegado el momento de salir de allí,
Lankau estaba en la hacienda, fueron las últimas palabras de Kröner; en la granja, a las afueras de la ciudad, en medio de las viñas.
Gerhart no recordaba haber andado tanto. Aunque no estaba cansado, el vacío era un acompañante opresivo. Durante innumerables años, hasta donde le alcanzaba la memoria, nunca le había faltado un brazo de apoyo a su lado.
Sobre su cabeza, hacía tiempo que la alfombra estrellada había cubierto el cielo. La bruma y la oscuridad no le asustaban. La luna se posó tibiamente sobre el paisaje. La tierra desprendía un fuerte aroma; pronto llegaría el tiempo de la cosecha.
Para entonces, Stich y Kröner ya serían historia.
Gerhart escuchó el sonido de sus propios pasos. Se encontraba en campo abierto. No había marcha atrás. Por cada paso que daba, el odio hacia aquellos dos hombres crecía. Se subió la gabardina hasta las orejas.
Cuando Arno von der Leyen desapareció, fue una gran desgracia. Sin embargo, los años habían transformado la desgracia; se había encogido. Y, de pronto, había vuelto y ésta se había desatado de nuevo. Por eso tenía que odiarlo. Sin él, todo habría seguido igual.
Petra volvería a perfilarse con nitidez en sus sueños.
Había luz en la casa. Gerhart alzó la mirada. Luz en todas las ventanas, como si estuvieran celebrando una fiesta.
Al llegar a la primera curva del sendero que llevaba a la casa, se echó al suelo y avanzó a rastras. Más de una vez, Lankau se había divertido soltando a los perros cuando tenía invitados en casa. En esas ocasiones, solía plantarse en medio del patio con los brazos en jarras, obligando a los perros a arrastrarse delante de él, mientras los invitados se apresuraban hacia sus coches.
En esas ocasiones, apenas era capaz de ocultar su satisfacción.
Todo estaba en silencio. Incluso los zumbidos de la carretera habían cesado. De pronto, Gerhart profirió un silbido. Los sonidos repentinos y agudos podían hacer enloquecer y romper en ladridos histéricos hasta al más peligroso de los perros, un monstruo infame. Al segundo intento, se sintió convencido de que los perros no se encontraban en la hacienda aquella noche.
La zanja conducía directamente a la parte trasera de los anexos. Gerhart avanzó los últimos metros sobre la tierra húmeda de la zanja y apareció en el patio de la hacienda. Contrariamente a lo que solía ser costumbre en la casa, no estaba iluminado. Gerhart supo que algo no iba bien. La farola siempre estaba encendida cuando había alguien en la casa. Un nuevo y desconocido nerviosismo se propagó por su cuerpo.
No había que pasar por alto las señales de Lankau.
La luz del lavadero se posaba sobre los adoquines con un brillo pálido. No había ningún coche, ni siquiera el de Lankau.
Al cabo de un momento, Gerhart se puso en pie con cautela y miró a su alrededor. Las pequeñas ventanas cuadradas de las distintas secciones de la cabaña de madera podían fácilmente ocultar la mirada furtiva de algún ocupante de la casa. Dio un rápido paso a un lado y alcanzó la puerta del cobertizo.
Gerhart había estado allí en muchas ocasiones. Comparada con la terapia ocupacional clínica y ordenada que le ofrecían en el sanatorio, aquella estancia era Jauja: una confusión de impresiones visuales, útiles de jardinería, herramientas y retales y pedazos de materiales usados. Del colgador, al lado del hilo bramante, solía pender un cuchillo corto que había sido afilado tantas veces que la hoja casi había desaparecido.
Todavía era un cuchillo muy afilado, Gerhart se recostó contra una de las vigas portantes y pasó el dedo por la hoja. Respiraba tranquila y pausadamente. Los contornos del mundo que lo rodeaban estaban a punto de abrirse y hacerse tridimensionales.
El cuchillo no era su única arma. En cuanto se presentara ante Lankau, se mostraría tranquilo y sereno. Haría que la montaña de carne se sintiera superior y seguro de sí mismo. Haría que le hablara de Arno von der Leycn. Tranquilamente.
Y entonces empezaría a hablar con normalidad. Gerhart estaba seguro de que podría hacerlo. De hecho, las palabras le llegaban casi sin vacilación. Se sentía presente y despierto. Las pastillas habían dejado de actuar como un escudo contra los pensamientos.
Finalmente soliviantaría a Lankau hasta dejar al descubierto los rincones más vulnerables de su ser, allí donde resultaba más fácil odiarlo. Y entonces le asestaría el golpe. Ya encontraría los medios para hacerlo. Sólo se llevaba el cuchillo por si acaso, por si surgía algún imprevisto. Gerhart volvió a tensar los músculos uno por uno y respiró profundamente, llegándole así el aroma casi desleído de una cosecha pretérita.
El sonido, parecido al que hace una rata corriendo sobre gravilla, le llegó a través de la oscuridad. El gemido que acompañó la impresión era humano. Gerhart estrujó el cuchillo con fuerza. ¿Había pasado algo por alto? ¿Lo esperaba Lankau en la oscuridad? Se apretujó contra la viga y paseó la mirada por todos los rincones.
La siguiente vez que oyó el ruido supo de dónde procedía. La puerta de la estancia donde se encontraba la prensa no estaba cerrada; de haberse hallado en plena vendimia, eso habría sido totalmente impensable.
Gerhart entró en la estancia y descubrió en seguida la figura blanca echada sobre la hélice de la prensa con ojos implorantes y atemorizados. Cuando aquellos ojos se encontraron con los de él, el miedo se despejó momentáneamente.
Era Petra.
Gerhart se quedó helado.
CAPÍTULO 61
Lankau pasó por encima de Bryan, que estaba tendido en el suelo. A sus espaldas, Laureen se había quedado callada y turbada. La perspectiva de acabar como comida para perros la había dejado paralizada.
De pronto, los restos de la silla de Lankau, objetos arrojadizos durante el combate, fueron arrinconados de un puntapié. Bryan estiró el cuello volviéndolo hacia atrás y vio un par de pieles colgadas en la pared. Entre las dos pieles había un tirador casi invisible, pintado del mismo color que la pared. Cuando Lankau lo bajó, el clic de la cerradura fue seguido por un soplo de aire fresco. El cambio de aire a punto estuvo de provocarle un desmayo. La puerta oculta descubrió el crepúsculo y la luna saliente. Lankau accionó un interruptor situado en el exterior de la casa. Un mar de luz descubrió una gran cantidad de detalles nítidos a las instalaciones en el exterior.
Bryan sintió por fin que la Kenju se había acomodado en su mano izquierda. Tendría que girar el cuerpo e incorporarse para encontrar el ángulo adecuado, si quería hacerse ilusiones de dar en el blanco. Era casi imposible disparar un tiro efectivo en ángulo descendiente y agudo cuando la mano estaba atada a la altura de la cadera. Bryan se volvió lentamente hacia la puerta que daba a la terraza, esperando que cuando Lankau volviera a entrar, después de admirar las instalaciones elegantes, lo hiciera de espaldas. A su lado, Laureen había dejado prácticamente de respirar.
La distancia que lo separaba de Lankau cuando éste entró por la puerta era de menos de cuatro metros. Sonó el disparo en el preciso instante en que Lankau se disponía a volverse.