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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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La sangre abandonaba su cuerpo muy lentamente, pero tenía el brazo izquierdo anquilosado.

En el momento en que lo descubrió, Lankau avanzó hacia él, arrastrándose por el suelo. Bryan buscó a tientas por el suelo y encontró un leño igual que el que había lanzado contra su agresor. Cuando Lankau se disponía a lanzarse contra él, Bryan lo golpeó en el brazo con tanta fuerza que tanto el leño como el cuchillo salieron despedidos por el aire.

– ¡Cerdo! -rugió Lankau mientras luchaba por incorporarse.

Ambos respiraban con dificultad, aunque no perdían de vista al otro ni por un momento. Tan sólo los separaban un par de metros.

– ¡No la encontrarás! -gruñó Lankau al ver que Bryan recorría el suelo de la estancia con la mirada.

Movió los ojos con mayor rapidez. Ni el cuchillo ni la Kenju podían estar muy lejos. Cuando su mirada alcanzó el encendedor que, hacía tan sólo un par de meses, le había regalado a su mujer, se le heló la sangre. De pronto fueron apareciendo las pequeñas pertenencias de Laureen diseminadas por la superficie ruda del suelo. Al volver la cabeza y ver unos pies atados a las patas de una silla le sobrevino el mayor susto de su vida. En ese mismo instante, reconoció la sensación que había tenido al entrar en la estancia: una impresión pesada e insistente que debería haberlo puesto sobre aviso; una insinuación ligera e incitante del perfume que Laureen había utilizado a diario durante los últimos diez años.

El perfume que, en su día, él mismo le había pedido que usara.

El jadeo que profirió al ver a su mujer atada a la silla, pálida y con la mirada embotada y soñolienta, se interrumpió de golpe.

Lankau aprovechó un momento de descuido, cuando Bryan había buscado los ojos de Laureen con la mirada, para abalanzarse sobre él con todo el peso de su cuerpo, y la herida del costado se volvió a abrir.

Lankau se había quedado con la boca abierta. El aliento fétido y la saliva viscosa le salía a borbotones. Estaba profundamente concentrado en las llaves de lucha libre que intentaba aplicar a su víctima. Toda su fisonomía parecía ávida de infligir dolor. Las manos de Bryan buscaban febrilmente atajar aquella coraza. Tuvo que atrapar puñetazos, interceptar golpes, detener puntapiés y rodillazos. Las bocas de ambos eran como tijeras cortantes que se abrían y cerraban sin cesar, buscando el cuello del otro.

La fuerza centrífuga arrojó los cuerpos sobre el contenido del bolso de Laureen: paquetes de tabaco, tampones, perfiladores de ojos, polvera, agenda, apuntes y otros objetos de carácter indefinido. Chocaron contra los muebles, arrancaron mantelillos de encaje de los aparadores, volcaron figuritas negras de Kenia y rompieron carcajes zulús como si de cascaras de huevo se tratara.

En el preciso momento en que Bryan había conseguido liberar una mano con la que agarrar a Lankau por la entrepierna, el gigante se revolcó y alejó a Bryan de un empujón.

Separados por apenas un par de metros, los dos hombres intentaron formarse una idea general de la situación y de las posibilidades de cada uno mientras recuperaban el aliento. Un viejo que lo había aprendido todo acerca del arte de matar y un médico de mediana edad que sabía que la suerte no es un valor eterno. Sus ojos no buscaban lo mismo. Lankau buscaba cualquier objeto que pudiera usar como arma; Bryan sólo buscaba la Kenju.

Lankau fue el primero en encontrar lo que buscaba. A Bryan no le dio siquiera tiempo de verlo lanzar su pieza de artillería. El aparador lo alcanzó de lleno en la clavícula, cortándole la respiración. En ese mismo instante, el hombre corpulento saltó sobre Bryan como si de pronto tuviera alas.

Mientras su brazo derecho impactaba contra el diafragma, el otro se cerraba alrededor del cuello de Bryan, atrapando los pelos de la nuca que Laureen siempre había intentado que se afeitara. Aquel brazo, tan grueso como un poste, estuvo a punto de romperle el cuello. El nudo en la garganta creció de manera casi sobrenatural. Entonces Lankau volvió a ponerse en pie y, con una fuerza sobrehumana, lanzó a Bryan contra la pared en la que estaban colgadas las cornamentas. Uno de los trofeos de los últimos años colgaba a la altura del pecho. Los pequeños y afilados cuernos desgarraron la americana de Bryan con tanta facilidad que podría creerse que la tela de la que estaba hecha tenía varios cientos de años.

El grito de Laureen hizo que Bryan volviera la cabeza. Lo siguiente que notó fue la colisión con el cuerpo de Lankau. Uno de los cuernos rebotó en la columna vertebral de Bryan con un chasquido aterrador que hizo que Lankau soltara un rugido de alegría y se ensañara con Bryan con fuerzas renovadas.

Fuera el dolor o la intuición lo que lo llevó a hacerlo, el caso es que Bryan alzó los brazos, que fueron a dar contra la cornamenta de otro de los trofeos de caza de Lankau.

Cuando finalmente los dedos alcanzaron los cuernos del trofeo, la sangre salía a borbotones de su espalda. Aplicando el peso de su cuerpo, Bryan logró arrancar la cornamenta de la pared y continuó e! movimiento descendiente con tal fuerza que los cuernos se clavaron en los recios músculos de la nuca de Lankau. El hombre de la cara ancha reculó de un salto con una expresión de sorpresa y el cráneo del ciervo sobresaliéndole de la cabeza.

Estaba visiblemente afectado y dio unos pasos titubeantes que suelen preceder al desplome. En el momento en que cayó sobre el cuerpo de Laureen, Bryan tuvo que reconocer que Lankau todavía guardaba un as en la manga.

Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, el hombre corpulento se había puesto en pie y había rodeado la silla. Desde aquella postura agarró el cuello de Laureen con su brazo derecho. La intención era clara: un solo tirón de aquel fornido brazo, y la vida de Laureen habría terminado.

Lankau no dijo nada. Se limitó a respirar pesadamente y miró a Bryan fijamente a los ojos mientras su mano izquierda buscaba la cornamenta que pendía de su carnosa nuca. Bryan se separó de la pared en el momento en que Lankau tiraba hacia arriba. Sus alaridos de dolor se fundieron en un largo grito aterrador.

– ¡Tú te quedas dónde estás! -rugió Lankau inmediatamente al ver que Bryan daba un paso adelante-. ¡Un solo movimiento en falso, y le rompo el cuello!

– No me cabe la menor duda.

Bryan sabía que no se trataba de una amenaza vana.

– Coge esa cuerda de ahí. ¡Ya sabes perfectamente dónde encontrarla!

– Me desangraré si antes no encuentro algo con lo que cubrirme las heridas.

El ojo ciego de Lankau se entreabrió al fruncir el ceño. No había el menor rastro de misericordia en aquel hombre. Se quedaron inmóviles, midiéndose mutuamente.

La expresión en los ojos de Laureen era desgarradora. La presión del brazo tensaba los tendones de su cuello haciendo que parecieran cuerdas de una guitarra a punto de romperse. Si Lankau le rompía el cuello ahora, la lucha todavía no habría terminado. Ambos lo sabían y por eso Bryan podía permitirse desafiarlo y levantarse la camisa. La herida en el costado soltaba un constante y lento reguero de sangre. Se pasó la mano por la espalda con mucho cuidado. La piel alrededor de las profundas heridas provocadas por los cuernos estaba desgarrada. Bryan decidió arrancarse la camisa y la americana.

El vendaje era más que provisional, pues se caía a trozos. Lankau sonrió al ver cómo Bryan hacía tiras de la camisa y luego se vendaba las heridas con ellas. Una vez hubo terminado, Bryan fue a por la cuerda.

– ¡Me temo que tu vendaje no te va a servir de gran cosa! -se rió Lankau llevándose la mano a la nuca.

Bryan lo ignoró.

– ¡Y ahora supongo que pretenderás que me ate a la silla yo mismo!

– ¡Empieza por los pies, cerdo!

Bryan se agachó con dificultad.

– Supongo que sabes que no vas a salir de ésta…

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