La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– ¿Crees que soy idiota, Von der Leyen? -dijo llevándose la mano a la nariz, donde la herida ya se había cerrado-. No me creo nada de lo que me estás contando. Es posible que la caña de bambú esa sea tu mujer y que ahora te hagas llamar Underwood Scott. Al fin y al cabo, somos muchos los que adquirimos una nueva identidad después de la guerra. Pero fuiste Arno von der Leyen entonces, y sigues siendo Von der Leyen ahora. La cuestión es, ¿qué hacer contigo?, porque no puedo hacerte desaparecer y ya está. ¿O sí puedo? Ya no soy un niño, ya no me mamo el dedo, ¿verdad? Yo no me expongo así como así, como haría un jovenzuelo. ¡Tenemos que hacerlo bien!
– ¿Hacerlo? ¿No esperarás que te ayudemos?
Bryan se echó a un lado y volvió a jadear. Su rostro se contrajo de dolor cuando se echó al suelo sobre el costado izquierdo, sin fuerzas y resignado, de tal manera que la pistola quedó atrapada debajo del codo.
La expresión del rostro de Lankau era insondable, hosco y tranquilo.
– Imagínate que realmente hay alguien que sabe dónde estás esta noche… Seguramente me has mentido como en todo lo demás, pero ¿y si resulta ser verdad? ¿Qué pasará? ¿Te desnuco o te ahogo en la piscina que hay detrás de la casa? ¿Y qué debo hacer con esa canija? ¿Me la llevo a la prensa con Petra? ¿Sabrá tu conserjito que está aquí con nosotros? ¡Lo dudo!
Bryan intentó reavivar su mano izquierda. De momento había perdido la sensibilidad. En cuanto tuviera la pistola en la mano, sólo contaría con una oportunidad; no podía dejarla pasar.
– ¿Dónde está Petra? -preguntó Laureen, sorprendida. Parecía serena y miró por primera vez a Lankau a los ojos.
– ¡Mire por donde, señora mía! ¡Pensé que nunca me lo preguntaría! Muy extraño, ¿no le parece, teniendo en cuenta que eran tan buenas amigas? Sí, desde la infancia, ¿no era así?
– No la había visto en mi vida, hasta esta mañana. ¿Dónde está?
– ¿Sabe qué? Realmente creo que hay que recompensar tanta preocupación. Os voy a juntar, por así decirlo. En un sentido algo figurado, claro, ¡pero siempre será mejor que nada!
– ¿De qué estás hablando?
Bryan tosió hasta temblarle el cuerpo. Movió los dedos cuanto pudo.
– En el lavadero hay un interruptor. Lo he desconectado. ¿A lo mejor te fijaste en que la luz del patio no estaba encendida, contrariamente a como la dejaste al marcharte?
Bryan lo miró fijamente a los ojos.
– ¿Y…?
– Y ese interruptor es el interruptor principal del anexo, el garaje y la prensa de vino.
– ¿La prensa? ¿A qué te refieres?
– Sí, seguramente la conocéis, pero a lo mejor no lo sabíais. Una prensa de esas en las que se meten los racimos de uva… Las uvas van dando vueltas, suavemente, hasta que quedan aplastadas. ¡Un invento muy práctico, si se me permite decirlo!
– ¡Animal! -gritó Laureen. Se echó hacia adelante en la silla, como si intentara agredir a Lankau. Sus ojos estaban húmedos de cólera-. ¿No pretenderás decirme que Petra…?
De pronto, los hombros de Laureen se relajaron y empezó a sollozar.
– No, no lo pretendo. Pero si se me ocurre accionar el interruptor, ya sería otra cosa. -Su rostro se ensombreció-. Sin embargo, vamos a esperar un poco más; no he acabado con ella todavía. Aunque probablemente no vaya a cambiar nada.
– ¡Laureen, tranquila! -Bryan se echó hacia atrás e intentó acariciarla moviendo la cabeza de un lado a otro-. ¡No llegará tan lejos, Laureen! ¿Viniste hasta aquí con ella?
– Sí.
– ¿No está compinchada con los demás?
– ¡No!
Bryan alzó la mirada hacia Lankau. Parecía que poco a poco iba recuperando la sensibilidad en la mano. Pronto tendría que decidirse a hacer un primer intento; tendría que ganarse el tiempo que necesitaba.
– ¿Qué os ha hecho Petra? -preguntó.
– Eso es algo a lo que no puedo contestar hasta que no hayas desaparecido tú, Herr Von der Leyen. ¡Nunca lo sabrás! Bad timing! -Lankau soltó una carcajada-. ¿No es así como lo llamáis vosotros? Pero, en el fondo, no importa lo que haya hecho o dejado de hacer, el resultado será el mismo. Ya te lo he dicho -Lankau se volvió-. ¿Sabes? Uno de mis amigos tiene una magnífica perrera cerca de Schwarzach. Allí tengo tres dobermans; pésimos perros de caza, es cierto, pero muy buenos vigilantes. En realidad es una pena que no me los haya quedado este fin de semana, así podríamos solucionarlo todo de golpe.
Laureen bajó la mirada. Bryan se había quedado inmóvil. Se esforzó en respirar sosegadamente. Todavía no había llegado el momento de ponerse a gritar.
– ¡Tienen muy buen apetito, esos tres chuchos! -prosiguió Lankau volviendo a mostrar sus dientes manchados-. No tardarían más de dos días en acabarse a una mujer de la envergadura de nuestra pequeña Petra, por no hablar de ti, fideo. Y si resultara que tienen problemas en el primer intento, me sobra espacio en el congelador.
CAPÍTULO 60
Acababa de sonar el timbre cuando Gerhart se disponía a abandonar la casa de Kröner. El chasquido había llegado a sus oídos con una fuerza diabólica. De pronto, le fue difícil reprimir las ganas de llorar. Fuera reinaba el silencio. Alguien esperaba que abriera la puerta.
Y entonces se le abrió el cielo.
Sólo existía en los pocos momentos en que podía descansar escuchando el tono de voz protector de Petra. El cadáver en la bañera, a escasos pasos de él, recuperó el alma y la vida. La pesadilla había sido exorcizada. Las feroces intenciones que abrigaba en cada fibra de su cuerpo, la venganza y la lucha contra la desconfianza y los abusos; aquella voz lo pulverizaba todo.
Sin embargo, la gloria duró poco. De repente se dio cuenta de que la traición siempre está al acecho, siempre está presente. La siguiente frase fue como una punzada infringida a traición. Petra hablaba la lengua que evocaba el dolor y la angustia. Cada palabra, cada timbre de voz que formó en su boca lo desolló dejándolo desprotegido y vulnerable. Era el aliento del mal, que recobraba la vida. Gerhart inclinó la cabeza y se tapó los oídos con las manos. La voz de la otra mujer era aún más aguda y, por tanto, más inquietante. Hablaba aquella lengua sin nitros, de forma punzante y directa. Gerhart se había quedado inmóvil, con las manos apretadas contra los oídos, contando los segundos hasta que sus voces se extinguieron.
La imagen de la mujer menuda y rubia que ocupaba un lugar tan importante en su corazón empezó a centellear y a deformarse. De pronto, le resultaba difícil evocar su sonrisa eterna. Un vértigo creciente lo llevó a escurrirse pared abajo hasta que, al final, se encontró a sí mismo sentado en el suelo del pasillo, con la cabeza apoyada contra la puerta de roble.
Lo que más le apetecía era irse a casa; allí le darían de comer y podría dormir. Su casa era el sanatorio. Allí estaría protegido.
Gerhart sacudió la cabeza y empezó a gimotear. Lo que acababa de oír no quería desaparecer. ¿De quién podría fiarse a partir de ahora? ¿Quién quería hacerle daño?
Todavía quedaba el monstruo de la cara ancha, que lo había maltratado durante tantos años. Kröner ya no estaba para parar los golpes del hombre corpulento. Lankau disfrutaría. Gerhart lo había visto tantas veces. Siempre al acecho, la mirada reluciente de malas intenciones. Un diablo que tiranizaba a los que lo rodeaban. A todos, salvo a Kröner y a Stich, y ahora habían desaparecido. Merecidamente.
Gerhart se disponía a contar la hilera de tablas del revestimiento de madera de la pared cuando de pronto se sintió un poco culpable.