La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
El bolígrafo que Gerhart arrojó sobre la mesa era de la mujer inglesa. Lo había recogido del suelo.
– ¡Mata a esos dos! -dijo Lankau señalando con la cabeza a Bryan y a Laureen-. ¡Dispárales de una vez, hombre! ¡No nos han traído más que desgracias! ¿Qué podría pasar? ¡Tú puedes!
¡Eso lo sé yo, Herr Standartenführer Peuckert! Al fin y al cabo, nadie podrá tocarte luego. ¿Qué iban a poder hacerte? Volverás al sanatorio, te lo prometo. ¡Todo volverá a ser como antes! ¡Volverás a ser Erich Blumenfeid! Piénsalo bien, Gerhart. Nosotros cuidamos de ti. ¿Te acuerdas?
La mano de Peuckert se cerró alrededor de la pistola. Inclinó la cabeza levemente y miró a Lankau frunciendo el entrecejo.
– ¡Lo recuerdo! -contestó, empujando la hoja de papel hacia la barriga de Lankau, que rebosaba sobre la mesa-. ¡Escribe lo que ahora te voy a dictar!
– ¡Quizá! -contestó el hombre de rostro ancho intentando calcular las balas que quedaban en el cargador de la Shiki Kenju.
– Nosotros, ciudadanos de Friburgo… -empezó Peuckert arrastrando las palabras-, somos Horst Lankau, Standartenführer del cuerpo de monteros, alias Alex Faber, Obersturmbannführer Peter Stich en las SS Wehrmacht y Sonderdienst, alias Hermann Müller, y Wilfried Kröner, Obersturrnbannführer en las SS Wehrmacht, alias Hans Schmidt…
– ¡No pienso escribir nada de eso! -replicó Lankau dejando el bolígrafo sobre la mesa.
– ¡Mataré a tu esposa si no lo haces!
– ¿Y qué? ¿A mí qué más me da? -Lankau se despegó un poco del asiento. La mesa maciza era más pesada de lo que había imaginado. Requeriría una fuerza sobrehumana lanzarla. Respiró profundamente.
– ¡Y a tu hijo también!
– ¡Bueno! -repuso Lankau apartando el bolígrafo aún más.
Gerhart se lo quedó mirando un buen rato y dijo:
– Fui yo quien mató a Kröner y a Stich. -No le quitaba los ojos de encima a Lankau, que respiraba sosegadamente, y notó que su rostro ya no irradiaba desafío-. A Stich le quité la vida con corriente eléctrica. Y a Andrea también. Y, ¿sabes qué? Se comportaron como unos mezquinos de principio a fin. Al final ni siquiera olían bien.
Gerhart se detuvo un momento. La saliva se le había secado en las comisuras de la boca. Se metió la mano en el bolsillo y lo sacudió. Se oyó un ruido característico, como el de un frasco de pastillas. Su mirada se perdió. Lankau lo miró con curiosidad. Parecía que sufría algún tipo de síndrome de abstinencia, como si tuviera unas ganas terribles de tomarse un par de pastillas o tres.
– ¿Te encuentras mal, Gerhart? ¡Dímelo! ¿Quieres que te ayude? -dijo Lankau notando que sus palabras se extinguían.
– Y a Kröner lo ahogué -explicó Gerhart finalmente con voz queda, y se incorporó-. De la misma manera en que querías ahogar a este cerdo. ¡Lentamente!
– ¡Creo que mientes!
No es que a Lankau no le afectara, pero optó por adoptar una postura despreocupada, echándose hacia atrás en el asiento. Si combinaba aquel movimiento con un fuerte empujón a la mesa estaba seguro de que podría librarse de su presa.
– ¡He tenido muy buenos maestros!
La sonrisa que se extendió por los labios de Lankau más bien parecía querer mostrar que se sentía honrado. Sin embargo, las palabras de Gerhart Peuckert expresaban una verdad peligrosa.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Lankau.
– ¡Ya lo sabes! -dijo Gerhart secándose la boca y escupiendo al suelo.
– ¿Tienes sed, Gerhart? Tengo un excelente vino del Rin en el cobertizo. ¿Te apetece?
Lankau se humedeció los labios y parpadeó.
– ¡Cállate! -replicó Gerhart en seguida.
Se oyeron unos lastimosos intentos de devolver procedentes del suelo. Ni Gerhart ni Lankau les prestaron atención.
– ¿No recuerdas que os divertíais contando historias de cómo matabais a la gente? Creo que sí. Yo al menos sí me acuerdo. También me amenazasteis a mí!
– ¡Tonterías! Jamás te amenazamos. Bueno, tal vez muy al principio. -Lankau lo miró como queriendo disculparse-. Era antes de que supiéramos que podíamos confiar en ti.
– ¡Eres un mentiroso! -bufó Peuckert hacia el rostro ancho que lo miraba fijamente. Lankau se estaba preparando para el salto.
El olor a vómito se hizo evidente. El hombre echado en el suelo gimió, regurgitó una vez más e intentó incorporarse.
– ¡Mátalo, James! -se oyó quedamente.
Sin embargo, el objetivo de su plegaria era inalcanzable.
– ¡Tú fuiste el peor, Lankau! -El desprecio irradiaba del cuerpo del demente-. ¿Recuerdas que pretendías que me bebiera la sangre de los animales que acababas de cazar? -Peuckert dio un paso a un lado. Lankau lo recordó y tuvo que esforzarse por no reaccionar. Ahora tenía a Peuckert a sus espaldas-. ¿Y qué me dices de la orina de los perros? ¿De mi propia mierda? -gritó.
Las traicioneras perlas de sudor preocupaban a Lankau. Todavía estaba convencido de que podría convencer al idiota con palabras. En un juego como aquél, el sudor era un factor irracional; imposible de controlar y revelador. Lankau levantó el brazo con cautela y se secó la frente con la manga de la camisa.
– ¡No recuerdo nada de lo que me estás diciendo! Debió de haber sido Stich. ¡Era muy capaz de comportarse como un demonio, cuando le daba la gana!
El hombre que tenía detrás se quedó callado. De pronto le golpeó la nuca con la Kenju. La pistola se disparó. Lankau echó la nuca hacia atrás, sorprendido por seguir con vida. Le pitaban los oídos. Miró a un lado. El proyectil había pasado justo por encima de la cabeza de Amo von der Leyen. La mujer se había quedado callada, pero seguía llorando.
Gerhart Peuckert miró sorprendido la pistola. Él no había disparado.
– Ten cuidado con esa pistola, ya te lo he dicho. ¡A la mínima se dispara!
El sudor se heló en su frente. Lankau sacudió la cabeza.
– ¿Le tienes miedo, Lankau? ¡No deberías! -La excitación de Gerhart Peuckert provocó un pitido aún más fuerte en los oídos de Lankau-. ¡Acabarás suplicándome que la use! ¡No olvido lo que dijiste en la terraza!
– Fuiste tú quien mató a Petra, Gerhart. ¡Recuérdalo! ¡Fuiste tú quien puso la prensa en marcha!
– Y a ti te tengo preparada una muerte aún peor, si no escribes lo que te voy a dictar. ¿Recuerdas cuando me amenazasteis con sosa cáustica? ¡Me tomabais el pelo amenazándome con que me obligaríais a bebérmela!
Lankau giró el cuerpo todo lo que pudo. El sudor volvía a brotar de su frente. Gerhart se volvió y echó a andar en dirección a Amo von der Leyen.
– ¡Levántate! -le gritó al borracho, que estaba tendido sobre sus propios vómitos.
– ¡No entiendo lo que me estás diciendo! -dijo quedamente desde el suelo-. ¡Háblame en inglés! Please, James! ¡Háblame!
Gerhart se quedó un buen rato mirándolo.
Lankau se dio cuenta de que su respiración se había hecho más entrecortada que de costumbre.
– ¡Levántate! -ordenó Peuckert lentamente en inglés. El miedo se apoderó de Lankau. De pronto cayó en que su valoración de la situación era fatalmente errónea y que las conclusiones a las que había llegado durante todo el día estaban equivocadas.
Amo von der Leyen alzó la vista inmediatamente. Lankau vio que la mirada que Peuckert le brindó al hombre maniatado seguía siendo fría y maléfica. Si realmente existían lazos entre aquellos dos hombres que los unían, seguían siendo un enigma para él.
– James -fue lo único que salió de la boca del hombre que estaba en el suelo.
– ¡Levántate! -La mano de Peuckert seguía asiendo la Kenju con firmeza. Respiraba profundamente. Lankau percibió con inquietud su excitación-. Tienes que ir a la cocina a por algo y traérmelo. ¡Te desataré una mano! -Peuckert dio un paso a un lado y golpeó a Lankau en la espalda-. No te hagas ilusiones, ¿me oyes?